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Trigésimo sexto día de confinamiento bajo el Teide. Inicio hoy un repaso vintage a los artículos que escribí en la revista Cookcircus que codirigí en 2013. Para empezar, ¡qué peor que Sacha!

La Guancha. Domingo, 19 de abril de 2020
Música recomendada: Caray (Jaime Urrutia & Loquillo)

“La ‘vida fácil’ suele ser la más difícil”.
Enrique Jardiel Poncela 

Ese metálico frío madrileño hoy no respeta ni a Dios. Sacha todavía no ha llegado al restaurante, porque estoy en el impío horario de limpieza matutina: estoy solo y aterido… Es el amigo Carlos Valentí, el chef de Rubaiyat, el local de al lado, quien me saca de la calle y me ofrece un café caliente en una mesa todavía sin montar. Me encuentro a Begoña, la infinita, la única mujer “que no se arrepiente jamás de nada de lo hecho la noche anterior”. Pero ya veo llegar a Sacha por el callejón…
Colegas, vamos a darnos un homenaje de tres días sin salir de Sacha y vamos a descubrir, a golpe de platillos descarados, copas, conversación, historias, risas y asombros, los últimos resortes vitales de un tipo que tiene el honor de ser considerado el “presidente vitalicio” de la restauración canalla de Madrid.
¿Canalla? “Cuando la parte humana está al mismo nivel e incluso por encima de la culinaria”. Esto quiere decir que antes que nada están los sueños, las pasiones, las carcajadas…
“Sacha es el único restaurante del mundo en que los clientes llamaron a la policía para echar al dueño”.
El dueño era Carlos, el padre de Sacha.

Ni donde viviré por largos años,
ciudad prometida primavera,
ni donde amante amor aguarda.

Atravesando la tierra, la temerosa rueda,
quizá un árbol florecido pueda
sostener la derramada soledad.

Quizá en la sombra aquella se encontrara
sed abundante, sangre, carne, hueso,
en que albergar la voz que ahora huye.
Álvaro Cunqueiro

“Estaba Carlos –Sacha siempre llama a su padre por el nombre de pila- comiendo un día con unos amigos aquí, y pasaron la tarde entre copas, y llegó la noche y la cena, y siguieron las copas, y llegó la mañana siguiente y más copas, y la comida, y la tarde siempre alcohólica, y la cena, y las consiguientes copas… La larguísima conversación había tomado derroteros literarios, El Quijote, creo, y cada uno opinaba mientras, por turnos, uno de ellos iba dormitando encima de la mesa… Estaban llegando, 48 horas después, a un punto especialmente polémico en la discusión cervantina y el tono de voz se iba elevando cada vez más… En ese punto uno de los clientes que estaba cenando llamó al maître pidiendo que cesara la tormentosa tertulia, que echaran a aquellos señores porque aquello era un escándalo… Tras diversas explicaciones y contra explicaciones, el cliente, por fin, llamó a la policía… Justo antes de que llegara la patrulla, Carlos y sus compinches se largaron discretamente por la puerta de atrás…”
En los genes de Sacha está Carlos, claro, con todo lo que ello comporta. Y su madre, la gran Pitila, con la que yo personalmente llegué a romper el record de horas y copas del párrafo de arriba. ¿Te empiezas a imaginar a Sacha?

“Cuando murió Pitila muchos me aconsejaron cambiar por completo el restaurante, modernizarlo, ya sabes… Pero yo, ante los consejos, pido siempre el 50% en metálico”.

Carlos y Pitila, el comienzo de todo
Años 60 del siglo XX. París. Carlos, un catalán de la “gauche divine”. Pitila, una gallega universal. Pitila acaba de romper con una vida posible: el día de la boda con su novio standard se presentó en la iglesia vestida de calle y con una maleta en la mano: “Tu vida conmigo va a ser un sufrimiento; la mía contigo un aburrimiento”. París aguardaba con una repleta cuenta bancaria fruto de una herencia que será fundida sin perdón en restaurantes, cubiteras de champagne y fiesta. En esos tiempos Pitila era portada de la revista Elle, vivía con María Casares y era arrebatada de Miller, Camus… Y Carlos. De ambos: Sacha. “Recuerdo, de muy niño, llegar a los mejores restaurantes parisinos y al maître preguntar ‘¿la mesa de siempre, madame, el champagne de siempre?’”
Sacha está profundamente marcado por su madre.

“El carnet de Rockola me lo consiguió mi madre. Mientras yo hacía cola en la calle para que me dejaran entrar, ella ya hacía rato que estaba dentro extenuando la barra”.

Esto marca. De hecho, Sacha nunca consiguió llegar a casa… más tarde que Pitila. ¿Qué hacer cuando tus padres son más “heavies” que tú mismo? La respuesta es Sacha, un tipo acostumbrado a vivir entre el lujo más extremo y la nada. Pitila se ponía hasta las cejas de caviar y al pequeño Sacha le tocaba el consabido entrecotte “maître d’hôtel”. Fiestas infinitas en la Rive Gauche o veraneos absurdos en el Motel Osuna, en Madrid, a 500 metros de su domicilio habitual mientras los colegas del cole se la pasaban en la playa. Sin embargo, sus compañeros no disfrutaban de los miércoles “sin cole” de Sacha, cuando su padre lo sacaba de clase para ir al Rastro y después a reconfortarse a Lhardy. O ese día tocaba Jockey. O Horcher. O quizás un bareto cutre como el “guarro Paniza”, donde las gambas sabían a chorizo. Sorpresa. La vida te da sorpresas. A Sacha cada día. “En clase me llamaban el cherokee”. Normal cuando contaba que sus noches no transcurrían en la cama –“ángel de la guarda, dulce compañía…”- sino en los guardarropías de los más afamados tablaos, cabarets y clubs de jazz de la capital. Normal cuando cada mañana, cuando iba al cole, su camino transitaba entre las putas de Costa Fleming, ya amigas del chaval.
¿Entendéis ahora porque es el fundador de los Restaurantes Canallas de Madrid?

Carlos y Pitila.
Carlos y Pitila.

Canalleo fino
Es cuando el crecimiento gastronómico va íntimamente ligado al disfrute. Ahí están Juanjo, Alberto, Chicote, Estanis… La restauración como gozo integral, experiencia vital por encima de la culinaria, aunque contando con esta última como parte del mismo placer. “Somos los últimos en irnos y nos movemos de restaurante en restaurante”.

“Un día Alberto Fernández cenó aquí en cuatro mesas distintas; hace unos días, Blumenthal no quería ni irse”.

Incorrección política como hecho fundacional. Las mesas nos son fronteras sino arenas ardientes donde todo se celebra y se confunde. Los principios de la revolución gastronómica española llevados al extremo: libertad para el chef, libertad para el comensal. “Nos confundimos cuando quisimos ponernos finos, cuando volvimos a poner normas para comer”. Sacha y sus amigachos son los inamovibles, todos procedentes de otros campos: fotografía en su caso, economía, ni se sabe…

Discutiendo el origen de las “bravas”
“De Burgos”, remata Sacha. Y se explica: “para mí las mejores son las del Docamar, el bar de la calle Alicante, cuyo cocinero fue fichado de un bar de la calle Echegaray… y es de Burgos. Por otro lado, La Casa de las Bravas, en el callejón del Gato (donde están los espejos que inspiraron los esperpentos de Valle Inclán), que tiene patentada la salsa, tiene un cocinero… de Burgos.

El “Atleti”
“Yo no cocino para jugadores del Real Madrid”.

“Yo no estudié cocina ni hostias”
Aprender a cocinar comiendo, he aquí el tema. Madre gallega, padre catalán de origen vasco. Pas mal para empezar. La vieja máxima: ¿qué me gustaría comer a mí? Vamos al extremo, pues. “Yo cocino como quiero”. La creatividad es inspiración caprichosa (en el sentido de ocupar un lugar inestable en el espacio y en el tiempo). ¿Por qué no pruebo esto? Todo casual, copiando –“todos copiamos”-, sintiendo, deseando, alucinando.

“Un día estaba en Costa Rica en un bar, en la barra, junto a dos colombianos que te juro no tenían pinta de vendedores de seguros. El cantinero era un boxeador nicaragüense retirado… Los colombianos, mirándome a la cara, se pidieron unos tequilas; yo me apresuré a hacer lo mismo. ‘Os voy a enseñar como lo hacemos los boxeadores –soltó el barman- que no tenemos plata para ir al médico: le meten directamente de la botella y a continuación chupan, exprimiendo, este limón con tabasco llevándose la pulpa… Les aseguro que les va a dormir la boca, no van a sentir nada y, a mitad de botella, se pegarán con quien haga falta’. Yo lo copié a mi manera –porque en el cole también copiaba-, le puse una zamburiña, arbequina, un toque de jalapeño y cilantro. Un día se lo di a probar a Gastón Acurio y me dijo… ‘¡Tiene huevos, es un cebiche!’”

Los platos “ocultos” de Sacha
Entremos en el mundo más recóndito, personal e imaginativo de Sacha. Platos que no están en la carta ni nunca (por lo menos durante años) lo estarán. “No se entenderían” como propuestas estables.
El “steak cassé”, surgido de las noches parisinas ahogadas en bistrots acanallados. Un tartare vuelta y vuelta, tío.
La tortilla de Sacha. Ésta, al final, entró en la carta por pataleo popular. Va con salsa de chorizo, tan simple, tan febril.
Esta tortilla fue el primer plato que Pitila, su madre, no le devolvió. Sí, Pitila, una vez Sacha ya estaba al frente de la cocina, acostumbraba devolver todos los platos por malos. “Usas chambo” (fondo de carne de bote), decía. A partir de la tortilla empezó el respeto de Pitila por su hijo como cocinero.
Sacha trabajaba antes de periodista hasta que le pillaron como prófugo del Servicio Militar. Mal asunto llamarse Hormaechea en los ambientes castrenses de aquella época. ¿Hormaechea? ¿Vasco? “Allí se come muy bien”, le espetó un chusquero, “pues, mira, aquí no vas a comer”. Así fue: Sacha no tuvo derecho a comida y tuvo que alimentarse en el bar de enfrente, donde compartía penas con Carlos Berlanga.
Estamos sentados en la mesa de Pitila y Carlos, justo a la entrada del restaurante, desde donde se controla todo con la mirada y a través de los reflejos…

“El restaurante, con el cliente, debería ser: ‘mira, yo necesito x euros de ti para mi vida, así que me los das directamente y el resto te lo pongo a precio de compra”.

Un menú en Sacha
Berberechos gigantes. Elaborados en una freidora con agua de manera que la presión exterior evita la pérdida de jugos.
Ostra en escabeche. Así las trasladaban desde Galicia a Inglaterra para que Oscar Wilde las pudiera comer. La receta es de Pitila, inspirada en la de un cura de Rianxo que inscribía a los matrimonios con lápiz y amenazaba con borrarlos si “vivían en pecado”.
Alcachofas fritas. Un plato nuncafalla. Las alcachofas se cuelan con movimiento del colador para que cojan aire y se sequen.
Merluza de Celeiro frita. Con mayonesa falsa (infusión y emulsión de la cabeza de la merluza con aceite de oliva, receta de Marcelo Tejedor). Alioli que sustituye el ajo por la gelatina del pez. La merluza frita era uno de los platos que la abuela de Sacha dejaba en la mesa por la noche para aguardar a los after hours y alimentarlos decentemente. “Siempre este pequeño esfuerzo, que lo sigo haciendo a día de hoy, antes que la guarricomida”.
Las tortillas. Patata con jugo de chorizo. Boquerones y piparras. Tortilla de arroz con langostinos y cordones de soja (plato oculto): un tres delicias al revés imaginado por Carlos, su padre, para atenuar la borrachera y poder seguir bebiendo.
Raya con fondo de salpicón templado. El salpicón usado como salsa. Sencillez y descaro. “Yo sé cocinar lo que hago”.
Tuétano con reducción de su jugo. Elaborado al microondas. Guarnición: el chuletón (un trozo). El mundo al revés.
Taberna de lujo. “Restaurante es el de Joan Roca”. Cocina no con cariño sino “con buen humor”. Emoción. Incorrección.
En la cocina de Sacha sólo hay tres máquinas: dos freidoras y un microondas.

“Una vez el mítico torero El gallo se encontró con un antiguo picador suyo que había llegado a ser gobernador de Málaga. El maestro va y le pregunta: ‘¿y cómo llegó a esto?’ ‘Muy fácil, quillo –respondió-, ‘degenerando, degenerando…’”

Tortilla vaga.
Tortilla vaga.

Antes periodista que cocinero
Sacha, con 14 años, trabajaba durante el verano. Fue con ese poco dinero que se compró una máquina de escribir. Al año siguiente, con el sueldo, adquirió una cámara fotográfica. El tercer año empezó a currar en cambio 16 como limpiador del estudio; pero una foto casual –no estaba el “fotero” oficial- a Mónica Randall le dio el pasaporte a la fotografía seria. Y justo cuando ya se iba a independizar de sus padres, ese mismo día, su padre murió durante la siesta. Tras las penalidades de la “mili”, su madre sola en el restaurante, Sacha se enrola en la cocina mientras estudia cine. Es el tiempo en que los vascos llegan a Madrid, el momento de Tomás Herranz, de Abraham, Ramírez… Sacha descubre un nuevo mundo y se pone a “crear”, tras una visita a El Dorado Petit, su primer plato: ravioli de gamba cruda con tomate rallado. El plato sale al comedor… sin sal. A pesar de ello, su intención coquinaria no cesa: canelones de lacón con ternera y fondo de grelos y trufa. La cocina en general es la de Pitila, pero poco a poco Sacha va generando interés a la vez que sigue trabajando en producciones cinematográficas escapando de la cocina. Cuando muere Pitila, tras arrojar sus cenizas en el cabo Finisterre, el mismo lugar donde fueron lanzadas las de Carlos, Sacha toma la decisión definitiva. Restaurante.

“Fuimos en tren hacia Galicia para tirar las cenizas de mi madre al mar, y en una de las paradas, en el bar, perdimos la urna. Desesperados, compramos dos cartones de cigarrillos para fabricar cenizas falsas; pero al final las recuperamos”.

Corrieron en ese momento rumores de cierre. Jamás. Sacha va encontrando su línea, sus colegas, sus fans. Comienza la diversión. Es tiempo de “Movida”. Escalopas con salsa de tuétano y mostaza. El restaurante se abre a las cocho de la mañana con los amigachos, justo tras dejar los whiskies del Rockola. Cine. Viajes. Fotógrafo de Gourmets. En Marruecos descubre la esencialidad de los sabores, la contundencia, la barbaridad. Seducción de México, Japón…

Una botillería de extraño lujo
Todo lo que comes en Sacha parece muy habitual pero en realidad no lo has comido nunca. Sencillez, humanidad, golferío, placer, interminables charlas. Lo que comes lo comes en una pequeña isla donde ocurren cosas improbables. Magia: “es total estar en la memoria de alguien a quien ni tan siquiera conoces”.

“En otra ocasión, le presentaron a El Gallo a Ortega y Gasset. ‘¿Y éste qué hace?’ interrogó el maestro. ‘Piensa, maestro’, le respondieron, a lo que el torero repuso moviendo la cabeza: ‘hay gente pa to’”.

No web. No Facebook. No Twitter. “No me interesa la Michelin”. Un año dejó de enviar el cuestionario de la guía francesa y le amenazaron con echarlo. “Me abrí una botella de champagne para celebrarlo”.
Extraña colisión entre Epicuro y Ferran. Gusto por el gozo directo y fascinación por las vanguardias. Platos que se complican porque su hija sugiere un nuevo ingrediente o porque…
Inclasificable Sacha. “Andoni vino un día a comer con Ferran; a la semana siguiente llenó el restaurante con todo su equipo. Y me dijo: ‘quiero que vean lo que es la emoción en la cocina, ¡haz!’”

Blumenthal acerca del tuétano de Sacha: “¡Esto es la polla!”

Más platos, más conceptos
Un plato oculto: el cóctel de gambas que se elabora y se sirve en directo precisamente como un cóctel. Poner mayonesa, kétchup, brandy, Perrins y mostaza Louit en la coctelera. Agitar. Derramar en la copa llena de verde y gambas. ¿Prefieres hacértelo tú? Oka. Con una pequeña coctelera de cristal y a tu aire, amigo. Otro cóctel, dominical, tú sabes… Hielo, el jugo de una lata de almejas, limón, pimienta, clara de huevo y ginebra: servir sobre una copa de almejas. ¡Menudo gin fizz! Recuerdos de México y esos cócteles sabrosos en la coctelería el Tigre, en Champotón. Bienestar para “la cruda” (resaca) a base de camarón, caracol, pulpo, jaiba, ostión, pimienta, aceite, salsa inglesa, sal, limón, kétchup rebajado con zumo de manzana, cebolla, cilantro y habanero… ¡Te vuela la mente, man!
Ostra frita. Langostino de Huelva crudo con salsa de ajillo, puro porno. Lasaña “ful” de erizos.

“Un día Ornella Mutti se marcó un “strip tease” encima de una de las mesas del restaurante para los últimos clientes…”

Y aunque el frío y la oscuridad de Madrid golpean las cristaleras amenazadoramente, nosotros seguimos bebiendo y platicando y ni nos inmutamos…

Las voces y las risas,
el juego, las botellas,
en torno de las bellas
alegres apurar;
y en sus lascivas bocas,
con voluptuoso halago,
un beso a cada trago
alegres estampar.

Romper después las copas,
los platos, las barajas,
y abiertas las navajas,
buscando el corazón;
oír luego los brindis
mezclados con quejidos
que lanzan los heridos
en llanto y confusión.

Me alegra oír al uno
pedir a voces vino,
mientras que su vecino
se cae en un rincón;
y que otros ya borrachos,
en trino desusado,
cantan al dios vendado
impúdica canción.

Me agradan las queridas
tendidas en los lechos,
sin chales en los pechos
y flojo el cinturón,
mostrando sus encantos,
sin orden el cabello,
al aire el muslo bello…
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!
José de Espronceda

Trigésimo cuarto día de confinamiento bajo el Teide. Hoy rescato un poderoso reportaje que hice en El Valle de la Muerte (California), de LA a Las Vegas, en 1980, para la revista Primera Línea (Grupo Zeta). Un on the road salvaje…

La Guancha. Viernes, 17 de abril de 2020
Música recomendada: Free bird (Lynyrd Skynyrd)

Artículo publicado en Primera Línea en 1980. 

Hay veces en que el único camino para encontrar la libertad está en la búsqueda salvaje de la línea del horizonte. El medio, 3000 centímetros cúbicos distribuidos en seis rugientes y furiosos cilindros.
Harto del glamour y la promiscuidad furtiva de las grandes ciudades, dejé Los Angeles para mezclarme con el caliente asfalto de la carretera, como hiciera hace años Jack Kerouac. Mi destino, más allá del desierto de Mojave, la lightline de Las Vegas. En medio, el infierno incierto del Valle de la Muerte. Mi única obsesión, pisar a fondo.

De repente, sin ningún proceso de reflexión previo, un hombre se da cuenta de que necesita algo más que su vieja habitación cargada de recuerdos efímeros bajo el gastado colchón. Algo más, incluso, que este constante ir y venir por el mundo conociendo todas las puertas de atrás de los hoteles más infames. Tras quince días viviendo el lustre perverso y enigmático de Los Angeles, no tuve ninguna duda. Demasiadas habitaciones vacías en los últimos meses. Demasiadas ciudades. Demasiados secretos mal guardados. Demasiadas decepciones. Thelma y Louise, filme que entreví en una de estas borracheras absurdas a 11.000 pies de altura, me recordó una de las películas a las que más culto rendí a finales de los setentas: Punto límite cero, una road movie brutal, ultrajante. Sentí ansias de libertad. Los viejos Canned Heat me lo pusieron más fácil aun en un alejado club de Santa Monica cuando liquidaron su actuación con el legendario On the road again. Pensé que podía morir sin conocer la libertad que ofrece, recta y lejana, la carretera que conduce de Los Angeles a Las Vegas, pasando, claro, por el Valle de la Muerte, fantástica tumba de los legendarios 49’ers. Era tiempo de partir.

El sol luce, un tanto desvaído, en el aún desierto Sunset Boulevard. Todavía queda en el aire el aura salvaje del cruising de fin de semana. Unos travestis charlan cansinamente y fuman en la puerta de un burger desierto…

Los Angeles, 07.16 A.M.
El radio-despertador del Sunset Motel me despierta con las guitarras sucias de Nirvana. La cama, que comparto con una melena rubia descolorida sin cara no huele precisamente a un espíritu teenager. Agarrotado por la mezcla de alcohol y cristal que me metí la noche anterior en Arena, me levanto como puedo. Al lado, ni un solo movimiento. Entre el estruendo de la radio, oigo unos golpes en la puerta. Es Juan, el fotógrafo, que no ha fallado con el despertador. O.K., tío. Quedamos en cinco minutos en el bar. Nos prometieron, por 35 dólares, leche y donuts a gogo. ¿Pagué ayer por la mujer que ahora me horroriza en el otro lado del lecho? Ni después de la ducha puedo recordarlo con exactitud. Sea como fuere, recojo, lleno las bolsas, me enfundo las botas de búfalo –¿sabes que en los States ya se están comercializando las hamburguesas de búfalo?–, un T-shirt con el inequívoco mensaje de «Fuck» que me parece la más apropiada, los gastados jeans negros y mi abrigo con cuello de piel de víbora. Dejo la habitación, aun caliente de un sexo que, sin embargo, ya está olvidado, y me presento en el bar. En el motel todavía se huele esta mezcla extraña pero demasiado familiar de sudor presuroso y perfume francés usado con demasiada generosidad. Café. En mi ciudad, a miles de kilómetros de distancia, una mujer está empacando mis cosas. Fue bonito mientras duró, creo que dijo. O algo así. Necesito carretera. El sol luce, un tanto desvaído, en el aun desierto Sunset Boulevard. Todavía queda en el aire el aura salvaje del cruising de fin de semana. Unos travestis charlan cansinamente y fuman en la puerta de un burger desierto. Entramos en el coche. Es un convertible de seis cilindros, 3000 centímetros cúbicos y un potente radio casette. El sol, finalmente, le va a ganar la partida al smog. Sintonizo Pirate Radio, la emisora del «non stop rock and roll». Lynyrd Skynyrd empiezan a llenar el ambiente del coche con su «Free bird». El viaje no puede comenzar mejor. Por una vez, creo que sí escogí el mejor momento para dejar de esnifar pegamento. El primer cigarrillo del día. Con el coche descapotado al cielo de Los Angeles, giro por la Western y entro en la freeway. Ya estamos en camino. Juan aun duerme.

Freeway 101, 08.30 A.M.
El aire es fresco pero el sol cae ya con cierta fuerza sobre el rojo tapizado del carro, que propulso, mientras Juan va despertando de una noche demasiado movida, a 90 millas por hora. Si me cruzo con la policía, pringaré. Las ciudades de Los Angeles van pasando, veloces, mientras el perfil polucionado del skyline del Downtown se desdibuja en el retrovisor. Los Angeles es una metrópolis eterna en el espacio: L.A., San Gabriel, El Monte, West Covina, Pomona… Gary Moore atrona desde los bafles. «Veo tu cara en las nubes, chica». No hay nubes en el cielo. Solo unos cirros hiperrealistas se trazan en el horizonte, poblado todavía de material urbano. Anoche soñé que lo hacía con ella encima de la mesa de un billar, mientras los clientes del bar apostaban en extrañas máquinas. Creo que la apuesta era yo. Pero ella ya no está, o está con otro, y mi apuesta es contra el asfalto. Entramos en la 10, que pronto, en su empalme con la 15 Norte, nos adentrará en el dilatado desierto de Mojave, previo pase por el parque de San Bernardino. Juan compara la soledad que empieza a adueñarse del paisaje que bordea la carretera con la que sintió con su primera mujer en una playa del norte de Argentina. «Íbamos desnudos todo el día», recuerda con mirada ensoñadora. Debe ser el calor, que ya es sofocante.

Summit Inn, 10.30 A.M.
Hemos dejado atrás unos carteles que indican Las vegas, 216 millas, y hemos salido de la highway para tomar el primer café en ruta. Summit Inn. Los anuncios de neón proclaman el mejor hillbilly burger –con pan de ajo y patatas–, pero Juan y yo nos decidimos por un café aguado y una jodida Budweiser. Hay que empezar a darse marcha. La carretera se exhibe, con espejismos de calor al fondo, demasiado larga. Volvemos al coche. A los lados de la carretera el desierto ya no nos abandona. Sólo algunos coches abandonados y pequeños núcleos de motorhouses brillantes salpican de color el escenario de desolación infinita que se extiende a norte y sur. Son los restos polvorientos de libertades y destinos ya olvidados. ¿Cómo se debían sentir los primeros en atravesar el mortal desierto de Mojave? Muchos murieron en el intento. Ahora, sin embargo, los postes de auxilio, cada milla, aseguran al viajero una asistencia inmediata en caso de fallo o accidente. Es curioso, nadie hace auto stop. La 15 Norte pertenece a los coches. Mis pensamientos, como la propia carretera, se pierden en un horizonte vibrante por las volutas de calor, que se levantan del asfalto recalentado por un sol que no entiende de sentimientos. El sol y el desierto son los grandes niveladores. Hacen que el tiempo se detenga en tu coco. ¿Qué importancia puede tener el hijo de puta que está intentando joderte en el trabajo hablando mal de ti para conseguir la limosna de un ascenso ridículo? ¿Qué importa que una mujer desaparezca con un botín de recuerdos compartidos? El futuro está aquí mismo, más allá de la próxima loma. Acelero. Acelero más. Juan ni se inmuta. «Tengo una mujer, ahora mismo, ocupando mi cama, y no sé si estará allí cuando regrese», comenta desganadamente.

Museo de Roy Rogers.
Museo de Roy Rogers.

Roy Rogers Museum, Mojave Drive, 13.15 P.M.
Veo un fortín, como el de los viejos westerns, a la izquierda de la carretera. Freno con precipitación y salgo de la highway. ¿Qué será?, nos preguntamos. Vamos detrás de un gigantesco truck-cisterna totalmente metalizado. Juan, alucinado, se sienta en el respaldo del asiento y empieza a tirar fotos. Hasta que paramos en la estación de servicio de Mojave Drive. Juan sigue con las fotos. El conductor se acerca a mí. Me dice que es una lástima que veamos el camión así. «Hace una semana, no, diez días que no lo limpio». ¡Tío, esto es una locura, el jodido camión es lo más brillante que he visto en mi vida! Nos metemos por un camino de tierra que parece nos va a llevar directamente, a través de los cactus, al sorprendente fortín. ¡Es el museo de Roy Rogers! No me lo puedo ni creer, por fin podré ver en directo el color de las camisas del que fue, sin duda, el último cowboy. Y sus sillas de montar. Y… Pagamos los 8 dólares de la entrada junto a una pareja de viejos que parecen surgidos de una comedia de los cincuentas. Este museo está más allá del kitsch: sus fotos –sus hijos aprendiendo a caminar, su mujer montando a caballo, recibiendo regalos de actores famosos, sus hijos ya mayores–, sus relojes, sus famosos caballos disecados, sus objetos de uso personal, su soberbia y desproporcionada colección de botas de fantasía, sus camisas –¡qué colores!–, su increíble colección de armas de fuego –con pistolas de colores y un winchester regalado por Clark Gable–, sus trofeos de caza, sus sillas de montar de plástico… Roy Rogers no perdió el tiempo en su vida. Y, al final, su coche. Lo veo y no lo creo. Es un Cadillac con el interior completamente repujado en cuero y decorado con la más brillante e insólita colección de armas jamás vista. Las manecillas de las puertas, los embellecedores, los mandos del salpicadero… todo, hecho con colts a tamaño. Para abrir el capo, un rifle de repetición. Es el resumen de una vida plena. Quizás, pienso mientras observo las horteradas que venden en la tienda de souvenirs, todo en la vida se trate de montar un personaje y meterse en la película. Quizás no hay nada más adelante para descubrir. Quizás todo lo que debamos descubrir esté en nuestro interior. Quizás…

Lenwood, 14.05 P.M.
El desierto de Mojave ofrece, aparte el Museo, poca cosa al roadrunner. Velocidad, aire caliente y una vaga promesa de libertad más allá de la última y rara curva. Seguimos en un entorno de matorrales, rocas calcinadas y sol cegador. Y llegamos a Lenwood, un cruce de caminos ocupado por todas las cadenas de hamburgueserías americanas y un par de gasolineras. Es tiempo de comer. Entramos en uno de los locales y ordenamos hamburguesas y chile. La camarera, una treintañera poco agraciada pero muy simpática, me pregunta si mi abrigo es de lagarto. De serpiente, de serpiente. Me dice que si se lo vendo. No, contesto, me gusta la víbora. Yo soy un poco serpiente, acabo por espetarle. Noto que me sigue mirando. Pagamos y nos vamos.

Calico Ghost Town, 16.00 P.M.
Esta ciudad fantasma prefabricada encima de la auténtica es el único lugar que, previamente al viaje, nos han dicho que debemos visitar. El desvío, polvoriento, nos conduce hacia unas montañas rojizas donde un cartel pintado en blanco sobre las rocas anuncia la ubicación del lugar. Se trata de una antigua ciudad minera abandonada hace unos 100 años. Pero, maldición, un millonario de pocas luces se dedicó a reconstruir la vieja ciudad. Todo huele a nuevo. A plástico y maderas recién cortadas. A souvenirs manufacturados en Hong Kong. Hasta las piedras son nuevas. Y hemos pagado 10 dólares por la broma. Regresamos, mosqueados, a la carretera. Los Estados Unidos han creado una nueva realidad cuyo paradigma es Disneylandia. Los auténtico no es lo auténtico; lo auténtico es lo que parece que es auténtico. La realidad se debe parecer a nuestros sueños, fabricados en las factorías de Hollywood. La hierba debe ser más verde que la natural, los animales, de cartón piedra, y las ciudades fantasmas, limpias, relucientes y bien señalizadas. Si no, nadie se lo creería. No me lo creo.

Baker, 17.15 P.M.
Hemos llegado a Baker, pequeño pueblo en donde inicia su camino la carretera 127, la que nos llevará directamente al Valle de la Muerte. Llenamos el tanque. Nunca se sabe. La 127 es una carretera solitaria, flanqueda por un viento que desdibuja las montañas del fondo con su violencia inusitada. Pasamos por un aeródromo que exhibe, solitaria, una avioneta borrosa. A partir de aquí, la circulación desparece. Somos nosotros, Juan y yo, el coche y la carretera. El sol se está poniendo y el frio desolado se empieza a colar por el interior del convertible. Vuelvo a pensar en esta mujer y en esta vida que ya no voy a tener. Pero sin tristeza. Sé que más allá de las montañas no sólo está el Valle de la Muerte. Siento que, estando en un cruce de caminos, voy a saber qué dirección tomar. Seguro. Algo grande está por venir. En Soshonee, en el Crow Bar –un local lleno de cervezas, billares y clientes ausentes en la barra–, Juan adquiere una botella de licor de cerezas. ¡Que jodida bebida esta! Dulce, pegajosa, pero viciosa hasta la borrachera. esto cada vez se pone mejor. Oscuridad.

Death Valley Junction, 20.00 P.M.
Nos han advertido que durmamos aquí. Sale mejor de precio que en el Valle de la Muerte, donde el único hotel resulta ser de lujo tropical. Lo que son las cosas. Y tras el tremendo pulso que hemos forzado el Chrysler y yo, estoy cansado. Y, como Juan, borracho del maldito licor. Estamos ante el Amargosa Hotel. Nos atiende un chaval pelirrojo de no más de 18 años. «Hay que pagar por adelantado, 80 dólares la doble con baño», dispara. Pago. No hay nadie para llevar las maletas. «Aquí, al borde del Valle de la Muerte, no se vive mal. No hay marcha, pero queda mucho tiempo para estudiar, y ya tendré tiempo. Además, esta es una ciudad libre de drogas», me vende el chico. Palpo con mis dedos la bolsa con hongos alucinógenos que compré en Los Angeles a un mexicano con descaro. Mañana alucinaré en el Valle con las setas.

Vamos a cenar al único lugar practicable, a tres millas, pocos metros más allá de la frontera entre California y Nevada. Es el Stateline Saloon, claro. En el bar, lleno de tragaperras –estamos en Nevada–, hay una fantástica e inquietante colección de gorras de baseball. Y un juke box. Y un salón que, en mejores tiempos, conoció el brillo de la música country en directo. Creo que es el sitio donde, los sábados, se puede pillar lo poco que debe haber en el lugar. La vieja es agradable, y nos hace una pizza que me va a ocasionar una de las peores pesadillas estomacales que recuerdo. Meto unos dimes en la máquina para que suenen Lynyrd Skynyrd. Dos viejos desdentados, los únicos ocupantes de la larga barra, ríen.

Death Valley Junction, 07.30 A.M.
El tipo del hotel se pasó con nosotros. No hay ducha. En la bañera, me retuerzo para conseguir mojarme con el chorrito que sale del grifo. Ya en el bar, nos lo hacemos con café y magdalenas. Y me como los hongos. La cosa promete. Dejamos atrás el ominoso Amargosa Hotel, ponemos gasolina sin plomo al lado del Stateline y embocamos a 100 millas por hora la 190, directamente hacia el Death Valley. No hay nadie a la vista. El Valle de la Muerte es una loca disputa entre el infierno y el paraíso, entre la esterilidad pétrea y la magnificencia de sus paisajes prehistóricos, casi marcianos. El coche descapotado, mis ray ban, el sudor y el sol cegador son nuestros únicos compañeros en la velocidad y la desolación. Llegamos a Zabriskie Point, sí, a Zabriskie Point, y los hongos empiezan a subir, perezosos, hacia mi cerebro. Desde el mirador, las montañas torturadas por mil movimientos geológicos se envuelven sobre ellas mismas y se arrugan grotescamente en mil tonos de ocre. Es fantástico. ¿Qué ocurriría si me desnudara y corriese hacia los cañones que se retuercen entre el estallido colorista de Zabriskie?

Conducimos salvajemente mientras Guns & Roses chillan desde el radio casette que quieren volver a la tierra donde la hierba es verde y las chicas bonitas. Y yo quiero volver a casa. A alguna casa…

Furnace Creek, 10.15 A.M.
Estamos en el centro del Valle de la Muerte y en el centro del cebollón de los hongos. Furnace Creek es el oasis dentro del desierto. Artificial, claro, como todo. Un hotel de lujo, restaurantes, bares, campo de golf… Y una cabina telefónica al lado mismo de la bien asfaltada carretera. No quiero ver palmeras. El coche, sin saber cómo, se ha puesto al máximo de su poderoso motor. Paramos en mitad de una llanura infinita. Queremos caminar bajo el sol. Pisamos el bórax con nuestras botas. Hay bórax por todas partes. Los 49’ers, en busca de oro en 1949, pasaron y sufrieron y murieron en este valle desierto sin saber que bajo sus pies se escondía la riqueza. El crepitar del bórax milenario bajo la suela de las botas es el único sonido que rompe el opresor silencio guardado por la mole montañosa que bordea el Valle. Conducimos salvajemente mientras Guns & Roses chillan desde el radio casette que quieren volver a la tierra donde la hierba es verde y las chicas bonitas. Y yo quiero volver a casa. A alguna casa. Hemos llegado a las dunas de Mesquite Flat, no lejos de las Grapevine Mountains. Ese es el desierto puro y duro. Mientras Juan se pierde con sus máquinas más allá de las onduladas arenas, me quedo en el coche, sudando, mojado, recalentado por un sol que ha pasado de ser injusto a ser voluptuoso. Quizás los hongos… No hay agua, y los restos del licor de cerezas han resecado mi boca. Pasan los minutos, acaso las horas, y el ojo llameante que cuelga del cielo brutalmente azul me mira cada vez más opulentamente. Yo ya no soy yo. Soy sudor, soy fuego, soy sol. Soy desierto calcinado. Si esto es el infierno, no está mal. Pero me estoy quemando literalmente. Juan vuelve con la mirada perdida. Regresamos a Furnace Creek. Comemos. La camarera es una gordita llena de morbo que le rebosa desde el sugerente escote. Y ya en la bajada de los hongos, volvemos a golpear la carretera.

Devil’s Golf Courses, 16.15 P.M.
El Valle de la Muerte está lleno de lugares insólitos, alucinantes. Como los Campos de golf del diablo, una especie de mar eterno hecho con los milenios a partir de agua, sal, viento y lluvia. O como las salinas chatas y especulares del punto más bajo del hemisferio norte –86 metros bajo el nivel del mar. O como la estéril ilusión del Twenty Mule Team Canyon. O el Red Wall Canyon, o el Titus Canyon, o el Mosaic Canyon, o el Golden Canyon, o el espantoso Ubehebe Crater, o… A la puesta del sol, salimos de este lugar de espejismos reales: las Vegas nos espera esta misma noche.

Cathrop Wells, 19.45 P.M.
Estamos ya en camino hacia la ciudad de los neones. Los pueblos van pasando, veloces, fuera de las ventanillas del coche: Indian Springs, Paiutee Reservation… Las Vegas. Es noche cerrada cuando aparece, de repente, la famosa lightline de la capital mundial del juego. Quién sabe, quizás esta noche podamos comprar nuestra libertad en las máquinas tragaperras del Mirage.

Trigésimo tercer día de confinamiento bajo el Teide. El pavoroso nihilismo de este cuento de hoy es, paradójicamente, un vibrante grito de esperanza en esta semana atroz que se ha llevado a mi madre y a tantos otros…

La Guancha. Jueves, 16 de abril de 2020
Música recomendada: The end (The Doors)

Los largos días del confinamiento iban transcurriendo con parsimoniosa monotonía, convirtiendo su vida en un paisaje cada vez más irreal. No parecía que la pandemia cediese en su embate, y algunos científicos ya apuntaban a un irremediable e incógnito repunte producto de una perversa y letal mutación del virus… Poco a poco, las declaraciones políticas comenzaron a advertir de una nueva prórroga, esta vez ya sine die, del encierro.

Solo, entre aquellas cuatro paredes y con un paisaje urbano de quieta desolación frente al pequeño balcón, asistió con extraña melancolía a cómo, día tras día, la ciudad se iba vaciando hasta de los mínimos servicios. Nadie se atrevía ya a desafiar el encierro con la amenaza en la calle del nuevo bicho, con una capacidad de infección y mortalidad cercana al cien por cien.

A las pocas semanas de ese nuevo enclaustramiento, una rara neblina pareció adueñarse del barrio, aunque, tras horas y horas de asomarse al balcón para gastar tiempo, le pareció descubrir que más que una bruma era como si la solidez de la realidad fuera perdiendo fuerza, sostén, perfil. Había momentos en que la avenida y todos sus edificios hasta temblaban levemente, como un televisor mal sintonizado.

A medida que pasaban los días, aquel efecto perturbador pareció aumentar. Poco a poco, el asfalto, la arboleda y las construcciones se iban difuminando, y no, no estaba loco. Comprobó por teléfono con su familia y sus amigos que la sensación no era sólo suya, que todos habían sentido lo mismo. Los media hablaban con cautela del fenómeno, que si micro polvo en suspensión, que si una extraña inversión meteorológica… No faltaron los profetas e iluminados que anunciaban con furia un inminente Armagedón.

Lo cierto es que, casi sin darse cuenta, las comunicaciones comenzaron a fallar. El celular ya no respondía, la radio se fue apagando y en la tele todos los canales eran nieve.

Luego, desde la total incomunicación, fue todo muy rápido. Un día se levantó, miró por la ventana y ya no había casi nada afuera. Todo el horizonte era una masa gris perla donde, sólo forzando mucho la mirada, se distinguían algunas manchas. Al día siguiente, ni eso: la grisura lo llenaba todo, por delante, por los lados, por arriba, por abajo.

Fue al tercer día de esa pesadilla visual, todavía en la cama, cuando sintió el terror, el vértigo, el final.
Aunque advirtió, atónito, que las paredes del piso se iban deshilachando hasta confundirse lentamente con el gris exterior que lo llenaba todo, ni se movió cuando el lacerante silencio lo fundió en la nada…

Trigésimo primer día de confinamiento bajo el Teide. Curioseando por el laptop he encontrado esta vieja editorial mía para la revista Summum, que dirigí a principios del XXI y que me parece oportuna casi 20 años después…

La Guancha. Martes, 14 de abril de 2020
Música recomendada: Do the strand (Roxy Music)

Artículo (editorial) publicado en la revista Summum (Grupo Zeta) en 2001.

Pienso que buena parte de la porción de felicidad que podemos adquirir en nuestra vida consiste en saber disfrutar con la mente muy abierta y permanentemente curiosa de todo aquello que rodea nuestra esfera privada. Desde lo más ostentoso o sofisticado hasta lo más sencillo y diario. Convertir nuestras posesiones personales en un auténtico lujo para los sentidos, sentir toda la sensualidad de lo que apreciamos. Ahí reside uno de los arcanos del disfrute vital.

Cuenta mícer Marco Polo en su cromático “Libro de las Maravillas”, que el gran mongol Kublai Khan, señor de medio mundo a finales del siglo XIII, construyó, en una colina próxima a la actual Pekín (a la sazón, su residencia oficial) que divisaba desde las habitaciones de su palacio, una hermosa construcción de lapislázuli. La colina estaba llena de los más raros y exóticos árboles de hoja perenne del mundo, que el Emperador se hacía traer de los más remotos lugares del planeta. Finalmente, cubrió toda la tierra de la montaña con piedras de lapislázuli. Y el Khan, desde su ventana, disfrutaba cada día de aquel espléndido paisaje, completa y absolutamente verde (el lapislázuli, al contacto con el aire y la humedad, se torna de este color).
Efectivamente, los antiguos, acaso por su concepción de la vida como un acto más contemplativo y menos presuroso, disfrutaban más de lo que poseían.

Hoy, siglo XXI, tenemos muchas más cosas a nuestra disposición y, quizás por ello, las disfrutamos menos. En ocasiones, las damos por supuestas, en otras, justo después de adquirirlas, ya estamos pensando en la siguiente novedad que deseamos. Es de sobras conocida la compulsión por la compra, que cuenta con millones de víctimas. Yo mismo he conocido casos dramáticos, como el de una señora de la alta burguesía que, tras arruinarse por su voracidad compradora, tuvo que vender todo su guardarropa. Los vestidos, pieles, joyas y complementos que puso a la venta privadamente para poder subsistir, tenían todos, todavía, su embalaje original y su correspondiente etiqueta.

En estos momentos procede reflexionar sobre todo lo dicho. Ciertamente, pocos placeres hay tan gratificantes y vivificantes como el de la compra, de acuerdo. Pero antes de intentar alejar nuestras microdepresiones a base de tarjeta de crédito indiscriminada, deberíamos racionalizar nuestras pulsiones y disfrutar del shopping con inteligencia y sensibilidad.

La clase no está en tener mucho, sino en poseer lo justo y que consideremos mejor, sea caro o barato. Y disfrutarlo, sin prisas, en todas sus dimensiones.

Trigésimo día de confinamiento bajo el Teide. En este lunes sin mona, propongo una reflexión, en forma de cuento, sobre si “el tiempo es la sustancia de que estamos hechos”…

La Guancha. Lunes, 13 de abril de 2020
Música recomendada: Time is tight (Booker T. & The MG’s)

“¡La memoria es la cárcel de nuestra infelicidad!”, chilló apasionadamente Gonzalo. El grito me hizo levantar los ojos, hipnóticamente fijados en su dry martini peligrosamente inclinado, con sorpresa. “Si pudiéramos liberarnos de ella -continuó con vehemencia- no habría obstáculos para vivir plenamente y llegar a ser felices sin la pesada carga de los recuerdos”.

El chorrito de martini que cayó inevitablemente sobre sus pantalones le hizo cortar el discurso bruscamente. Ni se fijó en las risas de los demás. Como cada noche, Gonzalo y sus fanatismos efímeros eran el eje de las conversaciones y las polémicas que acompañaban nuestras copas en el Dry Martini. Pero nadie se quejaba: gracias a sus osadas y muchas veces delirantes teorías, el entretenimiento y la discusión estaban asegurados hasta altas horas.
Aquella noche, sin embargo, capté en él un énfasis especial; una elaboración sofisticada más allá de lo que, habitualmente, no pasaba de ingeniosa boutade.

No volvió a proponer el tema hasta varias noches después. Ibamos a tres martinis por hora y eran las dos de la madrugada. El ambiente estaba suficientemente caliente y denso para que Gonzalo volviera a la carga. A pesar de que le noté un tanto ausente durante toda la velada, sus ojos volvieron a brillar con ferocidad cuando alguien, no recuerdo quien, brindó por los viejos tiempos. Fue como si se le hubiese disparado un resorte invisible. “¡Yo no levanto mi copa por eso! -dijo con una cierta brutalidad que nos sorprendió- porque el pasado, amigos míos, no existe. El pasado ya fue; el futuro lo desconocemos. Por tanto, sólo tenemos certeza de la existencia del presente. Brindo por ello; por ahora mismo”.

Nos miramos todos con una sonrisa displicente y brindamos. Al fin y al cabo, qué importaba. Gonzalo, atacado de nuevo, regresó a su verborrea habitual. “¿No os dais cuenta de que la memoria, los recuerdos, son el lastre que nos impide subir hasta la auténtica pureza? Sin esas servidumbres que nos atan al pasado podríamos renacer cada segundo como seres nuevos; podríamos estrenarnos constantemente, libres de culpas, condicionamientos y estúpidas alegrías deformadas por el tiempo. Lo importante es poder disfrutar de lo instantáneo sin limitaciones ni adjetivaciones. Sin miedos ni circunstancias preconcebidas. ¿No lo veis? Se trata de empezar de nuevo cada momento, limpios de mente y dispuestos a la sorpresa real”.

Aunque en ese momento pedimos otra ronda, Gonzalo, que ya exhibía una mirada neblinosa y lejana, se disculpó y, sin mucha ceremonia, abandonó el local. Nos quedamos un tanto atónitos. Ese no era su estilo. Agotamos la madrugada intentando comprender ese repentino cambio en nuestro amigo. Como siempre, llegamos a la conclusión de que sus disparatadas creencias le habían trastornado levemente. Solía ocurrirle. Hasta que descubría un nuevo filón dialéctico donde agarrarse. Así y todo…

Todos mis temores se acrecentaron en vista de su desaparición las siguientes semanas. Nadie sabía de él. Su móvil estaba desconectado. En su casa no contestaba. No pisó más las noches del Dry Martini

Curiosamente, tras ese episodio, Gonzalo estuvo varias noches sin acudir a la tertulia del Dry. ¿Se habría molestado con nosotros? Volví a verle al cabo de unas semanas, a primeras horas de la noche. Los demás todavía no habían llegado. Creo recordar que esa noche había fútbol en la tele. Se acercó a la barra con extraño sigilo y se sentó a mi lado. Estaba raro, como remoto. Todavía puedo sentir su extraña y extraviada mirada mientras, con cierta dificultad, ordenaba su acostumbrado martini al barman. Me pareció que no deseaba hablar. Con una anómala sensación en el estómago, apuré mi copa en silencio. Fue entonces cuando me cogió del brazo y pude sentir su desasosiego. Sus manos temblaban febrilmente. Bebió un largo trago y habló. “Creo que lo estoy consiguiendo -comenzó sin preámbulos- estoy logrando empezar a desprogramar mi memoria hasta llevarla a su estado inicial. ¿Sabes?, continuó, llevo varias semanas trabajando con técnicas de autolavado selectivo del cerebro y creo que voy a tener éxito”. Se quedó observándome con la copa en la mano sin decir nada más. De súbito, se levantó violentamente y se fue.

Me quedé allí, mirando el vacío que había dejado Gonzalo, completamente confuso. Sentí incluso un atisbo de terror. Esta vez Gonzalo corría peligro. Su teoría, pensé, podría no tener retorno.
Todos mis temores se acrecentaron en vista de su desaparición las siguientes semanas. Nadie sabía de él. Su móvil estaba desconectado. En su casa no contestaba. No pisó más las noches del Dry Martini.

Volví a encontrarle de casualidad. Esa fue la penúltima vez que lo vi. Iba paseando por las Ramblas y lo intuí entre los transeúntes. Avanzaba lentamente delante de mí y, desde atrás, lo abordé. Iba dejado y sucio. Se puso muy nervioso cuando me vio frente a él. No dijo nada; se zafó violentamente de mi mano y desapareció entre la multitud. Creo que ni tan siquiera me reconoció.

Aquella noche, en el Dry, Gonzalo, ausente, fue el centro de nuestra conversación. ¿Se estaba volviendo loco? ¿Tenía problemas personales? Nadie, no obstante, creyó mi terrible teoría. Yo estaba convencido de que Gonzalo se había lanzado al abismo de sus propias y dislocadas ideas. Gonzalo, aduje muy a pesar mío, ya era el olvido.

Pasaron las semanas y los meses. Todos, en mayor o menor medida, nos fuimos desprendiendo de su recuerdo. Hasta que, un frío y lluvioso atardecer de febrero, cuando llegué al Dry, el barman, muy excitado, me confió que Gonzalo había estado allí. “Se ha marchado no hace más de media hora”, dijo. Al parecer, había entrado directo a la barra y se había quedado en silencio ante el camarero, que le preguntó inútilmente que quería para beber. Me quedé pensativo. Evidentemente, había olvidado hasta su copa favorita, el dry martini.

El día siguiente, al mediodía, sonó mi teléfono móvil. Era la policía. Sentí que el corazón se me aceleraba sin control. Le habían encontrado en la habitación de una pensión de Ciutat Vella, con un tiro en la sien y frente a un espejo. Como Larra. Sólo conservaba una vieja agenda, en donde habían hallado mi número de teléfono.

Más tarde, frente a su cadáver tendido en el mármol del depósito, lloré. Una conversación, una pasión de café habían acabado con la vida de mi amigo. Pensé en que la tarde anterior habíamos estado a punto de encontrarnos en el Dry. Quizás si…
Y entonces supe de golpe la terrible verdad: no se había suicidado, como sostenía la policía; había asesinado a alguien que no conocía. A un completo desconocido. Delante del espejo de aquella pensión, a Gonzalo no le debió gustar lo que vio.

Vigésimo noveno día de confinamiento bajo el Teide. Recupero este texto, que escribí hace cuatro años en 7caníbales, una reflexión con historia sobre la deontología periodística…

La Guancha. Domingo, 12 de abril de 2020
Música recomendada: Magic carpet ride (Steppenwolf)

Un sacapuntas de plata antiguo, de los años 20 del siglo pasado. Me lo regala József Vinkó, editor de la revista húngara de cocina Magyar Konyha, periodista y escritor respetado, amigo. Me dicen él y su mujer, la también periodista gastronómica Orsolya Madary, que este inverosímil afilador, una rara pieza ya, me hará mejor en mi trabajo… Y dice…

Era orgullo entre los periodistas húngaros de aquellos vibrantes años de principios de siglo pasado, pasión tertuliana en un entorno de efervescencia cultural e ideológica, ser fieles con fervor a la deontología profesional, al compromiso sagrado con la verdad y la honestidad intachable para con los lectores. Sí, ya sé que todo esto suena raro y que más bien parece el principio de un cuento fantástico… Sin embargo, así era entonces. Me cuenta Jószef que, en aquel contexto inflamado de periodismo, no obstante, y como ocurre hoy, también los había que, fascinados por el poder que todo lo corrompe, olvidaban su juramento y acababan “sirviendo” a los de arriba manipulando si hacía falta la realidad. Era entonces cuando sus compañeros, conjurados, le hacían llegar discretamente un paquetito con un afilador de plata. Como el que ahora tengo en las manos.
El sacapuntas era el recordatorio perentorio de la peligrosa deriva… El receptor, al abrir la cajita, sabía que había perdido el rumbo, que era momento de volver a afilar los lápices so pena de caer en la ignominia informativa… Bella (y sombría) metáfora que, conviene apesadumbrado Jószef, hace años se olvidó. Sí, amigo Vinkó, sí. Y, no obstante, aquí está el afilador, recalcitrante, recordándome, recordándonos, “de dónde venimos y a dónde vamos”.

Pienso ahora mismo que lo que en aquellos años de Budapest era un flirteo con el poder ahora mismo es una orgía (delirante, indocumentada) en el gran pesebre donde todos son bienvenidos al festín. El afilador sugería una mirada al espejo y un autoanálisis severo ante la propia imagen; ahora, el espejo no es más que una cornucopia distorsionada de la autoafirmación sonando a todo volumen.
Escribo desde La Laguna, el aire oliendo inexplicablemente a duraznos. Mañana, cuando regrese a casa, afilaré todos mis lápices. Te lo juro, Jószef.

Vigésimo octavo día de confinamiento bajo el Teide. Hoy vamos con un cuento que escribí hace años, en pleno boom de la vanguardia adriática… Puro entretenimiento sabatino.

La Guancha. Sábado, 11 de abril de 2020
Música recomendada: Sweet Virginia (Rolling Stones) Recordando a Juli Soler

Desde que el gran Ferran Adrià se había retirado a una ignota isla paradisíaca donde, cuentan ciertas leyendas no comprobadas, vivía como un eremita a base de moluscos y cocos, y dando conferencias online, por supuesto, no había surgido en el planeta gastronómico, ocupado en un regreso recurrente a las cocinas tradicionales, ningún cocinero como P.

Lógicamente, P. se había formado en aquel mítico Bulli. P. mostró desde el principio, además de una rara perfección técnica (acaso obsesión), una sorprendente capacidad prospectiva y sintética en todo lo referente a la gastronomía. Muchos, al principio, lo calificaron de loco peligroso. Para él, contrariamente a las últimas tendencias, el producto era una rémora. Lo único decisivo eran las sensaciones. Todos recordamos, por ejemplo, sus polémicas grageas de paella valenciana. ¿Qué me decís de aquellas inyecciones intravenosas que colocaban en el cuerpo todo un menú degustación, con vinos, mientras el comensal se sumergía, a través de visores RV, en los platos originales? Aunque yo, particularmente, me quedo con sus revolucionarios, hoy ya clásicos, lo sé, mariscos mutantes… ¡Aquellas ostras-jamoneras! ¡Mmm!

Hay que reconocer que su progresión en lo culinario fue fulgurante. Tanto que, avanzando en sus tesis reduccionistas, pronto los fogones y las inducciones desparecieron de su coquinaria. Fue cuando diseñó su segundo restaurante, todo un éxito del momento. El que ofrecía sólo aromas. Su disparatada búsqueda del algoritmo sensorial perfecto, aquel que permitiera con el menor coste biológico llegar a las más altas cotas de sensaciones, lo llevó a diseñar el odódromo. Aún se exhiben en el MOMA de Nueva York sus famosas cajas de metacrilato, que él llenaba de olores para satisfacer a los clientes más vanguardistas.

Con la invención de los sensores cerebrales externos, P. logró llegar a la cima. Así, aquellos centros que creó en diversos países donde el público sentía, por estimulación directa del córtex, la sensación gustativa de sus creaciones. Ese software es todavía críptico para la mayoría del sector, a pesar de la multitud de copias piratas que aún hoy proliferan.

Tanta osadía, sin embargo, condujo a la catástrofe. En su arrebato creador, creyó que debía dar el paso definitivo: la ausencia total de materia, catalizadores o periféricos. Sólo la mente. Fue cuando se lanzó con sus, al principio, escandalosos “no restaurantes”. Establecimientos que imitaban los anacrónicos chill out y donde el cliente, cómodamente reclinado, recibía sólo una carta con el nombre de los platos propuestos. Como recordaréis algunos, al final ya sólo se servían platos vacíos. La idea era que el propio comensal crease sus sensaciones gustativas a partir de sus reflexiones. Si bien al principio fue la novedad y el eco mediático, pronto llegó el desengaño. Se empezó a hablar de fraude. Llegaron denuncias.
P., tras protagonizar pintorescas huelgas de hambre en defensa de sus tesis gastronómico-mentales, en poco tiempo pasó al olvido.

Lo encontraron muerto el otro día. Rodeado, al parecer, de un montón de jamones furiosamente roídos y de una cantidad enorme de latas de fabada asturiana vacías.
El parte médico fue escueto y terrible: sobredosis alimentaria.

Vigésimo séptimo día de confinamiento bajo el Teide. Una interesante fábula feminista avant la lettre para entretener este viernes de encierro e incertidumbre…

La Guancha. Viernes, 10 de abril de 2020
Música recomendada: Night of the warm witch (Skid Row)

El joven rey Arturo fue sorprendido y apresado por el monarca del Reino vecino mientras cazaba furtivamente en sus bosques. El rey pudo haberlo matado en el acto, pues tal era el castigo para quienes violaban las leyes de la propiedad, pero se conmovió ante la juventud y la simpatía de Arturo y le ofreció la libertad, siempre y cuando en el plazo de un año hallara la respuesta a una pregunta difícil. La pregunta era: ¿Qué quiere realmente la mujer?

Semejante cuestión dejaría perplejo hasta al hombre más sabio, y al joven Arturo le pareció imposible contestarla. Con todo, aquello era mejor que morir ahorcado, de modo que regresó a su reino y empezó a interrogar a la gente. A la princesa, a la reina, a las prostitutas, a los monjes, a los sabios y al bufón de la corte… en suma, a todos, pero nadie le pudo dar una respuesta convincente. Eso sí, todos le aconsejaron que consultara a la vieja bruja, pues sólo ella sabría la respuesta. El precio sería alto, ya que la vieja bruja era famosa en todo el reino por el precio exorbitante que cobraba por sus servicios.

Llegó el último día del año convenido y Arturo no tuvo más remedio que consultar a la hechicera. Ella accedió a darle una respuesta satisfactoria a condición de que primero aceptara el precio: quería casarse con Gawain, el caballero más noble de la Mesa Redonda y el más íntimo amigo de Arturo. El joven Arturo la miró horrorizado: era jorobada y feisima, tenía un solo diente, despedía un hedor que daba nauseas, hacía ruidos obscenos, sus eructos eran famosos por mantener alejados a los dragones de la región… Nunca se había topado con una criatura tan repugnante.

Todo el mundo comentaba el valor y coraje de Gawain al aceptar esta tortura para el resto de su vida por salvar la vida de su amigo

Se acobardó ante la perspectiva de pedirle a su amigo de toda la vida que asumiera por él esa carga terrible. No obstante, al enterarse del pacto propuesto, Gawain afirmó que no era un sacrificio excesivo a cambio de la vida de su compañero y la preservación de la Mesa Redonda. Se anunció la boda y la vieja bruja, con su sabiduría infernal, dijo:
-«Lo que realmente quiere la mujer es ser la soberana de su propia vida». Todos supieron al instante que la hechicera había dicho una gran verdad y que el joven rey Arturo estaría a salvo. Así fue: al oír la respuesta, el monarca vecino le devolvió la libertad.

Pero menuda boda fue aquella. Asistió la corte en pleno y nadie se sintió mas desgarrado entre el alivio y la angustia que el propio Arturo. Gawain se mostró cortés, gentil y respetuoso.  La vieja bruja –en tanto- hizo gala de sus peores modales; engulló la comida directamente del plato sin usar los cubiertos, emitió ruidos y olores espantosos, dos veces debieron desalojar la sala luego de alguno de sus famosos eructos espantadragones. Todo el mundo comentaba el valor y coraje de Gawain al aceptar esta tortura para el resto de su vida por salvar la vida de su amigo. Finalmente, los recién casados se retiraron para su noche de bodas.

Cuando Gawain, ya preparado para ir al lecho nupcial, aguardaba a que su «esposa» se reuniera con él… ¡ella apareció con el aspecto de la doncella más hermosa que un hombre desearía ver! Gawain quedo estupefacto y le preguntó que había sucedido. La joven respondió que como él había sido tan cortes y atento con ella, la mitad del tiempo se presentaría con su aspecto horrible y la otra mitad con su aspecto atractivo. ¿Cuál prefería él para el día y cuál para la noche?

¡Qué pregunta cruel! Gawain se apresuró a hacer cálculos. ¿Preferiría tener durante el día a una joven adorable para exhibirla ante sus amigos y por las noches en la privacidad de su alcoba a una bruja espantosa? ¿U optaba por compartir el día con una bruja y disfrutar de una joven hermosa en los momentos íntimos de su vida conyugal?
Al oír esto, ella le anunció que sería una hermosa dama de día y de noche, porque él la había respetado y le había permitido ser dueña de su vida.

Vigésimo sexto día de confinamiento bajo el Teide. ¿Qué es un tesoro? Más allá de los primeros y opulentos pensamientos que se nos ocurren, es en realidad aquello que damos por supuesto y que, cuando nos lo quitan…

La Guancha. Jueves, 9 de abril de 2020
Música recomendada: Get ready (Rare Earth)

Toda su vida, toda dedicada a la búsqueda del secreto. El gran secreto de los hombres del desierto. El ignoto tesoro de la tribu azul. Tantos esfuerzos, viajes, estudios y peligros para, ahora, morir sin haberlo descubierto. La sed ya había dado paso a la agonía. Completamente deshidratado, quemado por el impío sol, ahogado por el denso aire caliente, sin gasolina, ni comida, ni agua, aguardaba tan sólo el olvido definitivo.

Arrastrándose por la arena, todos esos pensamientos, entremezclados con la historia de su vida, le mantenían con un hálito de vida. Eso y la visión, ya borrosa, del Jeep, que poco a poco se iba desdibujando en el horizonte que dejaba atrás. Lo curioso es que jamás había llegado a averiguar con exactitud cual era ese arcano tesoro celosamente guardado, durante siglos, por los nómadas del desierto. La ausencia de escritura en esas tribus trashumantes otorgaba todo el poder a la palabra, pasada de generación en generación sin rastro físicos. Esta circunstancia siempre le había fascinado.

Sus conjeturas se basaban en pesadas y crípticas conversaciones que, desde su juventud, cuando visitó por primera vez el desierto, había mantenido con sus habitantes. Al parecer, y desde tiempos inmemoriales, se sabía de un tesoro fabuloso escondido en alguna parte de las infinitas y temblorosas arenas. Años dedicados a la investigación de esas fuentes inciertas y multitud de penosos viajes más allá de los confines aconsejados habían fundamentado esperanzas de descubrir lo prohibido.

Pero fue una noche de hacía dos años, a la violenta luz de las estrellas, formando parte de una caravana, cuando, al abrigo de una haima, oyó por fin lo que estaba esperando: un punto cardinal, una abstracción geográfica tan solo, pero que era el primer dato que confirmaba sus sospechas. Después, el kif impidió más concreción. No consiguió nada más. Esa información, sin embargo, fue suficiente para ponerse en marcha. Hasta llegar aquí. A la mitad de la nada. Perdido.

Consiguió, por fin, remontar la duna. Atrás, el todo terreno ya había desaparecido. Y entonces lo vio. Sacudió la cabeza. No, no era un espejismo. Allí, a unos pocos metros, medio enterrada en la arena, se dibujaba una losa. Sacando sus últimas fuerzas, se abalanzó sobre ella. Limpió la arena. Destrozándose los dedos, poco a poco fue abriéndola. Se asomó al interior. No vio nada, sólo oscuridad. Tiró un puñado de arena y escucho. Nada. Por fin, decidió arriesgarse; agarrándose a la abertura, se descolgó: no tocó fondo. Ya no tenía opción. Se descolgó con furia. Fueron sólo dos segundos de incertidumbre y… se hundió en el líquido. ¡Agua! ¡Era agua! Arriba, la luz se enmarcaba, burlona e inalcanzable, en la pequeña abertura. Y se dio cuenta: el gran tesoro del desierto era… ¡el agua! Debió haberlo sabido.

Murió, entre desencajadas risotadas, ahogado en el tesoro a cuya búsqueda había dedicado la vida entera.

Vigésimo quinto día de confinamiento bajo el Teide. Procede en esta temporada que estamos sufriendo ser cautos con la información, y aplicar la sabiduría socrática…

La Guancha. Miércoles, 8 de abril de 2020
Música recomendada: Black night (Deep Purple)

Un día alguien llegó muy agitado ante Sócrates:
– Oye, Sócrates, como amigo tengo que contarte…
– Un momento, ¿has pasado lo que tienes que decirme por los tres coladores?
– ¿Tres coladores?
– Sí, amigo: tres coladores. El primero es la verdad. ¿Has comprobado que todo lo que vas a decirme sea verdad?
– No, lo he oído contar y…
– Bien, bien. Pero a buen seguro lo has hecho pasar a través del segundo colador, el de la bondad. Porque si no es del todo verdad lo que tienes que contarme, ¿tiene al menos algo de bueno?
– No, al contrario…
– Probemos, pues, de servirnos del tercer colador y preguntémonos si es útil contarme lo que tanto te agita.
– Útil, precisamente…
– Pues bien -dice el cuerdo de Sócrates- si lo que tienes que decirme no es ni verdadero ni bueno ni útil, olvídalo y no te preocupes más por ello que yo.

Los tres coladores de Sócrates pueden evitar que sirvamos de albergue a lo que amenaza, demasiado a menudo, con perturbar la atmósfera de toda una comunidad.