Cocina de taberna veneciana sin ínfulas ni piruetas, elaborada con corrección y limpieza, buscando los sabores auténticos de la tradición del Veneto sin estridencias. Intensidades justas, cocciones ejemplares y producto de calidad. He aquí los argumentos del éxito de Bronzo, un bacaro ‘de la laguna’ teletransportado al Born barcelonés.
Hay entre los viajeros quienes son transeúntes de la trivialidad, otros son exploradores de las emociones efímeras y, finalmente, aquellos cuya irresistible fascinación por una determinada geografía y todo lo que ello incluye les cambia la vida. Este último es el caso de Marc Villà y Joan Castells.
Bronzo. Barcelona. Foto: Xavier Agulló.
Cuando descubrieron Venecia, y muy especialmente la atmósfera de los bacaro (tabernas típicas de la ciudad donde se encuentran los amigos para unos vinos, unas tapas y mucha conversación), supieron que ya nada volvería a ser igual. La única forma de atenuar el ‘mono’ veneciano que se les ocurrió fue, de la nada, abrir un restaurante en su Barcelona que reflejara aquello que les había seducido en Italia. Lo llamaron Bronzo (por la pieza de bronce con la que se trafila la pasta italiana de calidad), y a día de hoy ya tienen dos establecimientos abiertos más otros dos que, por ‘simpatía’, han dedicado al universo de los panini. La seducción convertida en floreciente negocio…
Con una estética desnuda, pero con cariño, y de inspiración naturalmente veneciana, el Bronzo (en este caso, el del Born) se ofrece como una experiencia mimética del ambiente tabernero de la ciudad de la laguna, sin mucho más. Sólo vinos italianos, productos (quesos, embutidos) importados semanalmente de Italia y una carta que, aparte de algunas elaboraciones clásicas italianas, se centra en el recetario de Venecia.
Bronzo. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
De esta suerte, lo primero que aparece en la mesa es el bacalao mantecato -parecido a la brandada o al atascaburras, pero sin lácteos ni patata-, servido entre placas crujientes de pan sardo o carasau. Es el primer punto del manifiesto culinario del local.
El otro ‘grande’ de Venecia es la sardina en saor, una exquisitez sin paliativos. Un escabeche suave, sutilmente agridulce, aquí con unos toques de lima, con cebolla, pasas y piñones. No debes olvidar pedir la focaccia para que el placer sea en estéreo.
Bronzo. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
El vitello tonnato se vindica aquí también, aun siendo piamontés, aunque falto de nervio en el sabor de la mahonesa de atún, demasiado suave, para contrastar con las finas lonchas de ternera asada.
El steak tartare es impecable: al puro estilo, naturalmente, del mítico Harry’s Bar de Venecia, de donde surgieron también el carpaccio y el bellini. Se sirve con patatas fritas y con pan de pizza.
Bronzo. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
La parte final de este menú improvisado pertenece a la pasta, por supuesto, que ellos mismos elaboran, siempre trafilada al bronce. La primera los spaghetti nero di seppia, tradicionales de Venecia (también muy popular en Sicilia), tocados por dos gambitas de perfecta poca cocción.
Y ya los bigoli en salsa, un clásico veneciano elaborado con aquella pasta (como spaghetti, pero más gruesos) y una emulsión de anchoas y cebolla caramelizada. Potentes y acanallados.
Como postres, la inevitable tarta de queso (gorgonzola), muy fundente y leve, y el tiramisú, por qué no.
A veces no hay que buscarle los tres pies al gato para proveerte de felicidad.
Bronzo Rec, 60
Tel. +34 934 596 444
Barcelona
Siempre abierto
Precio medio: 40 euros
A pesar del estilo y la atmósfera distendidos y sin opulencias, el restaurante Carlota Akaneya de Barcelona es uno de los poquísimos establecimientos del mundo (con dos más de la misma compañía, en Madrid y París) que tienen la rarísima carne de wagyu matsusaka del Ito Ranch de Japón, con la suprema categoría A5, la que se comen el emperador y el primer ministro de aquel país. Poca broma.
Dice la ‘leyenda’ que Ignasi Elías, en un viaje a Kioto en 2009, cayó mesmerizado por un restaurante sumibiyaki (barbacoa nipona, en román paladino) de nombre Akaneya… Al regresar a Barcelona, aquel hechizo se convirtió, con el concurso de su socio Felipe Fernández, en el restaurante Carlota Akaneya, en pleno Raval. Se dice también que hace unos pocos años, el mismo Ignasi visitó el selecto Ito Ranch, de donde sale la mejor carne de wagyu matsusaka de Japón (y del mundo, claro), y que cuando salió llevaba en el bolsillo el permiso para exportarla a España, un salvoconducto imposible hasta aquella fecha propiciado por el paso del covid y por el descenso de consumo de esta carne tan cara en Japón. Sea como fuere, Elias y su mujer Chiho Murata son, junto a los Hermanos Torres, de los pocos afortunados en servir legalmente esa matsusaka A5 en sus establecimientos. ¿Matsusaka? Es uno de los tres tipos de carne bovina de raza wagyu negra, la más prestigiosa (aunque te suene más el nombre ‘kobe’) debido a las altas exigencias requeridas: vacas vírgenes, engorde controladísimo, trazabilidad obsesiva… ¿A5? Es el grado de calidad máximo. Y, para rematar la jugada, todavía hay que tener en cuenta el BMS o índice de marmoleado de las piezas, con el 12 como máximo. En Carlota Akaneya lo cumplen todo, desde el origen de la carne en el celebérrimo Ito Ranch, en la prefectura de Mie, donde compran el emperador y el primer ministro, hasta las máximas calificaciones antecitadas.
Carlota Akaneya. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Con este largo y prolijo prefacio, podría parecer que comer en el Carlota Akaneya es cosa solamente de nababs caprichosos; pero no. En realidad, el menú top cuesta… 119 euros. Y, te digo, es una completa inmersión en el culto a la mejor carne posible del planeta.
De ello se encarga, en un minimalista comedor (sólo noches) tipo izakaya (taberna japonesa), de penumbrosa iluminación, el chef Juanjo Pernía (ex Daviz Muñoz). Lo hace a partir de unas mesas especiales, las que corresponden a la tipología culinaria sumibiyaki (cocción al carbón en directo), con una hoyo en el centro donde se ubican las piezas (elegantes paralelepípedos) de carbón de briqueta al rojo vivo salpicadas por unas cuantas ramas de romero. Aromas envolviendo y, sí, un poco de calor, pero nada que no pueda arreglar una cerveza japonesa y un corte de matsusaka.
Carlota Akaneya. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Mientras suena el free jazz (a un tenue volumen) en los altoparlantes, da comienzo la ceremonia, siempre con un tono distendido e informal a pesar de los lujazos que se van a servir. Servicio easygoing entre aromas de brasa que debuta con un refrescante sake de ciruela. No puede faltar el edamame, que en esta caso se sirve en un recipiente lleno de brasas humeantes. Como pipas, tío.
Otro gran clásico: la sopa miso, ilustrada con una vieira y una almeja. Excelente entrada que se sirve junto a un cubo de tofu caramelizado y una fina lámina de wakame crujiente. El tonkatsu (cerdo rebozado con panko a la mostaza y miel), impecable, se acompaña de col aliñada.
Carlota Akaneya. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Momento para el hot pot o shabu shabu. Una sopa con salsa mentsuyu (mirin, sake, soja…) con verduras y setas japonesas. Déjalo infusionar… y luego ve pescando los tropezones. Un punto acanallado (después puedes beber la sopa, a la que añadirán arroz) que da la entrada al primer corte de carne, el teres major (parte de debajo del hombro del wagyu), un ‘regalo’ de la casa que se degusta hirviéndolo en el hot pot. No te pases de cocción, amigo.
Más madera matsusaka: corte ichibo (cuadril) con salsa de miso ponzu. Conviene irse quedando con las texturas, la sutileza del sabor, la infiltración de grasa, porque la ceremonia de la carne irá in crescendo. Mira (y cuece con prudencia en las brasas): tataki de sobrecostilla, harami (entrama) y hombro alto, ya con un marmoleado muy relevante. Tres cortes de matsusaka para ‘entrenar’.
Carlota Akaneya. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Porque la actuación principal son las dos piezas del Ito Ranch A5 BMS12. Aquí estamos en lo supremo. La aguja y el niguiri soasado de lomo bajo (que elabora un cocinero en la misma sala en vivo), el cúlmen. Dos piezas extraordinarias que concluyen una experiencia ciertamente exclusiva.
Pero, claro, como en toda buena película, falta el giro final. Y éste llega después de la mousse de té matcha rellena de maracuyá con esponjas de frambuesa y ganache de chocolate blanco, postre refrescante prólogo del otra gran hit del restaurante: el famoso melón Musk Crown de Fukuroi (240 euros la pieza), un cantaloup que crece en solitario en la planta y que se va acariciando a mano durante su maduración para repartir armoniosamente el dulce. Dirás que es sólo un melón, y es cierto, pero muy bueno y, sobre todo, como mucho de lo que hace de la gastronomía japonesa algo diferencial y casi mágico, cuidado con un mimo extravagante.
Si quieres vivir algo único en el mundo sin pillar un avión y sin perder la cartera, no te queda otra: Carlota Akaneya.
Carlota Akaneya Pintor Fortuny, 32
Barcelona
Tel. +34 933 027 768
Abierto todas las noches y los mediodías de sábado y domingo
Precio medio: 119 euros
Joao Pablo Campos, entre sus feligreses. Velho Adonis. Rio de Janeiro. Brasil. Foto: Xavier Agulló
Debo a mi buen amigo (y gran chef) Rafa Costa e Silva (Lasai**, Rio de Janeiro) la muy atinada sugerencia de visitar Velho Adonis, este boteco o botequim (taberna tradicional carioca) inscrito desde los años 50 del pasado siglo entre lo más ilustrado (y frecuentado) de la cocina portuguesa de cantina en la capital brasileña. Y vaya…
“Si es o no invención moderna, vive Dios que no lo sé, pero delicada fue la invención de la taberna“. Baltasar de Alcázar
En efecto, fue en 1952 cuando un emigrante portugués originario de Oporto abrió el local, que hizo fortuna a base de potentes recetas lusas de bacalao y chopps (cañas) de su tirador de cerveza -Brahma- artesano esculpido en bronce. Mas fue en 2019 cuando João Paulo Campos, empresario nordestino, bregado en restaurantes de lujo como maître y gestor, lo rescató del olvido, le dio un twist a la cocina siguiendo su originaria filosofía luso-brasileña y hasta recuperó (había sido robado) el famoso grifo de cerveza, que hoy sigue sirviendo las probablemente mejores cañas de la ciudad.
Velho Adonis. Rio de Janeiro. Brasil. Fotos: Xavier Agulló.
No importa la lejana localización del Velho Adonis en Benfica (al norte de Rio, en el fin del mundo, aunque a pocos minutos del monumental mercado central Cadeg), ni que las esperas sean largas y promiscuas tanto en la atestada terraza como en el calenturiento interior, porque el personal, de tremenda eficacia, no para de servirte cervezas y petiscos hasta conseguir la anhelada mesa. Hay que ver cómo se pone el local (vide fotos)… Da igual llegar a las 12 que a las 15 horas, el deseo tumultuoso no cede en esta esquina improbable.
En la barra, aguardando… Vamos a por una de las insignias culinarias del establecimiento, el pulpo con bacon, puro canalleo de mantequilla, aceite, limón y cilantro. Estupendo en cocción y arrebato. Me whatsapea el chef Thomas Troisgros y me aconseja con pasión los mejillones con mantequilla ‘escargot’ (a la bourguignonne: cebolla, ajo, perejil…) y, cierto, una receta para no olvidar.
Velho Adonis. Rio de Janeiro. Brasil. Fotos: Xavier Agulló.
El fragor, las risotadas, las fuentes inacabables y el vértigo birrero recrean una kermesse que arrastra a la gourmanderie sin control. Es el momento de atacar el bacalao, uno de los grandes ejes de la taberna. Evito la receta más opulenta, el Zé do Pipo, una animalada con leche, patata y mahonesa (volveré), y, por indicación de Campos, vamos hacia el ‘lagareiro’, el más tradicional de la casa, un monumento frito, con ese punto bribón de sal -algo que se nos ha escamoteado en aras de la sutileza en la cocina más refinada- y acompañado de verduras (brócoli, cebolla, patatas, ajo, huevo duro, aceitunas negras y hasta palmitos). Una fiesta.
¡Hola! Joao Pablo no quiere que me vaya sin probar su famosa ‘rabada’ (rabo de buey), pura tradición brasileña, de equilibrada robustez. Y todavía, por capricho, el pulpo con la misma receta que el bacalao, por qué no.
Es necesaria una escuela de codazos y contorsiones para salir del lugar -que sólo ha costado unos 25 euros por persona- y aun traspasar la muralla humana agolpada jovialmente en la veranda para volver al pesado sol de invierno de Rio.
Velho Adonis R. São Luiz Gonzaga, 2156 Benfica, Rio de Janeiro (Brasil) Teléfono: (21) 2026 4186 Cierra Lunes
Precio medio: 25 €
Velho Adonis, elogio da taberna luso-carioca no Rio de Janeiro (VERSAO EM PORTUGUES)
Devo ao meu bom amigo (e grande chef) Rafa Costa e Silva (Lasai**, Rio de Janeiro) a sábia sugestão de visitar o Velho Adonis, esse boteco ou botequim que, desde a década de 1950, é um dos mais ilustres (e frequentados) da cozinha de cantina portuguesa na cidade brasileira. E uau…
“Se é ou não uma invenção moderna, Deus sabe que eu não sei, mas delicada foiu a invenção da taberna”. Baltasar de Alcázar
De fato, foi em 1952 que um emigrante português do Porto abriu o local, que fez sua fortuna com base em potentes receitas portuguesas de bacalhau e chopps (cervejas) de seu puxador de cerveja artesanal – Brahma – esculpido em bronze. Mas foi em 2019 que João Paulo Campos, um empresário nordestino, que já trabalhou em restaurantes de luxo como maître e gerente, resgatou o local do esquecimento, deu uma repaginada na cozinha seguindo sua filosofia original luso-brasileira e até recuperou (havia sido roubada) a famosa torneira de chope, que hoje continua servindo provavelmente as melhores cervejas da cidade.
Não importa a localização distante do Velho Adonis, em Benfica (zona norte do Rio, no fim do mundo, mas a poucos minutos do monumental mercado central Cadeg), nem que as esperas sejam longas e promíscuas tanto no terraço lotado quanto no interior quente, porque a equipe, de tremenda eficiência, não para de servir cervejas e petiscos até que você consiga a tão sonhada mesa. É preciso ver como o lugar fica (veja as fotos)… Não importa se você chega às 12 horas ou às 15 horas, o desejo tumultuado não cessa nesse canto improvável.
No bar, esperando… Vamos a um dos destaques culinários do estabelecimento, o polvo com bacon, manteiga pura, azeite, limão e coentro. Excelente na culinária e no prazer. O chef Thomas Troisgros me surpreende por watsapp e me recomenda apaixonadamente os mexilhões com manteiga de escargot (estilo bourguignonne: cebola, alho, salsa…) e, é claro, uma receita inesquecível.
O barulho, as risadas, as fontes intermináveis e a vertigem da birrerie recriam uma kermesse que leva a gourmanderie a um descontrole. É hora de atacar o bacalhau, um dos pilares da taberna. Evito a receita mais opulenta, o Zé do Pipo, um bicho com leite, batata e maionese (voltarei), e, por sugestão de Campos, optamos pelo lagareiro, o mais tradicional da casa, um monumento frito, com aquele toque malandro de sal – algo de que temos sido privados em nome da sutileza na culinária mais refinada – e acompanhado de legumes (brócolis, cebola, batata, alho, ovo cozido, azeitona preta e até palmito). Um banquete.
João Paulo não quer que eu vá embora sem experimentar sua famosa rabada, uma tradição brasileira pura, com uma robustez equilibrada. E ainda, em um capricho, o polvo com a mesma receita do bacalhau, por que não?
É preciso um cardume de cotoveladas e contorcionismos para sair do lugar – que custa apenas cerca de 25 euros por pessoa – e ainda passar pela muralha humana que se aglomera jovialmente na varanda para voltar ao pesado sol de inverno do Rio.
Velho Adonis R. São Luiz Gonzaga, 2156 Benfica, Rio de Janeiro (Brasil) Teléfono: (21) 2026 4186 Cierra Lunes
Precio medio: 25 €
Mucho ha cambiado Can Domo (Ibiza) desde que lo visitara, bajo la égida del chef barcelonés Pau Barba, tanto en lo culinario como en lo estético. Ahora el restaurante, a cuyo mando asesor están los de Cañitas Maite (con sala y cocina a cargo directo del maître y el chef que ejercían en el Cebo de Madrid), ocupa también el lugar donde otrora se hallaba la piscina, y de la cocina salen elaboraciones de corte informal, sin alardes, arroces que ya tienen fama en la isla, recetas destinadas a ser compartidas y mucha diversión.
Borja García, el chef, se afana en la cocina, mientras yo mojo aceite (de la propia finca) y alioli de ajos a la brasa con ceniza de romero en la soleada indolencia del mediodía ibicenco, en plena naturaleza y lejos de la ostentación habitual de la “people from Ibiza”.
Almuerzo con Laura Seall, a la que conocí hace años, cuando codirigía el restaurante Ovic, en Barcelona. Atento siempre a los platos, el jefe de sala, Cristian Tovar.
Obligada aquí la croqueta de ibérico -ganadora en el concurso de Madrid Fusión 2021, el año en que me tocó ser jurado-, vestida con una lámina de copa y descansando sobre unas palomitas de torrezno. Completan el recibimiento el buñuelo de queso de cabra (Ses cabretes) con semillas de ajonjolí y mermelada de higos y el tomate embotado (secado al sol) en aceite con una crema láctica de queso de cabra y chiles (pasilla, ancho y guajillo) al mortero.
Can Domo. Ibiza. Foto: Xavier Agulló.
El territorio que nos rodea -Can Domo es un hotel-restaurante con fuerte toque agroturístico, aunque de luxe, ubicado en la zona de Cala Llonga- se explica con las tres zanahorias (morada, amarilla y carlota) escabechadas y albacora curada con el perfume del romero braseado. Por supuesto, disponen de huerto propio.
Excelentes las flores de calabacín con stracciatella, puntas de espárragos y una perfecta ensalada líquida. Frescura y luz.
Los arroces, como citaba más arriba, son el gran argumento del restaurante. En poco tiempo se han consagrado en el pódium ibicenco. Pruebo el de gambitas, alcachofas y papada ibérica, impecable, con refinado socarrat.
Antes de los postres me solazo con los quesos (fresco de Ibiza y semi y curado de Menorca). Y ahí van el flan de leche fresca de oveja y potentes huevos, exquisito, y las fresas escabechadas con helado de fresas a la parrilla, caldo de vermut, nata y romero.
Color, fiesta y rock suave…
Can Domo Carretera Cala Llonga, Km 7.6,
Santa Eulària des Riu, Ibiza
Tel: 971 33 10 59
Precio medio: 70 €
Natalia Juan y Carles Abellán. Casa Natalia. Formentera (Foto: Xavier Agulló)
Me resulta muy gratificante visitar a mi querido amigo Carles Abellán en la Formentera pre estallido ‘guiri’, y demorarme en su Casa Natalia –“ojo, el restaurante es de Natalia Juan, yo sólo hago los platos”, ríe- frente a esas elaboraciones tan hedonistas, reflejo del onírico Mediterráneo que rodea la isla y de una trayectoria culinaria que ya forma parte de la gastronografía española contemporánea. Así pues…
El Ekam (50% riesling, 50% albariño) de Raül Bovet, uno de los enólogos visionarios, desde la DO Costers del Segre, de la necesidad de subir la altitud de los viñedos para luchar contra el cambio climático, será el anfitrión de esta noche larga de sabores y conversaciones tête à tête.
Siempre hay mucho que platicar con Carles, sin nostalgias ni batallitas, gracias a todo lo que ambos hemos vivido (y comido y bebido) y compartido desde los tiempos heroicos de El Bulli, el Hacienda Benazuza y aquellos fritos de Miguel Palomo, el Talaïa Mar (el que fuera Bulli de Barcelona), el seminal Comerç 24 (que llevó la estética y el feeling de El Bulli a territorio urbano), los Tapas, el Bravo, La Barra… A día de hoy, Carles, más sintonizado a la vida que al frenesí, es asesor de los Tapas, de los Manero de Carlos Bosch y el hombre al frente de la cocina de Casa Natalia, aquí en Formentera, junto a su mujer Natalia.
Ceviche. Salchichón. King crab. Casa Natalia. Formentera. Fotos: Xavier Agulló
En Casa Natalia, siempre con el azul balear en la mirada, el producto es la cocina, vestido sin concesiones a la frivolidad. Más allá de las opulencias que pide la isla -ostras, caviar, cangrejo real- y de los platillos ‘signature’ -la ensaladilla, el famoso bikini, los huevos…-, la sencillez es el ingrediente principal para la suculencia y el placer de transmisión directa.
Una simple croqueta de pollo rustido a la catalana da fe de lo anterior. O el salchichón de Vic a pelo. La noche se hace buganvillas borrosas en la terraza de Casa Natalia, y Carles me habla de su vida sin prisas, de su vuelta a la naturalidad, tanto vital como gastronómica. “Ya evito los menús largos (con excepciones, claro) y gusto de ir a restaurantes singulares por aquel plato o platos que me arrebatan” (dinámica que imagino horrorizará a esos influencers de pega siempre en busca del wow y de unas ‘novedades’ que, a menudo, por cierto, son descarados homenajes o versiones de elaboraciones veteranas).
Calamar. No lasagna. Raya. Casa Natalia. Formentera. Fotos: Xavier Agulló
Ceviche de sírvia (pez limón) con leche de tigre de remolacha, wasabi encurtido y chile. La justa suavidad. Y el tartare de tomates de Paolo Petrilli con pan de David Reartes (Pomona Bakery), uno de los chefs más talentosos de Ibiza. No delegamos el king crab a la Singapur, porque esto no se hace.
El hinojo -gran plato- va a la brasa, con parmesano y pistachos. Momento para unop de los platos fetiche de Carles en Formentera: la raya a la mantequilla negra con puré de patata y lima. Sensualidad.
Toda una fiesta el calamar (de Formentera) relleno de cebolla confitada con salsa picante de yema y alga nori, de noble y tersa textura.
Una animalada final: la “no lasgna” de fricandó, una orgía de sensaciones revueltas que sólo se explica si la habitas.
Y cambiamos los postres por más vino y conversación hasta…
Xavier y Carles. Casa Natalia. Formentera
Casa Natalia Carrer Major, 78
Sant Ferran de SEs Roques
Formentera Tel: 971 32 90 07
Sólo cenas. Cierra lunes
Precio medio: 70 euros
El chef Joel Castanyé y su mujer, Mari Àngels Chiriboga, ingeniera agrícola, sumiller y directora, están orquestando en Bellvís (al lado de Lleida) una pequeña gran revolución gastronómica reimaginando las afamadas frutas de su paisaje más allá de los postres y de lo trillado. Para ello no sólo cuentan con su privilegiado entorno frutal, sino también con la exploración científica, la clase, el buen gusto y la gestualidad culinaria cronométrica y cromática de Joel. El restaurante (la finca) es una auténtica pasada de luz, diseño, elegancia esencial y… espacio.
Me cuenta Pau -cuarto frío de La Boscana-, mientras nos lleva en coche desde la estación leridana del AVE al restaurante, sobre las frutas y sus usos diversos dependiendo de la época del año, de su punto de crecimiento, de su estado de maduración, de las técnicas aplicadas y de las diferentes innovaciones (véase, como me explicará Joel después, una nueva manzana de pulpa roja, kiwis de carne roja extravagantes, ciruelas…), y me habla de una nueva elaboración que Castanyé está ultimando, un kiwi, su agua y caviar. Pero en 12 minutos escasos ya estamos penetrando en la finca…
La Boscana. Lleida. Fotos: Rosa Bernardes (@gastrophoto_)
El silencio es verde en La Boscana. Roto sólo por el moroso transcurrir del agua entre las piedras de la cascada que se esconde entre los grandes árboles, en el lago frente a la construcción del restaurante, un paralelogramo de cristal cuyo interiorismo, de una limpieza espacial absoluta (las mesas, sólo ocho, separadas seis metros unas de las otras), es en realidad el propio jardín. Un comedor que, como el exterior, va cambiando con el paso de las horas…
Joel, que cuenta con 22 personas en cocina para las ocho mesas -la razón es que además del restaurante, posee al lado otro paralelogramo espectacular, con cocina propia de producción, en el que realiza grandes eventos de copete-, hace más de cuatro años que sintió la llamada de las frutas, nada raro teniendo en cuenta que Lleida es el epicentro, y rasero de calidad, de las mismas. Armado con todos los conocimientos de su largo paso por El Bulli Cátering, bajo las órdenes del inolvidable Eduard Roigé y del talentoso chef Alain Devahive, además de un tiempo con Xavier Pellicer en el Àbac y de un intenso trabajo en el restaurante familiar -que todavía posee-, el Resquitx, en Mollerussa, se puso manos a la obra buscando los límites de su personalidad culinaria. “Ferran y su forma de crear siempre han estado en mi mente desde que un día, en la escuela de Sant Pol, ‘se me apareció’ con las espumas. Ahí supe que quería estar en El Bulli fuera como fuera. Y así fue. Ferran, por supuesto, está presente aquí…”
La Boscana. Lleida. Fotos: Rosa Bernardes (@gastrophoto_)
Las frutas. Y me muestra… “Allí al fondo, los perales, una fruta decisiva en Lleida, más allá los huertos. Aquí -estamos detrás del restaurante-, además de los frutales que ya tengo, estoy plantando manzanas y otras frutas -los esquejes ya tendrán casi un metro-, y también novedades que estoy trabajando con científicos, especialmente con Ignasi Iglesias. La idea es crear un jardín de frutas a la carta”.
No es un camino fácil el que ha tomado Joel, pero es lo que tiene ser pionero. En todo caso, además de una novedosa interpretación paisajística personal, las frutas siempre estuvieron, en tiempos previos al clasicismo -e incluso en él- en los platos más gastronómicos. El problema, claro, es el azúcar, el exceso dulce que aportan al plato. Joel está trabajando en ello desde varios frentes técnicos. Los embutidos de frutas que prepara son ejemplo de esta dificultad: el de kaki -deshidratado tras un tiempo de contacto con embutidos de cerdo- es curioso, pero todavía demasiado dulce.
Esta pieza es parte del recibimiento de La Boscana, que se realiza en el jardín. Allí, sobre el césped, comienza la liturgia con la sidra propia a partir de diversas variedades de manzana, con el crujiente milhojas de manzana granny smith y queso Montsec, la burrata de leche de almendra, la sobrasada de ternera (con grasa de sobrasada de cerdo), el pan con tomate (masa de airbag y polvo de tomate deshidratado, un clásico contemporáneo), y el cóctel de pera con sangría de vino blanco, espuma de flor de saúco y sal de limón y cilantro.
En el comedor. Lo primero, el altísimo nivel de servicio. Estamos en un gran restaurante, en todos los niveles. La sala, dirigida por Mari Àngels y el maître Albert Graells, brilla de una paz y una quietud que sonríen suavemente con el La Pell de Lagravera, un Costers del Segre ancestral, envuelto en flores aromáticas y frutillas.
El aceite Umami, arbequina de Camins del Verdor, junto con el espléndido pan, nos preparan para la descarga Castanyé, un concierto fresco, lleno de luz, colorido, bello, limpio, esencial y depurado. Desafortunadamente, no estamos en buena temporada de frutas, por lo que no podremos darle a tope al rock and roll frutal; pero, por otro lado, captaremos la base de todo, el acerado academicismo de Joel, lo que, en definitiva, construye los cimientos de su creatividad.
La Boscana. Lleida. Fotos: Rosa Bernardes (@gastrophoto_)
El tempeh indonesio hace su aparición, pero no con soja fermentada, sino con almendras de la finca y retocado con ventresca de atún y huevas de mújol. Es el principio… Ahora la espardeña al natural, coronada con su propia piel crujiente envuelta por una pequeña lámina de rubia gallega. No podía faltar el kiwi, en este caso como mini ensalada con un cremoso de espinacas y perejil soportando la explosión verde y dulce de los guisantes lágrima. Un certero y caleidoscópico juego de sensorialidades.
Brutales de cocción y firmeza los espárragos blancos, con sus texturas y… erizos de mar. Otra combinación virtuosa: las navajas en dos escabeches, de zanahoria y asiático, toque picante, recurso de polvo de naranja helado. Muy chic la ostra caliente con cap i pota, la salsa dando fiesta y bolitas de tapioca osmotizadas en cap i pota para fingir la grasa.
Tallarines de calamar con su pil pil y aire de perejil, pura naturalidad. Cebolla entera a la brasa rellena de cebolla en OCCO y espuma de holandesa de anguila. Hedonismo: centolla con salsa de sus patas, mahonesa del colar y final picoso. Cómelo untando el fantástico brioche de la casa. Gambas a la brasa en suquet acompañadas de una copa del propio suquet y espuma de patata rollo capuchino.
Impecable y preciso el pichón en dos tiempos: la pechuga, con patata ratte, paté del hígado y cereza con un acento de tuétano; y (sin duda una de las grandes estrellas del menú) las albondiguillas de pichón con su salsa y portobello, confitado y al natural.
La Boscana. Lleida. Fotos: Rosa Bernardes (@gastrophoto_)
Los postres y las frutas secuenciadas. Si bien en el menú ‘salado’ han faltado platos con frutas por no coincidir la temporada, los postres sí van a misa. Manzana rellena de agua de manzana, helado de raifort, hierbas frescas y guisantes al natural. Joel gusta también de las verduras en los postres…
Secuencia de la naranja: la piel (tratada enzimáticamente); helado de las pieles; crema de albedo con helado de manzana pesto de hierbas, crema de guanábana y helado de café; y la pulpa en gajos nitro cubiertos por un velo de masa mochi y helado de avellanas tostadas.
Delicia final: una tradicional y crocante coca de anís rellena de helado de anís y tocada de palomitas de piñones.
Y luego, una de las cinco habitaciones del pequeño hotel anexo, el noble final para un almuerzo esplendoroso que exige regreso en verano.
La Boscana LV-3311, 4, 25142
Bellvís (Lleida)
Tel: 973 56 55 75
Cierra lunes y martes
Precio medio: 120 euros
José Carlos Fuentes. Señor Pepe. Madrid. Foto: Xavier Agulló.
Cuando una cena comienza con un González Byass añada 1983… Si quien lo está ofreciendo es José Carlos Fuentes (el señor Pepe), comenzamos a ascender cotas… Y si los que se confabulan en la mesa son los brothersJuanma Bellver y Alberto Luchini, podemos ya vislumbrar la cima…
José Carlos Fuentes es un as de la gastronomía (recordemos los fastos culinarios del muy recordado Don Dimas), y esto es una verdad indiscutida. Vinculado desde siempre a Carme Ruscalleda (tanto en Sant Pol como en Tokio, por lo que sabe moverse muy bien en los cielos estrellados), su cocina es la que él quiera, porque domina, siempre con mucho swing y más risas, desde lo clásico hasta lo más progresivo, pasando por Francia, Catalunya y por un casticismo que, en el caso de su Señor Pepe, apabulla de sabor, rock duro y felicidad que se sale del plato. No podía ser de otra manera, no…
Señor Pepe.Madrid. Fotos: Xavier Agulló.
No se anda con circunloquios Fuentes en su nuevo establecimiento. Carcajadas en ristre y platos en bandolera, debuta en esta mesa infinita de hoy con un salchichón ibérico con un pícaro toque de lima y con su inabarcable croqueta, repleta de jamón (y topeada de jamón), cremosa, toda una escuela de sabor en ese pódium croquetero que todos atesoramos en nuestra mente. Todavía estamos en el prefacio y ya atacamos un Colet Navazos 2012 que ni te cuento. Una gran idea para celebrar las alcachofas con crema de foie gras y ralladuras de cecina, otro alarde de suculencia en el límite. Pero no creas que la tensión se va a relajar: guisantes lágrima con caldo de pollo y yema de huevo, ya ves.
No hay tregua posible. Colmenillas con crema de oloroso y piñones, fascinadoras. Y la gran estrella de la velada: el canelón de pollo de Bresse con trufa, la repolla.
Y adelante con la Garnacha Blanca Abel Mendoza 2016, ¿no?
De verlas venir a una ofensiva sin prisioneros. Garbanzos con rabo de toro relleno de foie gras, la potencia tratada con finura, marca de la casa. Y la liebre a la royal, una exhibición de Fuentes (suavidad, ligereza, sutileza) de francachela con patata chafada al ajo negro.
Tarta de chocolate y ese amontillado William Humbert que se ha traído Juanma…
Una gran noche.
Señor Pepe Castelló, 1
Madrid
Tel. 91 236 18 79
Cerrado domingos noche y lunes
Hará ya unos años que conocí -y apoyé- al chef Pau Bermejo en Tenerife, a pesar de que ambos somos catalanes. Tras una accidentada trayectoria en la isla y regresar a Catalunya, ahora, de nuevo en la carretera, Pau transita, asesorando hoteles y restaurantes, por la Costa Brava, Tenerife y Castellón con su marca “Casual Chefs”. Hace unos días presentó a su nuevo socio, el chef Héctor Gimeno, D’Autor (Castellón), con un menú basado en los cinco elementos orientales: agua, madera, fuego, tierra y metal.
Nómada Pau, nómada su concepto de menú, que creó, junto a Andrea Bernardi y Fernanda Fuentes (Nub, Tenerife), hace unos años y que quiere escenificar en el futuro en distintos lugares de España.
Celebrando su unión en la empresa asesora “Casual Chefs”, ambos cocineros representaron en el D’Autor de Castellón su visión de las distintas facetas culinarias del yin y el yang en interacción.
En un restaurante totalmente lleno -ubicado en el centro de la ciudad-, los dos cocineros concelebraron un menú que comenzó con un marshmallow de tomate de colgar con aceite extra virgen de oliva de la variedad farga, como aperitivo en la mesa.
El elemento agua se presentó con una versión del gargouillou de Michel Bras, en esta caso mirando al mar y no a la huerta: diferentes tartares (gamba curada, bacalao, atún rojo, mejillón acevichado, ortiguilla deshidratada) y variedad de algas.
El agua y la madera se metaforizaron en un tomate marino, una pieza bañada en algas y rellena de mousse de calabaza y calçots.
La madera: un tiradito de viera curada en salmuera con kéfir, couscous vegetal, kazame y kuzu.
La madera y el fuego se expresaron con una caballa marinada en maracuyá sobre un nido de calabacín encevichado con aire de coco y coulis de frutos rojos.
El fuego se explicó con un rape en costra de chocolate amargo sobre aire de ajoblanco y almendra Marcona, todo flambeado al momento con gel alcohólico.
Fuego y tierra se aliaron en el nigiri frito con calabaza concassé y presa ibérica ahumada en pinocha con toque de curry.
La tierra fue un cordero del Alto Mijares ahumado en haya y rodeado de su hábitat (tomate, perejil, almendras, trufa…)
La tierra y el metal: lomo de ciervo en su jugo (con hoisin), kumquat, ñoqui y helado de picual de Varona La Vella.
El metal fue un homenaje a una de las creaciones exitosas de Bermejo: falsa rapadura (postre tradicional canario), en este caso de atún (que se traviste en gominola) con sorbete de maracuyá.
La cena termino con el metal y el agua: gyoza de piña picante sobre crema aireada de requesón y miel de trufa negra de Puerto Mingalvo.
Borja Marrero y Luis Valls. Gastrónoma 23. Valencia. Foto: Xavier Agulló.
Acaba ya el año 2023, probablemente el más furioso de estos últimos tiempos en densidad gastronómica, y debo hablar de Gastrónoma como uno de los eventos que, ya en su novena edición, se ha convertido en referente del sector tanto en la Comunidad Valenciana como en toda España. Si dejamos aparte San Sebastian Gastronomika y Madrid Fusión, acontecimientos de altura mundial, Gastrónoma ha sabido encontrar su singularidad, y no sólo en sus muchísimas propuestas culinarias (y hedonistas), sino también en la definición de un estilo propio que ha ido dibujando una estrecha liaison con la ciudad de Valencia. Cada congreso tiene su personalidad, y Gastrónoma es un evento que hace brillar la ciudad, gracias sobre todo a una serie de actos urbanos paralelos y a la inclusión en el programa de algunos de los mejores restaurantes, tanto los más deseados como, importante, descubriendo los que comienzan a despuntar. De esta suerte, Gastrónoma se convierte en un todo con Valencia, celebrando globalmente la irresistible pujanza culinaria de la ciudad y exigiendo su lugar preferente en el escenario.
Me gusta el backstage de La Cocina Central de Gastrónoma, porque es el lugar preciso para encontrase con los amigos, da la enormidad especial que ocupan el congreso y la feria. Allí estoy con mi colega Borja Marrero (Muxgo, Las Palmas de Gran Canaria), que debuta en la ciudad. Va a presentar su menú “sólo tunera”, una degustación radical (pero controlada, como matiza el chef) y muy reflexionada sobre este cactus y los límites de la sostenibilidad. Con Luis Valls (El Poblet**, Valencia) como anfitrión, el aguerrido Borja asombró a tirios y troyanos con recetas tan sorpresivas como el lingote cremoso de tunera, la esfera líquida de tunera empanada con ralladura de madera de almendro, el chupito de sopa fría de tunera, el escabeche de tunera, el sorbete e incluso unas gominolas rebozadas en piel de ternera deshidratada. Además de exhibir su menú cactológico, apuntó Marrero su próximo reto: el pino canario; específicamente, su corteza. Este nuevo menú experiencial estará ya listo para 2024 y, seguro, será materia para otros congresos…
La Albufera. Gastrónoma 23. Valencia. Fotos: Xavier Agulló.
Me gusta el “túnel del queso” (uno de los espacios subsectoriales junto a muchos otros como el del pan, el de los dulces, el de los vinos, el del aceite de oliva, qué sé yo…), dedicado a los quesos artesanos y donde cómo no, me encuentro a mi buen amigo Pascual Cabaño, ánima de Rey Silo, este queso maravillado de la tradición asturiana y producto fetiche de José Andrés en Estados Unidos.
Me gusta el Aula, el espacio centrado en la DO Arroz de Valencia que dirige mi brotherSantos Ruiz. Como decía al principio, las cosas que ocurren en el interior del congreso se expanden al exterior, y Santos no va a dejar pasar la ocasión para pasearnos por su Albufera más íntima, con su barca tradicional, llevándonos a uno de los ocasos más hermosos que recuerdo en medio de las tranquilas aguas, del batir de las alas de los pájaros… Una navegación que acabará en “la casa del motorista”, una construcción que habitaba antaño el encargado de abrir las compuertas de la Albufera.
La gala «55 Restaurantes de Valencia». Gastrónoma 23. Valencia. Foto: Xavier Agulló.
También es Santos quien, paralelamente, en esos mismos días del congreso, presenta su guía “55 Restaurantes” (no me pierdo la gala), la que marca el status quo de la gastronomía valenciana. Esta guía, atención, es una guía de autor, porque es el propio Ruiz quien visita (fatiga), varias veces, todos los restaurantes (los que él considera) de la Comunidad. Una guía como las de antes… Ni amiguismos ni mala hostia, la opinión (muy fundamentada, os lo aseguro) pura y dura del autor. Estos son los 10 primeros: Quique Dacosta, Ricard Camarena, L’Escaleta, La Salita, El Poblet, Espacio Montoro, Bonamb, Arrels, La Finca y Peix & Brases.
Me gusta la zona de las barras gourmet, porque, y a precios no lesivos, se pueden degustar tapas de Germán Carrizo o Carito Lourenço; grandes productos como ostras, tartares, arroces (naturalmente), croquetas, guisos tradicionales…
Me gusta ir a cenar al X de Camarena (uno de los adheridos al congreso) y, con un servicio impecable, sentir todo el canalleo de un bar “muy subido”: la equilibrada y bien conocida ensaladilla de Ricard; las ostras del sol (Delta del Ebro); las quisquillas de Santa Pola; la sepia con mahonesa de kimchi; la cigala con sobrasada; el buñuelo de bacalao; la tortilla con tartare de longaniza de Pascua (un fuet sin curar) y jugo de callos…
Me gustan Germán y Carito y su Fierro (otro de los restaurantes propuestos por Gastrónoma), ya con mesitas y con un nuevo espacio privado (ocho pax) con gran bodega acogiendo 1.600 botellas. Y dejarme llevar por la precisa libertad creativa que brota entre verduras encurtidas, quisquillas crudas en crujiente tartaleta, erizos y algas, morenas de crocante piel, su famosa empanada criolla, chirivías ebrias de su propia horchata, ostras matizadas, terneras curadas en ensalada, el famoso bollo Cremona, caviar, boletus con bresaola, bogavante a la brasa, pichón, pomelo, arroz helado, sorpresivo flan de soja y miso…
Me gustan los cocineros invitados, como Francios Paniego, Kiko Moya, Javi Estévez, José Antonio Medina, María José Martínez, Raúl Resino, David López, Miguel Barrera, María Gómez, Vicent Guimerà, Agnes Karrash y Niño Fjordside, Begoña Rodrigo, Javier Brichetto, Florencia Abella, Lenin Busquet, Nazario Cano… Sólo por citar algunos.
Me gusta Gastrónoma.
Rafa de Bedoya. Aleia. Barcelona. Foto: Xavier Agulló.
Paulo Airaudo, en su Aleia de Barcelona (hotel Casa Fuster), no sólo avanza en su inclasificable (y fascinador) estilo, afortunadamente alejado del mainstream tanto en concepción como en factura, sino que se refuerza con la mano firme y classy de Rafa de Bedoya, el chef residente, que alía su Jerez natal con Catalunya y con las armonías funky de Airaudo en un fresco gastronómico de mucha altura… y sabor. Sí; soy fan.
No puedo dejar de recordar hoy, aquí, demorando la vista sobre el paseo de Gràcia con un negroni en la mano, cuando conocí a Paulo Airaudo. Fue en su primer local donostiarra, el Amelia, donde, con alambicada verborrea, me fantaseó (con inquietante aplomo, no obstante) sus ideas y sus futuros, que luego resultaron ser no sólo ciertos sino hasta tímidos en sus expectativas. En aquel momento Paulo era una rarity en San Sebastián, aunque, al acabar aquel menú primigenio, ya sentí su llamada y supe que una nueva historia culinaria iba a comenzar.
Aleia. Barcelona. Fotos: Xavier Agulló.
Él no se equivocaba; yo, tampoco. Llegaron otros locales, otros países, estrellas Michelin varias… Y, por fin (hasta ahora), Barcelona. Y otro macaron. Razones a la guía roja no le faltan. En el seductor modernismo del hotel, un comedor elegante en la primera planta, discreto, con amplios y sinuosos ventanales a los “jardinets” de Gràcia, ese oasis recoleto donde comienza el famoso paseo, y un servicio fino a cargo de Paula Miguel -jefa de sala- y el sumiller Michi Infante. Esto por un lado. Por el otro, Rafa de Bedoya, el chef al mando. No es baladí decir que, después de transitar por el Celler, Azurmendi, el Cenador de Amós o DStage, pasó varios años con Juanlu (Lú Cocina y Alma), donde su natural querencia por la cocina francesa se fortificó todavía más. De Jerez y de Juanlu su sensibilidad por la alegría andaluza y las salsas clásicas; de Catalunya, el producto; y de su asociación con Airaudo, lo numinoso que envuelve todo. La resultante: luz, swing y mucho sabor.
Aleia. Barcelona. Fotos: Xavier Agulló.
Desfilan ya los aperitivos en la mesa, con una ostra del Delta del Ebro con mignonette de sakura y gelée de su agua; la gamba blanca de Tarragona con crema de raifort y aceite de perifollo; la tartaleta de tartare de jurela, mano de Buda, encurtidos y caviar; el brioche de choco frito con holandesa de su tinta; y la croqueta de cogote de merluza y colágeno (sin harina). Exquisitez en la elaboración y en los acabados.
Sabor, decíamos, y belezza, otra de las “marcas” de Airaudo y de Bedoya: cáliz de rábano sandía con parpatana de atún rojo y aliño de tomate, todo un guateque de texturas. Flan nipón de consomé ibérico como base de los rebozuelos, la anguila ahumada y el foie gras. Sabores impresionistas…Tiempo para lo sicalíptico con la hogaza de pan de masa madre, el tuétano asado y las mantequillas (tomate, aceite de oliva y jamón ibérico).
Aleia. Barcelona. Fotos: Xavier Agulló.
Evocaciones andaluzas: salmonete soasado con huevas de salmón y gazpachuelo de anchoas y mejillones, y esa cocción cronométrica del pescado. Entonces llega la inmensidad, presidida por una cigala a la brasa acompañada de una beurre blanc de amontillado y aire de sus corales. Ya te digo… No dejemos las grandezas: rape con ocho días de maduración, foyot de fricandó y guiso de senderuelas con trufa. Joder. Y pechuga de pato de Challans con “farcellet” de col de sus muslos y foie gras, servido en gueridón.
Los postres, provocadores, transitan entre unas fresas (compota y frescas) con caviar y nata quemada; el flan de mató edulcorado con boniato y galletas de nuez; y el caleidoscópico savarín borracho de ron con chantilly y trufa.
El Aleia es mucho.
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