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Decimoséptimo día de confinamiento bajo el Teide (todavía nevado). En estos días de inconcreción, los vídeojuegos son una tentación insoslayable. Pero, atención…

La Guancha. Lunes, 30 de marzo de 2020
Música recomendada: Ich will (Rammstein)

Cuando vio a su padre entrar dificultosamente por la puerta de la casa de espaldas, cargado con un voluminoso paquete, supo que por fin lo había conseguido. Excitado, corrió hacia él en busca de su regalo: el último y más espectacular videojuego para ordenador creado jamás a partir de una inédita generación de inteligencia artificial. El Exterminator Total.

Curiosamente, nada se sabía de su contenido, que había sido celosamente guardado por su diseñador, una especie de Bill Gates punkie que, en pocos años, había logrado desbancar a todas las empresas del sector. Era un tipo enigmático del que nadie sabía tan sólo ni de donde había salido. Lo cierto es que la presentación del producto había tenido una ampulosa liturgia massmediática. Rodeado de polémica, el gran pope de los juegos electrónicos, que había sido acusado repetidamente de estimular la violencia y el caos entre los jóvenes con sus propuestas lúdicas de carácter anarquista, había sacado el famoso videojuego simultáneamente en todo el planeta. Hacía tan sólo unas horas. Y con las protestas de diversos colectivos sociales, lo que todavía le había conferido más relevancia a la movida. Adorado por los más jóvenes y odiado por los mayores.

Ya en su cuarto, desembaló el juego bajo la preocupada mirada de su padre, que sólo había accedido a su compra –con las protestas de su mujer– debido a las buenísimas notas que había sacado el chaval el último curso. Tras una prolija instalación en el ordenador, el chico empezó a jugar. Se trataba de intentar detener una invasión alienígena a la Tierra. Los efectos especiales, los sonidos y las imágenes en tres dimensiones eran extrañamente reales, pensó el padre, que, muy a pesar suyo, se había sentado junto a su hijo fascinado por la extremada y perfeccionista violencia de las pantallas.

Poco a poco, mientras el crío iba ganando niveles en el juego, con extraterrestres cada vez más belicosos y sanguinarios, empezó a sentir una extraña sensación de terror concreto. De repente, sintió un dolor punzante en el hombro. En la pantalla, un monstruo armado con un inexplicable fusil láser se le encaró y volvió a disparar. Sintió el impacto en su brazo. Aterrorizado, intentó coger al niño para que parase aquella pesadilla en 3D, pero ya era demasiado tarde: una horda de guerreros imposibles se acercaba rápidamente hacia ellos. “¡Cuidado, me he quedado sin municiones!”, gritó el niño mientras se giraba hacia él.
Fue lo último que oyó.

Decimosexto día de confinamiento bajo el Teide (nevado). La nieve de las cimas, todavía recortándose contra el violento azul del cielo atlántico, me sugiere esta exquisita fábula de un capricho con bello y feliz…

La Guancha. Domingo, 29 de marzo de 2020
Música recomendada: 25 faroles (El Lebrijano)

Se cuenta que Abd al-Rahman Al-Nasir cayó enamorado en Granada de la bella Azahara, y que se la llevó con él, convirtiéndola en su favorita, a Córdoba, a Sierra Morena.

Para demostrarle el amor que sentía por ella, ordenó la construcción de una ciudad palatina, Medina Azahara (en honor a su nombre), y para ello contrató a los mejores arquitectos y artesanos, compró los materiales más preciados, maderas, mármoles, azulejos; mandó construir hermosos jardines con flores y plantas traídas desde todos los rincones del mundo, los pobló con hermosos pájaros y mandó que en ellos creciesen árboles de exóticos frutos. Telas y muebles, comprados a los mercaderes más prestigiosos adornaban las estancias de la favorita Azahara, todo lo hizo el califa por su amor.

Nada de esto, sin embargo, parecía contentar a bella dama Azahara, que día tras día, Abderramán veía llorando en la Medina.
Le preguntó el motivo de su tristeza y qué debía hacer para contentarla. Azahara le respondió que a su tristeza El Califa no podría ponerle remedio, pues lloraba por no poder contemplar la nieve de Sierra Nevada. Él le respondió: “Yo haré que nieve para ti en Córdoba”

Inmediatamente mandó talar un bosque situado frente a La Medina y replantarlo de almendros muy juntos unos de otros y cada primavera, cuando los almendros abrían su flor blanca, la nieve aparecía en Córdoba sólo para su amada Azahara, que no volvió a llorar nunca más.

Decimocuarto día de confinamiento bajo el Teide (nevado). Dicen que las leyendas siempre se sustentan en algo real. Ésta de Cantabria, por muy asombrosa que parezca, está datada y certificada por autoridades (civiles y eclesiásticas) y prohombres de la España del siglo XVII. Y relatada aquí por Feijoo. Se non è vero, è ben trovato…

La Guancha. Viernes, 27 de marzo de 2020
Música recomendada: Jambalaya (Van Morrison & Linda Gail Lewis)

(Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Teatro crítico universal (1726-1740), tomo sexto (1734). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por Andrés Ortega, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo sexto (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 273-314.)

“El caso, que da materia a este Discurso, es tan extraño, tan exorbitante del regular orden de las cosas, que no me atrevería a sacarle a la luz en este Teatro, y constituirme fiador de su verdad, a no hallarle testificado por casi todos los moradores de una Provincia, de los cuales muchos, que fueron testigos oculares, y dignos de toda fe, aún viven hoy. La noticia se difundió algunos años ha a varias partes de España debajo de la generalidad, que un Mozo, natural de las Montañas de Burgos, se había arrojado al mar, y vivido en él mucho tiempo, como pez entre los peces; y confieso, que entonces no le di asenso, de que no estoy arrepentido; pues fuera ligereza creer un suceso de tan extraño carácter, sin más fundamento, que una voz pasajera. Añadíase, que esto había sido efecto de una maldición, que sobre dicho Mozo había fulminado su madre; pero esta circunstancia fue falsamente sobrepuesta a la verdad del suceso, como veremos después.”

Tras la estela del hombre pez
“En el Lugar de Liérganes, de la Junta de Cudeyo, Arzobispado de Burgos, distante dos leguas de la Villa de Santander hacia el Sudeste, vivían Francisco de la Vega, y María del Casar su mujer, vecinos de dicho Lugar, los cuales tuvieron en su matrimonio cuatro hijos, llamados Don Tomás (que fue Sacerdote), Francisco, José, y Juan, que vive todavía, de edad de setenta y cuatro años.

Viuda dicha María del Casar, envió al referido hijo Francisco a la Villa de Bilbao a aprender el oficio de Carpintero, de edad de quince años, en cuyo ejercicio estuvo dos años, hasta que el de 1674, habiendo ido a bañarse la Víspera de San Juan con otros mozos a la Ría de dicha Villa, observaron éstos se fue nadando por ella abajo, dejando la ropa con la de los compañeros, y creyendo volvería, le estuvieron esperando, hasta que la tardanza les hizo creer se había ahogado, y así lo participaron al Maestro, y éste a su Madre María del Casar, que lloró por muerto a dicho su hijo Francisco.

El año de 1679 se apareció a los Pescadores del mar de Cádiz, nadando sobre las aguas, y sumergiéndose en ellas a su voluntad, una figura de persona racional y que queriendo arrimársele, se les desapareció el primer día; pero dejándose ver de dichos Pescadores el siguiente, y experimentando la misma figura, y fuga, volvieron a tierra contando la novedad, que habiéndose divulgado, se aumentaron los deseos de saber lo que fuese, y fatigaron los discursos en hallar medios para lograrlo; y habiéndose valido de redes que circundasen a lo largo la figura, que se les presentaba, y de arrojarle pedazos de pan en el agua, observaron, que los tomaba, y comía, y que en seguimiento de ellos se fue acercando a uno de los barcos, que con el estrecho del cerco de las redes le pudo tomar, y traer a tierra; en donde habiendo contemplado éste, que se consideraba monstruo, le hallaron hombre racional en su formación, y partes; pero hablándole en diversas lenguas, en ninguna, y a nada respondía, no obstante haberle conjurado, por si le poseía algún espíritu maligno, en el Convento de San Francisco donde paró; pero nada bastó por entonces, y de allí a algunos días pronunció la palabra Liérganes; la que ignorada de los más, explicó un mozo de dicho Lugar, que se hallaba trabajando en la referida Ciudad de Cádiz, diciendo era su Lugar, que estaba situado en la parte arriba mencionada; y Don Domingo de la Cantolla, Secretario de la Suprema Inquisición, era del mismo lugar; con cuya noticia un sujeto, que le conocía, le escribió el caso; y Don Domingo le comunicó a sus parientes de Liérganes, por si acaso había sucedido allí alguna novedad, que se diese la mano con la de Cádiz. Respondiéronle, que nada había más, que haberse desaparecido en la Ría de Bilbao el hijo de María del Casar, viuda de Francisco de la Vega, que se llamaba también Francisco, como su padre; pero que había años le tenían ya por muerto. Todo lo cual participó Don Domingo a su correspondiente de Cádiz, que lo hizo notorio en el referido Convento de San Francisco, donde se mantenía.

en orden a la circunstancia de las escamas, cuando llegó a Liérganes, tenía algunas sobre el espinazo, y como una cinta de ellas desde la nuez al estómago; pero a poco tiempo se le cayeron

Hasta aquí la relación remitida por el señor Marqués de Valbuena, la cual poco después fue confirmada en un todo por Don Gaspar Melchor de la Riba Aguero, Caballero del Hábito de Santiago, vecino del Lugar de Gajano, distante de Liérganes cosa de media legua, en respuesta a su yerno Don Diego Antonio de la Gándara Velarde, residente en esta Ciudad, que también me hizo el favor de solicitar el informe de aquel Caballero, el cual en su carta firma haber tenido algunas veces en su casa, y dado de comer al sujeto de esta historia. Así me la confirmó toda otro Caballero llamado Don Pedro Dionisio de Rubalcaba, natural del Lugar de Solares, próximo a Liérganes, que también trató muy de intento a nuestro Nadante; y a éste, en orden a la circunstancia de las escamas, debí la individuación, de que cuando llegó a Liérganes, tenía algunas sobre el espinazo, y como una cinta de ellas desde la nuez al estómago; pero a poco tiempo se le cayeron. Don Gaspar de la Riba dice en su Relación, que en algunas partes del cuerpo tenía el cutis áspero al modo de lija. Con estas dos últimas advertencias se concilia el aparente encuentro de las noticias en orden a las escamas. Los que le vieron en su arribo a Santander, pudieron afirmar con verdad, que las tenía, porque de hecho las tenía entonces; y los que le vieron después, afirmaron también con verdad, que no las tenía, porque ya se le habían caído. También algunos equivocarían el cutis áspero de algunas partes de su cuerpo con piel escamosa.”

“… Él no solicitaba la comida; pero si se la ponían por delante, o si veía comer, y se lo permitían, comía y bebía mucho de una vez, y después en tres, o cuatro días no volvía a comer: su asistencia continua era en casa de su madre; y si le mandaba llevar alguna cosa a casa de algún vecino, iba, y la entregaba puntualmente; pero sin hablar palabra, y la que más frecuente se le oía era tabaco, de que tomaba mucho, si se lo daban: también pronunciaba algunas veces pan, vino; pero si le preguntaban si lo quería, no respondía, ni por señas significaba que se lo diesen; de donde se pasó a hacer juicio había perdido la parte intelectual, quedándole solo la que se puede decir instintiva. Cuando le vi la primera vez, ya no tenía escamas, aunque sí la cutis muy áspera, y las uñas muy gastadas; aunque un anciano de aquel Lugar, hombre de muy buena razón, asegura, que cuando vino se le veían algunas escamas el pecho, y espalda; pero que luego se le fueron cayendo. Iba a la Iglesia, si veía ir a otros, o se lo mandaban; mas en el Templo de nada hacía caso, ni se le notaba atención alguna a la Misa, ni demás funciones Eclesiásticas…”

“… El tiempo, que se mantuvo en Liérganes, después que vino de Cádiz, no lo he podido indagar a punto fijo; pero por algunas probables circunstancias computo, que fue de nueve a diez años, al cabo de los cuales volvió a desaparecer, sin que nadie haya sabido, cómo, ni su paradero…”

¿Cómo lo veis? Yo…

Duodécimo día de confinamiento bajo el Teide (nevado). No existen cuentos más maravillosos que aquellos que nos hechizaron de pequeños, cuando cada historia era un descubrimiento y el nacimiento de una sensibilidad ignorada. Recuerdo, con microscópico placer, algunas narraciones que poblaron mi infancia de fantasías lejanas, como aquel relato tradicional ruso, que transcribo de memoria a continuación, para revivir mis fantasmas más queridos y para compartir unas sensaciones que me resisto a olvidar.

La Guancha. Miércoles, 25 de marzo de 2020
Música recomendada: The wizard (T. Rex)

Madrecita y Padrecito, dos viejos muy viejos, vivían, alejados del pueblo, en una encantadora casita en el bosque, en mitad de las gélidas y eternas llanuras de la Santa Madre Rusia. Aquel invierno, para su desgracia, estaba siendo el más frío que recordaban, y los dos, muy juntitos, pasaban los largos días frente al hogar, intentando calentar sus corazones. No habían tenido hijos, y era duro compartir la umbría soledad de los largos inviernos rusos. Una mañana de Navidad, en que el sol parecía querer romper con sus débiles rayos el aire helado, Padrecito salió fuera y construyó una muñeca de nieve. Madrecita, al verla, se maravilló de su perfección. Le pusieron una gorra de lana y una bufanda y se quedaron, con las manos cogidas, admirando su obra. ¡Qué bella era la muñeca de nieve! Se resistían a entrar dentro de la casa, sólo querían estar con la muñeca, que acaso les recordaba la tristeza de tantos años sin la alegría de la descendencia.

Y entonces ocurrió algo sorprendente, mágico: poco a poco, la muñeca se fue transformando. Los ojos se fueron llenando de azul, unas manchas sonrosadas aparecieron en su cara… En pocos segundos, la muñeca se había convertido en una bellísima niña. Sin dar crédito a lo que veían, Madrecita y Padrecito la llevaron adentro, frente a la chisporroteante chimenea, para calentarla. Con los ojos llenos de lágrimas, casi sin hablarse para no romper el encanto, decidieron llamarla Snegúrochka, algo así como Doncella de Nieve. Y su vida cambió completamente. El frío desapareció de sus corazones, que se llenaron del amor y la ternura que les prodigaba la encantadora Snegúrochka.

Lentamente, el invierno fue cediendo en su crudeza, dando paso a la próxima primavera. Y Snegúrochka cada día estaba un poco más triste, un poco más pálida. Los dos viejecitos no sabían que hacer para alegrarle la cara y la mirada. Y llegó, por fin, la esperada primavera. La nieve empezaba a fundirse frente a la casita. Snegúrochka cada vez pasaba más tiempo fuera de casa, con los ojos fijos en la nieve que todavía cubría los árboles del bosque. Más pálida, más silenciosa que nunca. Y Madrecita y Padrecito, desconsolados, sin saber lo que le ocurría a su niña.

Una soleada mañana, con la primavera ya estallando en los prados, Madrecita fue, como cada día, a despertar a Snegúrochka. Al entrar en la habitación vio la cama vacía. Sintió un vacío en su interior y, con el corazón en un hilo llamo a Padrecito. Los dos, con los ojos húmedos, se quedaron, muy quietos y juntos, frente al charco de agua que había en el suelo.

Séptimo día de confinamiento en La Guancha (norte de Tenerife, bajo el Teide). Afuera el sol brilla con alegría mofándose de las nubes que se arremolinan en el Teide…  Y este cuento mío que espero no profetice la salida de la crisis…

La Guancha. Viernes, 20 de marzo de 2020
Música recomendada: Those lonely, lonely nights (Dr. John)

Miró, a través de la ventana, otra vez hacia la flamante piscina. Todavía le parecía mentira: allí, en su jardín, una piscina llena de agua. Mientras oía con lejano eco las risas y los chapoteos de su mujer y los niños bañándose, se vio otra vez en medio del enfurecido mar nocturno.
Le palpitaron las sienes. Había ocurrido cuando tan sólo tenía siete años, pero la pesadilla jamás le había abandonado. Fue durante un crucero en yate, con sus padres. Lo recordaba demasiado bien. Con extraña perfección, como en cámara lenta. La caída, el vértigo, la mole del barco girando por encima de él. El frío terrible del agua. La soledad eterna en mitad del caos de las olas. Afortunadamente alguien le vio caer y, tras unos minutos de eterno terror, fue rescatado milagrosamente. Pero ya nunca había podido borrar de su mente aquella tremenda sensación.
Desde entonces, sufría pavor al agua. Habían pasado 30 años y el mal sueño no había desaparecido. De casi nada habían servido psiquiatras, psicólogos, médicos. Todo había sido en vano. Nunca más se había metido en el agua. En el mar. Ni en una piscina. Pero al final había tenido que ceder a lo inevitable. Ciertamente, no tenía derecho a que su familia se viera privada de la deseada piscina. Había sido una decisión difícil. Dura. Pero lo más curioso del caso es que, una vez se decidido a construirla, todo había sido muy fácil. Raramente fácil. Una atractiva publicidad y un teléfono en el buzón. Llamó y, al día siguiente, ya habían empezado los trabajos. Al principio no sintió nada; pero cuando, por fin, se llenó el hueco de agua, volvió a vivir la opresión. Ni tan siquiera había podido acercarse aún a la piscina. Y, sin embargo, allí estaba. Supo que tendría que tomar una decisión o se volvería loco.

Esa noche, cuando ya todos estaban durmiendo, bajó sigilosamente al jardín con una angustiosa determinación. Allí estaba la piscina, fascinadoramente iluminada. El pato flotador de su hijo pequeño inmóvil en el centro del agua. Con horror contenido, se acercó a su borde. Tenía que hacerlo, se repitió. Lentamente, se despojó de la camiseta que llevaba. Y ya no lo pensó dos veces. Se lanzó furiosamente contra el agua. Sintió de nuevo aquel antiguo frío, aquel mismo amargor en la boca. Con los ojos obstinadamente cerrados y una salvaje sensación de hiperrealidad se impulsó hacia arriba.

Volvió a respirar el aire de la noche. Abrió los ojos con temor. Y se encontró de nuevo en medio del embravecido mar, en la oscuridad del océano. Ni tan siquiera pudo agarrar el patito hinchable, violentamente sacudido por las enormes olas, antes de desaparecer en la negrura abisal.

Artículo publicado en la revista Madriz  en 2010.

Música recomendada:  Down at the doctors (Dr. Feelgood)

Es norma de cortesía ancestral entre los árabes, cuando se trata de hablar algo importante y perentorio, no citarlo en la conversación; contrariamente, conviene demorarse de forma cool en jardines conversacionales amables y ajenos al tema… Si se está de acuerdo en todo, entonces el problema inicial, el “a lo que hemos venido”, se da tácitamente por solucionado.