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Vigésimo segundo día de confinamiento bajo el Teide. Visiones mentales que se traducen en cuentos muy cortos… Este es aterrador.

La Guancha. Domingo, 5 de abril de 2020
Música recomendada: Stranglehold (Ted Nugent)

Tras derrapar violentamente, el coche, descontrolado, se deslizó irremisiblemente hacia el borde del tremendo precipicio. Sintió el horror indescriptible, fantástico, de la fatal atracción del abismo cuando las ruedas de atrás perdieron el último apoyo con suelo firme.

Y, de repente, el tiempo se detuvo. Sólo su mente siguió precipitándose a un vacío irreal. Sintió el sabor salado de la sangre en su boca; la lucha perdida de sus globos oculares contra la implosión.
Supo en aquel momento dilatado que su infierno sería una caída eterna, atrozmente hiperreal, hacia la nada sin fin.

Vigésimo primer día de confinamiento bajo el Teide (ya poco nevado). Este cuento me lo encargó, para una serie de relatos arquitectónicos, en 2007, la prestigiosa revista italiana Abitare, que hizo una selección de grandes escritores del mundo… ¡Y me incluyó!

La Guancha. Sábado, 4 de abril de 2020
Música recomendada: One in a million (Guns N’ Roses)

Aunque tuvo que dejar sus estudios de arquitectura por prescripción psiquiátrica hacía ya unos años, su pasión por la misma no había dejado de crecer. Bien, pasión, en su caso, era sólo un término eufemístico. Lo suyo iba más allá. Su fiebre mental le había hecho diseñar una extraña teoría que otorgaba a determinadas y, claro, todavía ignotas formas espaciales, la fórmula geométrica mágica de la iluminación total, lo que él consideraba el umbral del conocimiento infinito, la felicidad total. Se trasladó a Wolsfburg por razones obvias. En esta peculiar ciudad adivinó las posibles claves de un encuentro acaso imposible pero arrebatadoramente anhelado en sus más disparatados pensamientos. Allí el oscuro Hitler diseñó, con el arquitecto austriaco Peter Koller, un extraño y hoy todavía sugerente urbanismo, separando la seminal fábrica Volkswagen de la ciudad a través del canal. Singulares, siguen en pie obras otoñales de Aaalto o Scharoun.

Allí, ahora mismo, se erige Autostadt, un espectacular parque temático de la conocida marca automovilística que ha convertido la urbe en mucho más que una ciudad dormitorio para los operarios. Gracias a la audaz arquitectura implementada allí, Wolfsburg es actualmente un brillante catálogo de nuevas formas, extraños perfiles, vertiginosos espacios. Allá, en los límites de las leyes físicas, desafiando la gravedad con insólitos cementos autocompactantes, el museo de la ciencia de Zaha Hadid.

Aquí, y esa era la principal razón de su peregrinación, el Anan, un dislocado edificio en trompe l’oeil geométrico que contiene un noodle bar japonés, un trozo, pensó al verlo, del más contemporáneo fragor urbano que mueve Tokio. Markus Schaefer e Hiromi Hosoya, los arquitectos responsables del proyecto, acababan de ganar por el mismo el Special Award “New Generation” en el Contractworld Awards 2008. Y él ya había soñado, antes de la visita que estaba a punto de comenzar, que el interiorismo del restaurante podía poseer el cálculo final de su desesperada búsqueda por la verdad absoluta a través de volumetrías pretendidamente divinas.

Penetró en el local. Las distorsionadas formas hexagonales en que se dividía el espacio, creando desde el suelo y hasta el techo raros compartimentos habitados ya por mesas, ya por barras, ya por máquinas, hicieron revolver sus canales semicirculares. Sintió vértigo y soñó con las precisas formas requeridas para desembrollar el misterio final. Pero había más… Esas celdas de inauditas formas, donde se adivinaba un algoritmo subyacente que conseguía minimizar el número de ángulos (¡de hecho sólo pudo ver dos distintos!), transparentes pero cubiertas de formas gráficas creadas por jóvenes diseñadores nipones, lo llevaban a una percepción espacial peculiarmente heterogénea y sugestiva. Las tiras de luz hexagonales parecían juntarse en un infinito cercano, y el conjunto se le antojó tan críptico como las franjas del tigre que escondían el secreto en el cuento de Borges.

De repente sintió que el aire se movía. Las partículas que lo rodeaban se magnetizaban. Hubo una vibración en su visual, y la realidad se desajustó como perdiendo la señal…

Se pidió unos gruesos noodles de trigo. La gastronomía japonesa, minimalista, esencial, casi mística en sus tratamientos y sus cocciones, siempre le había parecido fascinante. Para él, también podía poseer la solución al enigma que le consumía. Sí, había caminado por las diferentes bifurcaciones que la cocina contemporánea ofrecía. Desde los rituales nipones hasta las tecnoemociones de Adrià o Blumenthal. Siempre en pos de un signo, una señal…

Entonces miró su plato. Quedaban unos cuantos noodles caprichosos. Se le aceleró el corazón: en su forma aleatoria, locamente, creyó ver por fin el anagrama terminal…
De repente sintió que el aire se movía. Las partículas que lo rodeaban se magnetizaban. Hubo una vibración en su visual, y la realidad se desajustó como perdiendo la señal. Los hexágonos, los colores y las líneas perdieron registro y convergieron en una imposible escenificación de topologías exóticas y geometrías no euclidianas; los peces sintéticos en 3D de la pecera digital situada en la entrada del bar empezaron a surgir de sus pantallas despidiendo electrones en cámara lenta; los gráficos y las imágenes se confundieron en una volumetría imposible…

Se hizo el silencio de nuevo. Volvió a mirar el plato de noodles que tenía delante. En su fondo, ningún símbolo, sólo algunos fideos desordenados.
Y sintió la paz. Salió del Anan al claro y frío día y respiró por primera vez en libertad. Cogió su viejo “beetle”, engranó la primera marcha y aceleró en dirección desconocida.

Supo entonces que la felicidad no se esconde en sombríos arcanos, sino en la belleza sencilla de las cosas. En una sonrisa fugaz, en un rayo de luz sobre el cemento, en una elegante forma alabeada, en un osado voladizo…

Decimonoveno día de confinamiento bajo el Teide (ya poco nevado). La luz y la alegría solar me llevan a recoger algunos divertidos retazos de la vida indolente y burlesca de este pícaro alemán del siglo XIV…

La Guancha. Jueves, 2 de abril de 2020
Música recomendada: Fifty-fifty (Frank Zappa)

Till Eulenspiegel fue un famoso pícaro alemán del siglo XIV cuyas aventuras, chanzas y burlas le han consagrado un lugar preeminente en la historia universal de la infamia.

Ya de pequeño, sus bromas pesadas le ocasionaron problemas, como cuando, desde una cuerda en la que practicaba el funambulismo para regocijo de los lugareños, les pidió a todos sus zapatos y luego los arrojó desde lo alto para disfrutar con la confusión que se creó.

En una ocasión, estando en una corte europea y haciéndose pasar por sabio, el rey le preguntó: “Si eres tan docto, dime, ¿cuántas estrellas hay en el cielo?”. “Trescientas sesenta mil, cuatrocientas ochenta -contestó Till- contadlas y veréis que no me equivoco ni de una”. El rey insistió: “¿Dónde está el centro de la Tierra?”. “Aquí mismo, donde vos estáis -repuso- medidlo si no lo creéis”. Gran maestro de la palabra como juglar que era, cierta vez entró en un mesón para apagar el hambre. Como la olla aún estaba cocinándose en el fuego, el mesonero le sugirió que esperara junto a ella. Pasó el rato y Till, ahíto ya con los olores del caldo, se levantó para marcharse. “Os habéis llenado con los efluvios de la olla -le dijo el posadero- por tanto, es justo que me paguéis”. Till sacó una moneda de plata, la golpeó contra una mesa y respondió: “cobraos con el sonido de la moneda los olores de la comida”. Y, con una sonrisa burlona, se fue.

Otra vez, detenido por una vieja deuda y enfrentado al deudor, solventó de esta ingeniosa suerte el problema. Le dijo Till: “¿estáis de acuerdo en que vos me dejasteis dinero y en que quedamos que yo os lo debía?”. “Efectivamente”, repuso el otro enfadado. “Entonces- sentenció el pícaro- no os lo puedo devolver, pues faltaría a mi palabra, que siempre fue que os lo debía, no que os lo pagaría”.

Cuando murió, al estar los enterradores bajando el féretro a la tumba, una de las cuerdas se rompió y la caja quedó vertical. Iban a arreglar el entuerto cuando alguien dijo: “Dejadla así; vivió de una manera diferente a todos, que descanse para siempre de esta guisa”.

Pero todavía se permitió una última befa post mortem. Dejó como herencia un pesado baúl que, por el peso, pareció a sus familiares repleto de monedas. Nada más lejos de la verdad: estaba llena de piedras.

Decimonoveno día de confinamiento bajo el Teide (ya poco nevado). Y, hoy, una pavorosa reflexión fabulada sobre los peligros del autismo electrónico sin control…

La Guancha. Miércoles, 1 de abril de 2020
Música recomendada: Negativland (Neu!)

El niño había salido un pelín rarito, es cierto. Pero sus padres, la típica pareja de adictos al trabajo, con dos puestos corporativos de responsabilidad, dos sueldos de altos ejecutivos y poco tiempo para perder en asuntos familiares, tampoco ayudaron. Y, claro, el niño, en manos de canguros muy pijas pero poco interesadas en su educación, fue pasando sus primeros años en la soledad de su habitación, eso sí, siempre llena de los más vanguardistas y complejos juguetes electrónicos traídos de las mejores tiendas de Londres y Nueva York.

A los tres años y medio el chavalín ya era todo un fiera con la electrónica. Quiero decir que, poco a poco, despanzurrando robots, móviles, consolas, drones y ordenadores sencillos, el crío había empezado a armar nuevas estructuras que completaba con diversas piezas de juegos de construcción y elementos que pillaba por la casa. Sus padres empezaron a desesperarse, no sólo por lo poco que duraban los trastos en las manos del chaval, sino por el auténtico cementerio industrial en que había convertido su armario, lleno de restos inservibles de las entrañas de los juguetes que transformaba.

La simple desesperación doméstica, sin embargo, dio paso, un año más tarde, a una creciente preocupación por el futuro mental de su retoño. En el colegio, no avanzaba. Y su lenguaje, poco a poco, fue tornándose una extraña jerga que, al parecer, había ido inventando durante sus excéntricos juegos de ingeniería lúdica. El dichoso niñito siempre estaba en las nubes. Las visitas periódicas a un psicólogo de pago no mejoraron la cosa. “El niño tiene un mundo interior muy intrincado, muy incongruente… no llego a desentrañarlo”, había concluido el buen doctor.

A principios del quinto año la cosa llegó a extremos alarmantes. El criajo hablaba solo, se pasaba todo el tiempo con sus artefactos y su exótica jerigonza ya no recordaba a ninguno de los idiomas clásicos.

Y un día sucedió lo inevitable: su padre, alarmado por los gritos provenientes de la habitación de juegos, se levantó del sillón de diseño, corrió con disgusto el pasillo, abrió la puerta y… Sólo tuvo tiempo de articular un grito cuando vio a su hijo desvanecerse, frente a una inexplicable construcción rematada por una especie de antena parabólica de pega, en mitad de una vertiginosa vibración del espacio-tiempo.

Decimoctavo día de confinamiento bajo el Teide (todavía nevado). He aquí un remoto cuento indio que nos ilustra sobre las esencias y las astucias…

La Guancha. Martes, 31 de marzo de 2020
Música recomendada: Ravi Shankar

Érase una vez, en la India, un humilde brahmán, hombre de muy buen corazón, que iba caminando por la selva. De pronto, entre el espeso follaje, vio una gran jaula, y, acercándose, descubrió que dentro de ella se hallaba un fiero tigre. “Hermano brahmán, hermano brahmán, le habló el tigre con profunda pena, ¿querrías hacer el favor de librarme de esta cárcel? El hombre, cruel y despiadado, me ha cazado y me ha encerrado aquí dentro. A mí, que soy un espíritu libre. Voy a morir de tristeza”. El sorprendido brahmán le respondió: “hermano tigre, no te puedo sacar de aquí, porque si lo hago me comerás, al fin y al cabo, eres un temible tigre y eso está en tu esencia”. El tigre, casi llorando, le aseguró: “hermano brahmán, ¿tú crees que yo me comería a quien me ha liberado de mi prisión? Venga, sácame de aquí que yo te prometo no hacerte nada”.

Y el brahmán, tocado en su espíritu, abrió el candado, la puerta y dejó al tigre en libertad. Pero, ¡ay!, sólo salir el tigre se tiró al cuello del religioso sin pensárselo dos veces. “hermano tigre -suplicó el brahmán- me has dicho que si te liberaba me dejarías seguir mi camino, y ahora quieres matarme”. “Sí, es lo que el hombre hace conmigo: me persigue, me acosa, me caza y me mata, ¿por qué debería apiadarme de ti?”. El brahmán, en un último intento por salvar su vida, le pidió: “de acuerdo, pero antes de comerme, preguntemos a tres animales cuál es su opinión. Si están de acuerdo contigo, moriré, pero si no, me salvarás”. De mala gana, el tigre accedió.

Y empezaron a caminar. Encontraron un elefante, y el brahmán, tras contarle el caso, le pidió su juicio. El elefante habló: “El hombre es injusto, me usa, me monta, y cuando ya no le sirvo, me abandona y me deja morir. El tigre debe comerse al brahmán”. Dicho y hecho, el tigre se tiró sobre el brahmán. “Un momento, todavía faltan dos animales, gimió el sacerdote.

Y siguieron caminando. Toparon con un buey, y le preguntaron. Y el buey dijo: “El hombre es malo: me usa para tirar de su arado, y cuando soy viejo, me abandona y me deja morir. El tigre tiene razón, que se coma al brahmán”. Y así se dispuso a hacerlo el tigre, pero ante las súplicas de una tercera opinión, siguió caminando.

Y se encontraron con un chacal. “Hermano chacal -dijo el brahmán- hace un rato me encontré al hermano tigre encerrado y, tras liberarlo…”. El chacal pidió calma. “¿Cómo, si ya lo veo libre, lo pudiste liberar?”, preguntó. El tigre, impaciente, empezó de nuevo la historia. Pero el chacal no se conformaba con las explicaciones. “Vamos a ver la jaula, porque así yo no lo entiendo”.

Y desandaron el camino. Al llegar a la jaula, el brahmán volvió con la historia. El chacal quiso saber más. “¿Dónde estaba el hermano tigre? A ver, que se ponga dentro”. El tigre, a regañadientes, se puso dentro. “Pero si la puerta estaba abierta -argumentó el chacal- “¿por qué el tigre no salía?”. “Es que estaba cerrada”, se impacientó el tigre, cerrándola para explicarlo mejor. “Bien, pero sin candado -siguió el chacal- se podía abrir fácilmente”. El tigre estaba exasperado: “¡Pero había cerrojo!” chilló. “A ver, así, ¿no?”, dijo el chacal cerrando con llave.

Y entonces, el astuto animal, girándose hacia el brahmán, con el tigre de nuevo encerrado, se despidió con una inquietante sonrisa.

Decimosexto día de confinamiento bajo el Teide (nevado). La nieve de las cimas, todavía recortándose contra el violento azul del cielo atlántico, me sugiere esta exquisita fábula de un capricho con bello y feliz…

La Guancha. Domingo, 29 de marzo de 2020
Música recomendada: 25 faroles (El Lebrijano)

Se cuenta que Abd al-Rahman Al-Nasir cayó enamorado en Granada de la bella Azahara, y que se la llevó con él, convirtiéndola en su favorita, a Córdoba, a Sierra Morena.

Para demostrarle el amor que sentía por ella, ordenó la construcción de una ciudad palatina, Medina Azahara (en honor a su nombre), y para ello contrató a los mejores arquitectos y artesanos, compró los materiales más preciados, maderas, mármoles, azulejos; mandó construir hermosos jardines con flores y plantas traídas desde todos los rincones del mundo, los pobló con hermosos pájaros y mandó que en ellos creciesen árboles de exóticos frutos. Telas y muebles, comprados a los mercaderes más prestigiosos adornaban las estancias de la favorita Azahara, todo lo hizo el califa por su amor.

Nada de esto, sin embargo, parecía contentar a bella dama Azahara, que día tras día, Abderramán veía llorando en la Medina.
Le preguntó el motivo de su tristeza y qué debía hacer para contentarla. Azahara le respondió que a su tristeza El Califa no podría ponerle remedio, pues lloraba por no poder contemplar la nieve de Sierra Nevada. Él le respondió: “Yo haré que nieve para ti en Córdoba”

Inmediatamente mandó talar un bosque situado frente a La Medina y replantarlo de almendros muy juntos unos de otros y cada primavera, cuando los almendros abrían su flor blanca, la nieve aparecía en Córdoba sólo para su amada Azahara, que no volvió a llorar nunca más.

Undécimo día de confinamiento bajo el Teide. Tras la infinita tormenta de dos días, se levantó el telón de nubes y apareció la gran montaña completamente nevada. Y hoy luce el sol. Volemos pues sin que importe el norte…

La Guancha. Martes, 24 de marzo de 2020
Música recomendada: Lucky man (EL&P)

Tantos, tantos años volando sin ir a ningún sitio. El viejo encargado del avión del Tibidabo, viendo como los niños pasaban de largo su atracción para vivir aventuras más vertiginosas en máquinas más modernas y excitantes, pensaba en los viejos tiempos, cuando aquel avión, su avión, era la sensación del parque. Para muchos, en otras épocas, el breve recorrido circular del aeroplano de pega había sido la primera experiencia aeronáutica. Ahora, en una época de aviones supersónicos y realidades virtuales, el añejo artefacto volador era tan sólo una antigualla que ya no emocionaba a nadie. Pero, para él, constituía toda su vida. Un mundo volante que le había mostrada el panorama cambiante de la ciudad a través de los años. Un universo de recuerdos. Un espacio angosto pero lleno de ilusión, felicidad y locos sueños de países y paisajes ignotos y exóticos. Porque, irónicamente, jamás había subido a un avión de verdad. Cierto que sus hijos habían insistido muchas veces, años atrás, en llevarle con ellos de viaje; pero él prefería las vueltas a su mundo de fantasía, un mundo que vivía en el interior de la cabina, dentro de su cabeza, mientras resonaban a su alrededor los grititos excitados de los niños.

El parque de atracciones, aquella tarde previa al día de Navidad, estaba repleto de risas y colores que desafiaban al frío. Pero, a pesar de las multitudes que llenaban el Tibidabo, él seguía, solitario, junto a su adorado avión. Sólo, de vez en cuando, se acercaban algunos curiosos. En todo lo que llevaba de tarde había realizado tres viajes. Y con el aeroplano medio vacío. Además, no soportaba ver la cara de decepción y, en algunos casos, hastío que mostraban los clientes al abandonar la atracción. ¿Qué se esperaban? Seguramente, algo más parecido a una nave espacial.

Poco a poco, con la caída de la tarde y la llegada de la oscuridad, el flujo de personas empezó a disminuir. Era Nochebuena, y la mayoría se apresurarían hacia cálidas cenas en familia. Recordó, entonces, su soledad. Sus hijos estaban de viaje, y su horizonte para aquella noche no iba más allá de una vulgar cena y un empacho de especiales de televisión. Sin darse cuenta, llegó la hora de cerrar. Miró a su alrededor y ya no vio a nadie. Siempre era el último. Lentamente, cumpliendo un ritual que le había acompañado a lo largo de los años, montó en el avión para comprobar los desperfectos del día y dar una última vuelta sin testigos.

Al día siguiente, Navidad, ninguno de los responsables del parque pudo explicarlo. Se habló de robo, acaso un romántico y audaz coleccionista; de una efectista campaña de publicidad; hasta de ovnis.
Increíblemente, el avión había desaparecido.

El Teide, esta mañana. La Guancha. Tenerife. Islas Canarias. Foto: Xavier Agulló.
El Teide, esta mañana. La Guancha. Tenerife. Islas Canarias. Foto: Xavier Agulló.

Noveno día de confinamiento bajo el Teide. Dulce nostalgia dominical para este cuento mío que, una vez más, demuestra el bizarro poder de nuestras mentes…

La Guancha. Domingo, 22 de marzo de 2020
Música recomendada: Spinning wheel (Blood, Sweat & Tears)

Hacía frío, aquel día de principios de noviembre. Rosa sonrió al verle entrar por la puerta de la oficina, con el paso casino de siempre y la esperanza chispeando morosamente en sus ojos. “A ver si hoy hay suerte”, pensó él. Sí, quizás esta vez habría suerte. Se acercó a la ventanilla de Rosa mientras se le iban acelerando suavemente las pulsaciones. Tras la conversación banal de siempre, sin embargo, la realidad le devolvió al abatimiento. No, no había nada para él. En su cabeza ya no había lugar para la desesperación; estaba por encima de ella. Además, Rosa, eso le constaba, hacía todo lo que podía. Le gustaba Rosa. Pero qué podía hacer un hombre en paro de larga duración. Nada. Nunca se había atrevido a insinuarse. ¿Qué le hubiese podido proponer? Arrastrando los pies y con el corazón al ralentí, cruzó de nuevo la puerta de la oficina del INEM. Como cada día, se dirigió a la placita para descansar en su banco favorito. Un largo día sin nada que hacer ni sitio donde ir. Bebió agua de la fuente pública y se desparramó en el banco.

Rosa lo sorprendió al mediodía dormitando todavía en el banco. Era la primera vez que se encontraban fuera de la oficina. Sin saber cómo, se vio almorzando con ella en una casa de comidas cercana. Y no fue una invitación piadosa. Por la noche se encontraron de nuevo en casa de ella. Al día siguiente, el padre de Rosa le ofreció un trabajo en su almacén. No era mucho, pero a los tres meses su vida había cambiado. Su relación con Rosa iba viento en popa, tanto que antes de un año ya se habían casado. Él seguía progresando en el almacén, lo que les permitió meterse en la hipoteca de un pisito. A los tres años nació su primer hijo. A los cinco completaron la pareja. Cuando murió el padre de Rosa, se hizo cargo del almacén, y en poco tiempo, con mucho trabajo y la ayuda de ella, el negocio prosperó y se expandió.

Habían pasado 40 años desde aquella mañana de noviembre. El día que los dos celebraban como aniversario. Decidió, antes de ir a su despacho, pasarse por el centro y comprarle algo a Rosa. En el camino, se demoró para revisitar la oficina del INEM y la placita una vez más, como tantas veces había hecho en los últimos años. Esta vez, sin embargo, quiso sentir la vieja sensación del banco. Aparcó el coche, se acercó a la fuente, bebió un sorbo de agua y se sentó en el banco.

Aunque el sol del mediodía brillaba en el cielo, hacía frío aquel día de principios de noviembre. Al salir de la oficina para dirigirse al bar de al lado, Rosa observó una delgada figura tirada en el banco de la placita de en frente. “Debe ser él”, pensó. “¿Y si le invitase a comer?”, se dijo mientras se inundaba de una rara sensación. Se acercó al banco casi con precipitación, pero fue demasiado tarde. No hubo manera de despertarle. Había muerto con la sonrisa de siempre en el rostro.

La autopsia resultó sorprendente: había fallecido de muerte natural. De viejo.