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Arrebatos

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Vigésimo noveno día de confinamiento bajo el Teide. Recupero este texto, que escribí hace cuatro años en 7caníbales, una reflexión con historia sobre la deontología periodística…

La Guancha. Domingo, 12 de abril de 2020
Música recomendada: Magic carpet ride (Steppenwolf)

Un sacapuntas de plata antiguo, de los años 20 del siglo pasado. Me lo regala József Vinkó, editor de la revista húngara de cocina Magyar Konyha, periodista y escritor respetado, amigo. Me dicen él y su mujer, la también periodista gastronómica Orsolya Madary, que este inverosímil afilador, una rara pieza ya, me hará mejor en mi trabajo… Y dice…

Era orgullo entre los periodistas húngaros de aquellos vibrantes años de principios de siglo pasado, pasión tertuliana en un entorno de efervescencia cultural e ideológica, ser fieles con fervor a la deontología profesional, al compromiso sagrado con la verdad y la honestidad intachable para con los lectores. Sí, ya sé que todo esto suena raro y que más bien parece el principio de un cuento fantástico… Sin embargo, así era entonces. Me cuenta Jószef que, en aquel contexto inflamado de periodismo, no obstante, y como ocurre hoy, también los había que, fascinados por el poder que todo lo corrompe, olvidaban su juramento y acababan “sirviendo” a los de arriba manipulando si hacía falta la realidad. Era entonces cuando sus compañeros, conjurados, le hacían llegar discretamente un paquetito con un afilador de plata. Como el que ahora tengo en las manos.
El sacapuntas era el recordatorio perentorio de la peligrosa deriva… El receptor, al abrir la cajita, sabía que había perdido el rumbo, que era momento de volver a afilar los lápices so pena de caer en la ignominia informativa… Bella (y sombría) metáfora que, conviene apesadumbrado Jószef, hace años se olvidó. Sí, amigo Vinkó, sí. Y, no obstante, aquí está el afilador, recalcitrante, recordándome, recordándonos, “de dónde venimos y a dónde vamos”.

Pienso ahora mismo que lo que en aquellos años de Budapest era un flirteo con el poder ahora mismo es una orgía (delirante, indocumentada) en el gran pesebre donde todos son bienvenidos al festín. El afilador sugería una mirada al espejo y un autoanálisis severo ante la propia imagen; ahora, el espejo no es más que una cornucopia distorsionada de la autoafirmación sonando a todo volumen.
Escribo desde La Laguna, el aire oliendo inexplicablemente a duraznos. Mañana, cuando regrese a casa, afilaré todos mis lápices. Te lo juro, Jószef.

Vigésimo octavo día de confinamiento bajo el Teide. Hoy vamos con un cuento que escribí hace años, en pleno boom de la vanguardia adriática… Puro entretenimiento sabatino.

La Guancha. Sábado, 11 de abril de 2020
Música recomendada: Sweet Virginia (Rolling Stones) Recordando a Juli Soler

Desde que el gran Ferran Adrià se había retirado a una ignota isla paradisíaca donde, cuentan ciertas leyendas no comprobadas, vivía como un eremita a base de moluscos y cocos, y dando conferencias online, por supuesto, no había surgido en el planeta gastronómico, ocupado en un regreso recurrente a las cocinas tradicionales, ningún cocinero como P.

Lógicamente, P. se había formado en aquel mítico Bulli. P. mostró desde el principio, además de una rara perfección técnica (acaso obsesión), una sorprendente capacidad prospectiva y sintética en todo lo referente a la gastronomía. Muchos, al principio, lo calificaron de loco peligroso. Para él, contrariamente a las últimas tendencias, el producto era una rémora. Lo único decisivo eran las sensaciones. Todos recordamos, por ejemplo, sus polémicas grageas de paella valenciana. ¿Qué me decís de aquellas inyecciones intravenosas que colocaban en el cuerpo todo un menú degustación, con vinos, mientras el comensal se sumergía, a través de visores RV, en los platos originales? Aunque yo, particularmente, me quedo con sus revolucionarios, hoy ya clásicos, lo sé, mariscos mutantes… ¡Aquellas ostras-jamoneras! ¡Mmm!

Hay que reconocer que su progresión en lo culinario fue fulgurante. Tanto que, avanzando en sus tesis reduccionistas, pronto los fogones y las inducciones desparecieron de su coquinaria. Fue cuando diseñó su segundo restaurante, todo un éxito del momento. El que ofrecía sólo aromas. Su disparatada búsqueda del algoritmo sensorial perfecto, aquel que permitiera con el menor coste biológico llegar a las más altas cotas de sensaciones, lo llevó a diseñar el odódromo. Aún se exhiben en el MOMA de Nueva York sus famosas cajas de metacrilato, que él llenaba de olores para satisfacer a los clientes más vanguardistas.

Con la invención de los sensores cerebrales externos, P. logró llegar a la cima. Así, aquellos centros que creó en diversos países donde el público sentía, por estimulación directa del córtex, la sensación gustativa de sus creaciones. Ese software es todavía críptico para la mayoría del sector, a pesar de la multitud de copias piratas que aún hoy proliferan.

Tanta osadía, sin embargo, condujo a la catástrofe. En su arrebato creador, creyó que debía dar el paso definitivo: la ausencia total de materia, catalizadores o periféricos. Sólo la mente. Fue cuando se lanzó con sus, al principio, escandalosos “no restaurantes”. Establecimientos que imitaban los anacrónicos chill out y donde el cliente, cómodamente reclinado, recibía sólo una carta con el nombre de los platos propuestos. Como recordaréis algunos, al final ya sólo se servían platos vacíos. La idea era que el propio comensal crease sus sensaciones gustativas a partir de sus reflexiones. Si bien al principio fue la novedad y el eco mediático, pronto llegó el desengaño. Se empezó a hablar de fraude. Llegaron denuncias.
P., tras protagonizar pintorescas huelgas de hambre en defensa de sus tesis gastronómico-mentales, en poco tiempo pasó al olvido.

Lo encontraron muerto el otro día. Rodeado, al parecer, de un montón de jamones furiosamente roídos y de una cantidad enorme de latas de fabada asturiana vacías.
El parte médico fue escueto y terrible: sobredosis alimentaria.

Vigésimo séptimo día de confinamiento bajo el Teide. Una interesante fábula feminista avant la lettre para entretener este viernes de encierro e incertidumbre…

La Guancha. Viernes, 10 de abril de 2020
Música recomendada: Night of the warm witch (Skid Row)

El joven rey Arturo fue sorprendido y apresado por el monarca del Reino vecino mientras cazaba furtivamente en sus bosques. El rey pudo haberlo matado en el acto, pues tal era el castigo para quienes violaban las leyes de la propiedad, pero se conmovió ante la juventud y la simpatía de Arturo y le ofreció la libertad, siempre y cuando en el plazo de un año hallara la respuesta a una pregunta difícil. La pregunta era: ¿Qué quiere realmente la mujer?

Semejante cuestión dejaría perplejo hasta al hombre más sabio, y al joven Arturo le pareció imposible contestarla. Con todo, aquello era mejor que morir ahorcado, de modo que regresó a su reino y empezó a interrogar a la gente. A la princesa, a la reina, a las prostitutas, a los monjes, a los sabios y al bufón de la corte… en suma, a todos, pero nadie le pudo dar una respuesta convincente. Eso sí, todos le aconsejaron que consultara a la vieja bruja, pues sólo ella sabría la respuesta. El precio sería alto, ya que la vieja bruja era famosa en todo el reino por el precio exorbitante que cobraba por sus servicios.

Llegó el último día del año convenido y Arturo no tuvo más remedio que consultar a la hechicera. Ella accedió a darle una respuesta satisfactoria a condición de que primero aceptara el precio: quería casarse con Gawain, el caballero más noble de la Mesa Redonda y el más íntimo amigo de Arturo. El joven Arturo la miró horrorizado: era jorobada y feisima, tenía un solo diente, despedía un hedor que daba nauseas, hacía ruidos obscenos, sus eructos eran famosos por mantener alejados a los dragones de la región… Nunca se había topado con una criatura tan repugnante.

Todo el mundo comentaba el valor y coraje de Gawain al aceptar esta tortura para el resto de su vida por salvar la vida de su amigo

Se acobardó ante la perspectiva de pedirle a su amigo de toda la vida que asumiera por él esa carga terrible. No obstante, al enterarse del pacto propuesto, Gawain afirmó que no era un sacrificio excesivo a cambio de la vida de su compañero y la preservación de la Mesa Redonda. Se anunció la boda y la vieja bruja, con su sabiduría infernal, dijo:
-«Lo que realmente quiere la mujer es ser la soberana de su propia vida». Todos supieron al instante que la hechicera había dicho una gran verdad y que el joven rey Arturo estaría a salvo. Así fue: al oír la respuesta, el monarca vecino le devolvió la libertad.

Pero menuda boda fue aquella. Asistió la corte en pleno y nadie se sintió mas desgarrado entre el alivio y la angustia que el propio Arturo. Gawain se mostró cortés, gentil y respetuoso.  La vieja bruja –en tanto- hizo gala de sus peores modales; engulló la comida directamente del plato sin usar los cubiertos, emitió ruidos y olores espantosos, dos veces debieron desalojar la sala luego de alguno de sus famosos eructos espantadragones. Todo el mundo comentaba el valor y coraje de Gawain al aceptar esta tortura para el resto de su vida por salvar la vida de su amigo. Finalmente, los recién casados se retiraron para su noche de bodas.

Cuando Gawain, ya preparado para ir al lecho nupcial, aguardaba a que su «esposa» se reuniera con él… ¡ella apareció con el aspecto de la doncella más hermosa que un hombre desearía ver! Gawain quedo estupefacto y le preguntó que había sucedido. La joven respondió que como él había sido tan cortes y atento con ella, la mitad del tiempo se presentaría con su aspecto horrible y la otra mitad con su aspecto atractivo. ¿Cuál prefería él para el día y cuál para la noche?

¡Qué pregunta cruel! Gawain se apresuró a hacer cálculos. ¿Preferiría tener durante el día a una joven adorable para exhibirla ante sus amigos y por las noches en la privacidad de su alcoba a una bruja espantosa? ¿U optaba por compartir el día con una bruja y disfrutar de una joven hermosa en los momentos íntimos de su vida conyugal?
Al oír esto, ella le anunció que sería una hermosa dama de día y de noche, porque él la había respetado y le había permitido ser dueña de su vida.

Vigésimo sexto día de confinamiento bajo el Teide. ¿Qué es un tesoro? Más allá de los primeros y opulentos pensamientos que se nos ocurren, es en realidad aquello que damos por supuesto y que, cuando nos lo quitan…

La Guancha. Jueves, 9 de abril de 2020
Música recomendada: Get ready (Rare Earth)

Toda su vida, toda dedicada a la búsqueda del secreto. El gran secreto de los hombres del desierto. El ignoto tesoro de la tribu azul. Tantos esfuerzos, viajes, estudios y peligros para, ahora, morir sin haberlo descubierto. La sed ya había dado paso a la agonía. Completamente deshidratado, quemado por el impío sol, ahogado por el denso aire caliente, sin gasolina, ni comida, ni agua, aguardaba tan sólo el olvido definitivo.

Arrastrándose por la arena, todos esos pensamientos, entremezclados con la historia de su vida, le mantenían con un hálito de vida. Eso y la visión, ya borrosa, del Jeep, que poco a poco se iba desdibujando en el horizonte que dejaba atrás. Lo curioso es que jamás había llegado a averiguar con exactitud cual era ese arcano tesoro celosamente guardado, durante siglos, por los nómadas del desierto. La ausencia de escritura en esas tribus trashumantes otorgaba todo el poder a la palabra, pasada de generación en generación sin rastro físicos. Esta circunstancia siempre le había fascinado.

Sus conjeturas se basaban en pesadas y crípticas conversaciones que, desde su juventud, cuando visitó por primera vez el desierto, había mantenido con sus habitantes. Al parecer, y desde tiempos inmemoriales, se sabía de un tesoro fabuloso escondido en alguna parte de las infinitas y temblorosas arenas. Años dedicados a la investigación de esas fuentes inciertas y multitud de penosos viajes más allá de los confines aconsejados habían fundamentado esperanzas de descubrir lo prohibido.

Pero fue una noche de hacía dos años, a la violenta luz de las estrellas, formando parte de una caravana, cuando, al abrigo de una haima, oyó por fin lo que estaba esperando: un punto cardinal, una abstracción geográfica tan solo, pero que era el primer dato que confirmaba sus sospechas. Después, el kif impidió más concreción. No consiguió nada más. Esa información, sin embargo, fue suficiente para ponerse en marcha. Hasta llegar aquí. A la mitad de la nada. Perdido.

Consiguió, por fin, remontar la duna. Atrás, el todo terreno ya había desaparecido. Y entonces lo vio. Sacudió la cabeza. No, no era un espejismo. Allí, a unos pocos metros, medio enterrada en la arena, se dibujaba una losa. Sacando sus últimas fuerzas, se abalanzó sobre ella. Limpió la arena. Destrozándose los dedos, poco a poco fue abriéndola. Se asomó al interior. No vio nada, sólo oscuridad. Tiró un puñado de arena y escucho. Nada. Por fin, decidió arriesgarse; agarrándose a la abertura, se descolgó: no tocó fondo. Ya no tenía opción. Se descolgó con furia. Fueron sólo dos segundos de incertidumbre y… se hundió en el líquido. ¡Agua! ¡Era agua! Arriba, la luz se enmarcaba, burlona e inalcanzable, en la pequeña abertura. Y se dio cuenta: el gran tesoro del desierto era… ¡el agua! Debió haberlo sabido.

Murió, entre desencajadas risotadas, ahogado en el tesoro a cuya búsqueda había dedicado la vida entera.

Vigésimo quinto día de confinamiento bajo el Teide. Procede en esta temporada que estamos sufriendo ser cautos con la información, y aplicar la sabiduría socrática…

La Guancha. Miércoles, 8 de abril de 2020
Música recomendada: Black night (Deep Purple)

Un día alguien llegó muy agitado ante Sócrates:
– Oye, Sócrates, como amigo tengo que contarte…
– Un momento, ¿has pasado lo que tienes que decirme por los tres coladores?
– ¿Tres coladores?
– Sí, amigo: tres coladores. El primero es la verdad. ¿Has comprobado que todo lo que vas a decirme sea verdad?
– No, lo he oído contar y…
– Bien, bien. Pero a buen seguro lo has hecho pasar a través del segundo colador, el de la bondad. Porque si no es del todo verdad lo que tienes que contarme, ¿tiene al menos algo de bueno?
– No, al contrario…
– Probemos, pues, de servirnos del tercer colador y preguntémonos si es útil contarme lo que tanto te agita.
– Útil, precisamente…
– Pues bien -dice el cuerdo de Sócrates- si lo que tienes que decirme no es ni verdadero ni bueno ni útil, olvídalo y no te preocupes más por ello que yo.

Los tres coladores de Sócrates pueden evitar que sirvamos de albergue a lo que amenaza, demasiado a menudo, con perturbar la atmósfera de toda una comunidad.

Vigésimo cuarto día de confinamiento bajo el Teide. El cuento de hoy es una llamada a la esperanza, una historia que muestra que la maravilla es posible, y que nunca nada está perdido del todo…

La Guancha. Martes, 7 de abril de 2020
Música recomendada: Please come home for Christmas (Johnny Winter)

Caminando bajo la lluvia, con la ropa y los zapatos completamente empapados, se refugió en remotos pensamientos. Todavía le quedaba un buen trecho para llegar a su casa, y la reflexión era el único paraguas que tenía contra los elementos. Hacía frío; las gotas de agua ya habían traspasado la camisa, mojando en helados chorretones su aterido cuerpo. Y, no obstante, su paso era cada vez más lento y parsimonioso. No quería llegar a su casa; no quería enfrentarse a su familia, su mujer y sus dos hijos, de esta manera. Nochebuena, y nada que ofrecer. Ningún regalo. Hacía casi un año que estaba en el paro, y cada día que pasaba la situación era más insostenible. Lo había intentado todo sin resultado. Ese día, había decidido comerse la vergüenza y conseguir algo de dinero limpiando parabrisas en algún cruce céntrico. Pero su fatal destino había decidido lluvia. ¡Cómo se había tragado las sonrisas conmiserativas de los conductores!

Después, había dado vueltas por la ciudad como un sonámbulo, buscando inútilmente algún anuncio de empleo. Su obsesión era conseguir un poco de dinero para regalarle algo a su mujer y sus hijos. Nada. Tras la desesperación, había pasado por la esperanza del milagro. Pero nadie, en las puertas de las tiendas en las que había hecho guardia, había resultado ser un duende maravilloso. El regreso a casa, con el aguacero pisando su dignidad, estaba siendo el final infeliz de una historia que se desarrollaba en blanco y negro. En negro.

Dobló la esquina y divisó su edificio. Intentó descubrir cual era su ventana; pero la lluvia, que cada vez caía más espesa, le impedía fijar la mirada. Frente a la construcción, brillaba el gigantesco árbol de Navidad que cada año instalaba el ayuntamiento. Sin saber que hacer, se dirigió a uno de los bancos y se sentó. Ni notó la humedad en el pantalón. Mirando fijamente las luces de colores, borrosas por la lluvia, recordó que de pequeño siempre había fantaseado con los regalos que colgaban de los árboles públicos. Aunque le habían asegurado que eran paquetes vacíos, llenos de papeles, él siempre había sospechado que dentro de las brillantes cajas debía haber algo. Algo maravilloso. Una vez, estuvo a punto de abrir uno de ellos, pero un guardia lo echó a empellones.

¿Y si…? Con los ojos extraviados y un extraño calor en su estómago, se acercó al árbol. Temblando, acercó sus manos a un paquete rojo que colgaba de la rama más baja. El papel, totalmente mojado, se deshizo en sus manos. Abrió lentamente la caja y, de repente, las luces parpadearon con más fuerza y dejó de sentir la lluvia.

Vigésimo tercer día de confinamiento bajo el Teide. Este cuento fue un encargo de Daniela y Niall (Cocina Futuro) para su especial sobre el bloody mary de hace dos años. Todo un arrebato…

La Guancha. Lunes, 6 de abril de 2020
Música recomendada: Blue valentine (Tom Waits)

Era un tipo brutal. Un toro desbocado. Aunque con un enorme éxito profesional. Pero ni este suceso logró darle una pizca de empatía. No, P. era hijo de la crueldad y la perfidia. La comprensión, la misericordia, eran cosa de débiles, clamaba a menudo mientras tomaba las más atroces decisiones empresariales. Lógicamente, no se le conocían amigos y la que fue su mujer, se decía, se había auto desterrado lejos de la ciudad y de él hacía años. No, P. era un solitario psicópata de su trabajo –la dirección general de un conocido grupo de comunicación- y sus relaciones se limitaban a una pequeña corte de aduladores y a alguna que otra noche de neones y humo. No, no se le sabían tampoco novias ni amantes. P. era un bárbaro.

Transcurría de esta insidiosa suerte su vida y nada indicaba que su trayectoria de malvado oficial fuese a truncarse, más bien al contrario: a medida que pasaba el tiempo, cada vez más aislado en su torre fortificada de marfil, P. iba pisando a todo el que se ponía por debajo, y ni el asfalto crecía tras de él.

Hasta que conoció a M. Fue en una de las coctelerías a las que acostumbraba a ir para darse un homenaje alcohólico tras un día de trabajo y furor. A pesar de su misantropía, allí podía charlar con el bartender y, a veces, pocas, con algún cliente transeúnte que desconocía su fama, aunque casi siempre se ubicaba, solo, en un rincón de la barra acompañado del diario y un whisky de malta.
La vio, sentada lánguidamente en los sofás, sorbiendo con parsimonia lo que parecía un bloody mary. Su mirada melancólica lo inquietó al momento. A los pocos minutos descubrió con desazón que no podía dejar de mirarla.

Tras aquella primera noche de sentimientos desnudos y ardor de madrugada, de un sturm und drang imposible, P. y M. ya no se separaron. La vida de P. dio un vuelco…

Ese rostro armonioso de desamparada belleza… Y esa tez pálida, casi transparente… Sintió una extraña nostalgia; pero, ¿de qué? No pasó demasiado tiempo hasta que resolvió acercarse a ella. Fue un abordaje fácil, recibido por M. con una tímida sonrisa. Al rato ya estaba compartiendo un bloody mary con ella, transitando por conversaciones íntimas que jamás se hubiese imaginado poder mantener. P., entonces, ni se dio cuenta de que se había enamorado…

Tras aquella primera noche de sentimientos desnudos y ardor de madrugada, de un sturm und drang imposible, P. y M. ya no se separaron. Sin advertirlo, la vida de P. dio un vuelco asombroso. Cuentan los que vivieron aquellos días raros que su habitual rictus se transformó en sonrisa, que comenzó a delegar funciones, que muchas tardes ya ni aparecía por el despacho…

P. y M., ajenos al mundo, convirtieron desde aquella primera tarde el bloody mary en su bebida fetiche. Cada día, estuvieran donde estuvieran –en casa, de viaje…-, no podía faltar el cóctel. Los mejores vodkas, zumos de tomates exclusivos, limones violentamente frescos, sales y pimientas exóticas, la worcestershire… Era como un sueño. Días de vodka y rosas.

Sin embargo, en el transcurso de los días y las noches, P. fue observando con preocupación una lenta pero progresiva decadencia física en M. Ni los mimos constantes, ni esas tardes apacibles bebiendo un bloody mary en los mejores lugares parecían iluminar el rostro de M., cada vez más marchito. M. se extinguía sin razón aparente ante sus ojos…

Un día, al atardecer, Barcelona deshaciéndose en la oscuridad frente a su terraza, P., como siempre, fue al mueble bar a preparar un bloody mary. Quiso la mala suerte que, cortando los limones, el cuchillo alcanzara su dedo y dejara caer un chorrito de sangre dentro del highball. P. se dispuso a cambiarlo cuando, atacado por una sorprendente sensación atávica en el estómago, pensó que no podía haber mejor muestra de amor que fundir su sangre con la de su amada M. Excitado como un niño, sin decirle nada a ella, le sirvió el vaso…

La velada fue, curiosamente, más animada que jamás. Cuando se acostaron, P. observó con sorpresa e incredulidad que la inquietante lividez habitual de la cara de M. se había tornado en un delicado rosa. Esa noche P. no pudo dormir. Tras examinar mentalmente las posibles razones de aquel repentino cambio en el aspecto y la jovialidad de M., ya de madrugada llegó a la conclusión de que fue la sangre, su sangre, la que obró la inopinada taumaturgia.

Por la mañana, después de la ducha, todavía sin poder sacarse sus elucubraciones de la cabeza pero ya fresco, volvió a caer en el abatimiento. ¡Qué absurdo! Esto no podía ser… No obstante, ya por la tarde, mientras preparaba el bloody mary, decidió volver a intentarlo. “Eres un estúpido”, dijo para su capote. Pero, mágicamente, volvió a funcionar. M. vibraba de vida, de risas, de color. P. no podía salir de su estupor.

Desde aquella segunda tarde, ya convencido locamente de la maravilla, se armó de un pequeño y fino estilete que ocultaba en su chaqueta y, en cada uno de los bloody mary que le mezclaba a M., le añadía un chorro de su sangre. Pero… Mientras M. estaba cada día más radiante, él iba cayendo en la postración. Y ni lo advertía. Ni cuando comenzó a desfallecer y a desmayarse sin motivo. Para él sólo existía M., sólo ella, nada más importaba.

La salud de P. fue de mal en peor hasta que, una hermosa tarde de nubes rosadas en el infinito, tras hacerse un tajo en la muñeca más generoso de lo acostumbrado por culpa de los temblores que lo aquejaban, llevó el bloody mary a la terraza y, tras dejarlo sobre la mesa y mirarse de nuevo en los alegres ojos de M., se desplomó…

Nadie sabrá si llegó a ver la enigmática sonrisa de M. mientras el mundo se le fundía suavemente a negro.

Vigésimo segundo día de confinamiento bajo el Teide. Visiones mentales que se traducen en cuentos muy cortos… Este es aterrador.

La Guancha. Domingo, 5 de abril de 2020
Música recomendada: Stranglehold (Ted Nugent)

Tras derrapar violentamente, el coche, descontrolado, se deslizó irremisiblemente hacia el borde del tremendo precipicio. Sintió el horror indescriptible, fantástico, de la fatal atracción del abismo cuando las ruedas de atrás perdieron el último apoyo con suelo firme.

Y, de repente, el tiempo se detuvo. Sólo su mente siguió precipitándose a un vacío irreal. Sintió el sabor salado de la sangre en su boca; la lucha perdida de sus globos oculares contra la implosión.
Supo en aquel momento dilatado que su infierno sería una caída eterna, atrozmente hiperreal, hacia la nada sin fin.

Vigésimo primer día de confinamiento bajo el Teide (ya poco nevado). Este cuento me lo encargó, para una serie de relatos arquitectónicos, en 2007, la prestigiosa revista italiana Abitare, que hizo una selección de grandes escritores del mundo… ¡Y me incluyó!

La Guancha. Sábado, 4 de abril de 2020
Música recomendada: One in a million (Guns N’ Roses)

Aunque tuvo que dejar sus estudios de arquitectura por prescripción psiquiátrica hacía ya unos años, su pasión por la misma no había dejado de crecer. Bien, pasión, en su caso, era sólo un término eufemístico. Lo suyo iba más allá. Su fiebre mental le había hecho diseñar una extraña teoría que otorgaba a determinadas y, claro, todavía ignotas formas espaciales, la fórmula geométrica mágica de la iluminación total, lo que él consideraba el umbral del conocimiento infinito, la felicidad total. Se trasladó a Wolsfburg por razones obvias. En esta peculiar ciudad adivinó las posibles claves de un encuentro acaso imposible pero arrebatadoramente anhelado en sus más disparatados pensamientos. Allí el oscuro Hitler diseñó, con el arquitecto austriaco Peter Koller, un extraño y hoy todavía sugerente urbanismo, separando la seminal fábrica Volkswagen de la ciudad a través del canal. Singulares, siguen en pie obras otoñales de Aaalto o Scharoun.

Allí, ahora mismo, se erige Autostadt, un espectacular parque temático de la conocida marca automovilística que ha convertido la urbe en mucho más que una ciudad dormitorio para los operarios. Gracias a la audaz arquitectura implementada allí, Wolfsburg es actualmente un brillante catálogo de nuevas formas, extraños perfiles, vertiginosos espacios. Allá, en los límites de las leyes físicas, desafiando la gravedad con insólitos cementos autocompactantes, el museo de la ciencia de Zaha Hadid.

Aquí, y esa era la principal razón de su peregrinación, el Anan, un dislocado edificio en trompe l’oeil geométrico que contiene un noodle bar japonés, un trozo, pensó al verlo, del más contemporáneo fragor urbano que mueve Tokio. Markus Schaefer e Hiromi Hosoya, los arquitectos responsables del proyecto, acababan de ganar por el mismo el Special Award “New Generation” en el Contractworld Awards 2008. Y él ya había soñado, antes de la visita que estaba a punto de comenzar, que el interiorismo del restaurante podía poseer el cálculo final de su desesperada búsqueda por la verdad absoluta a través de volumetrías pretendidamente divinas.

Penetró en el local. Las distorsionadas formas hexagonales en que se dividía el espacio, creando desde el suelo y hasta el techo raros compartimentos habitados ya por mesas, ya por barras, ya por máquinas, hicieron revolver sus canales semicirculares. Sintió vértigo y soñó con las precisas formas requeridas para desembrollar el misterio final. Pero había más… Esas celdas de inauditas formas, donde se adivinaba un algoritmo subyacente que conseguía minimizar el número de ángulos (¡de hecho sólo pudo ver dos distintos!), transparentes pero cubiertas de formas gráficas creadas por jóvenes diseñadores nipones, lo llevaban a una percepción espacial peculiarmente heterogénea y sugestiva. Las tiras de luz hexagonales parecían juntarse en un infinito cercano, y el conjunto se le antojó tan críptico como las franjas del tigre que escondían el secreto en el cuento de Borges.

De repente sintió que el aire se movía. Las partículas que lo rodeaban se magnetizaban. Hubo una vibración en su visual, y la realidad se desajustó como perdiendo la señal…

Se pidió unos gruesos noodles de trigo. La gastronomía japonesa, minimalista, esencial, casi mística en sus tratamientos y sus cocciones, siempre le había parecido fascinante. Para él, también podía poseer la solución al enigma que le consumía. Sí, había caminado por las diferentes bifurcaciones que la cocina contemporánea ofrecía. Desde los rituales nipones hasta las tecnoemociones de Adrià o Blumenthal. Siempre en pos de un signo, una señal…

Entonces miró su plato. Quedaban unos cuantos noodles caprichosos. Se le aceleró el corazón: en su forma aleatoria, locamente, creyó ver por fin el anagrama terminal…
De repente sintió que el aire se movía. Las partículas que lo rodeaban se magnetizaban. Hubo una vibración en su visual, y la realidad se desajustó como perdiendo la señal. Los hexágonos, los colores y las líneas perdieron registro y convergieron en una imposible escenificación de topologías exóticas y geometrías no euclidianas; los peces sintéticos en 3D de la pecera digital situada en la entrada del bar empezaron a surgir de sus pantallas despidiendo electrones en cámara lenta; los gráficos y las imágenes se confundieron en una volumetría imposible…

Se hizo el silencio de nuevo. Volvió a mirar el plato de noodles que tenía delante. En su fondo, ningún símbolo, sólo algunos fideos desordenados.
Y sintió la paz. Salió del Anan al claro y frío día y respiró por primera vez en libertad. Cogió su viejo “beetle”, engranó la primera marcha y aceleró en dirección desconocida.

Supo entonces que la felicidad no se esconde en sombríos arcanos, sino en la belleza sencilla de las cosas. En una sonrisa fugaz, en un rayo de luz sobre el cemento, en una elegante forma alabeada, en un osado voladizo…

Vigésimo día de confinamiento bajo el Teide (ya poco nevado). Se me ocurre que este cuento mío bien podría ser una salida fantasiosa (¡y quién sabe si real!) a las inquietantes brumas de la reclusión…

La Guancha. Viernes, 3 de abril de 2020
Música recomendada: Are you ready? (Pacific, Gas & Electric)

Extraña historia la que me contó la otra noche, al abrigo de unas copas en una conocida coctelería de la ciudad, un viejo amigo psiquiatra.
El cuento afectaba a dos de sus últimos clientes en el sanatorio que visitaba cada jueves. Se trataba de dos jóvenes de unos 30 años que habían llegado a la clínica tras pasar por una larga y horrible experiencia en el desierto del Sahara.
A pesar de que la razón había huido definitivamente de sus mentes, a través de una serie de charlas terapéuticas el médico había podido reconstruir la tremenda experiencia que habían sufrido. Una experiencia inquietante, además.

Como muchos otros turistas aventureros, los dos amigos habían decidido realizar una travesía por el Sahara a bordo de un todo terreno de segunda mano adquirido en la península. La inexperiencia, un exceso de audacia y una sobredosis de confianza los llevaron a la perdición.

A los pocos días de haberse internado entre las vibrantes dunas comenzaron los problemas. No tardó en llegar el desastre: una rotura de un palier les dejó abandonados a su suerte en mitad de la nada arenosa. A pie, sin conocimientos de la zona y con unos mapas insuficientes, se extraviaron sin remedio.

Comenzó a faltar el agua y a fallar el temple. Al parecer, en un último momento de razón, ya al borde de la desesperación final, decidieron que no podían morir, que debían creer firmemente en su salvación. Con toda la fuerza que les quedaba, se cogieron las manos y, juntos, con una determinación extraordinaria, imaginaron e imaginaron e imaginaron que encontraban un oasis. Fuera espejismo o pura invención o realidad transdimensional, llegaron a uno. Eso, al menos, le dijeron entre delirios a mi amigo alienista.

Los encontraron al cabo de casi dos meses de su desaparición, en pleno desierto, bajo una duna. Sin nada. Estaban físicamente bien, sin graves quemaduras y sin síntomas de deshidratación ni inanición. Como si realmente hubiesen estado disfrutando del agua, los dátiles y la fresca sombre de un palmeral.
Pero locos.