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Quiso la fortuna que, en una misma semana, fuera yo requerido a Valencia en dos ocasiones: para la magna presentación del libro definitivo sobre la paella –‘El gran libro (secreto) de la paella’, del no menos grande Vicent Rioja-; y para celebrar el ‘Aplec’ de la DO Arroz de Valencia, con el camarada Santos Ruiz al mando. Hacía un año de la deletérea DANA y, maldita sea la suerte, nos despedimos de la ciudad un domingo con otra DANA, aunque esta vez, venturosamente, de menor impacto.
Así pues, una semana de emociones, de celebrar la recuperación de Valencia y su arroz y… de fiesta.

Valencia un año después de la DANA. Pero, a pesar del nefando recuerdo de aquella catástrofe que delata la enorme fragilidad de la costa mediterránea en tiempos de neoclima, las miradas de todo el sector -desde chefs (cuya colaboración en el cataclismo fue ingente, caso de Ricard Camarena, Begoña Rodrigo y Quique Dacosta, entre muchísimos otros de toda España, hasta agricultores y elaboradores- estaban llenas de alegría y de futuro. Ciertamente, la semana fue todo un canto al optimismo en el mundo del arroz, que es casi como decir en el mundo valenciano.

Vicent Rioja, el libro definitivo sobre la paella
No es poca cosa el trabajo que, durante años, ha ido realizando Vicent Rioja (restaurante Rioja, Benissanó) sobre su pasión: la paella valenciana, así, sin adjetivos, aunque con sutilezas infinitas.

Hay consenso en que su paella, que ya representa la cuarta generación de su familia desde que empezaran a elaborarla hace 101 años, es la mejor del mundo, un título tácito que nadie discute. La paella valenciana de Vicent es la suma virtuosa de paisaje, historia, familia, exquisitez y… equilibrio. Equilibrio casi místico. Vicente, como es sabido, prepara y cuida personal, obsesiva (y científicamente) desde la madera de naranjo que perfumará -no ahumará- el arroz hasta el socarrat final.

Vicent Rioja. Restaurante Rioja. Benissanó (València). Fotos: Xavier Agulló.
Vicent Rioja. Restaurante Rioja. Benissanó (València). Fotos: Xavier Agulló.

Extraigo un par de párrafos del prólogo que le escribí para su libro: “El movimiento de la pala, la de su bisabuelo, contemplando 101 años de paellas, es ese ‘aleph’, ese caleidoscopio moviente que nos lleva, a medida que el fuego, las carnes, las verduras, el caldo y el arroz se alían en una alquimia virtuosa, hacia los paisajes íntimos (pero universales) de Benissanó y hacia nuestros parajes imaginados.
Cautivos de los aromas que envuelven todo y mesmerizados por los saberes minuciosos de la muñeca de Vicent, que va transformando cada uno de los elementos en un prodigio final, comprendemos por fin que esta paella es mucho más que una paella”.

Todo esto contiene el libro como relato subyacente. Pero hay mucho más en sus 315 páginas imperdible no sólo para chefs y aficionadas, sino también para cualquiera que desee conocer el esprit de Valencia. La historia, la cultura del arroz, la receta de Vicent, el canon (por supuesto), el análisis pormenorizado de todos los componentes de la paella, el código del sabor, sabios consejos (y secretos) para elaborar la paella en casa, recetas de arroces populares, cuatro miradas premium al arroz (Nacho Manzano, Katsuhito Inoue, Quique Dacosta y Joan Roca), los maridajes de la paella (Manuela Romeralo)… y mucho más. Una lección magistral inaudita llena de erudición que nos cambiará para siempre cuando abordemos un arroz en la cocina.

La celebración del libro, que se inició en los jardines del castillo de Benissanó con la familia y toda la intelligentsia culinaria valenciana (incluido el presidente de la RAGE, Luis Suárez de Lezo), fue el soleado prólogo a un almuerzo dedicado a su paella, ça va de soi, pero que no olvidó el gran producto que es definición del restaurante Rioja: quisquillas de Santa Pola, tomate confitado (absolutamente imperial), esgarrat con emulsión de agua de pimientos, mojama y bacalao y guiso de sepia bruta.
Todavía, por la noche, en petit comité, compartimos un rodaballo, más tomate, ostras y las ‘imposibles’ anchoas de José Vicente Pérez (El Bressol, Valencia), piezas alejadas por completo del mainstream, elaboradas por una señora amiga suya y con una potencia y un umami no apto para públicos mediocres.
Nota del autor: debido a la imposibilidad de conseguir billete de tren o de avión a Valencia, Vicent nos puso una van de luxe… con champagne en su cubitera, jamón ibérico y ostras en hielo para el viaje. Único, Vicent Rioja.

La Albufera. Arroz DO Valencia. Santos Ruiz. Fiesta en la barraca. Aplec DO Arroz de Valencia. Valencia. Fotos: Gastrophoto_
La Albufera. Arroz DO Valencia. Santos Ruiz. Fiesta en la barraca. Aplec DO Arroz de Valencia. Valencia. Fotos: Gastrophoto_

El Aplec de la DO Arroz de Valencia
Cuando llama Santos Ruiz (gerente de la DO Valencia y camarada de periodismos gastronómicos), no se duda. “Allí estaré, Santos”. Y allí estuve.
El Aplec de la DO Arroz de Valencia, más que una fiesta, es la oportunidad de vivir la esencia del arroz valenciano en todos sus aspectos. Desde la recolección del arroz hasta la epifanía culinaria. Música en directo, fiesta, atardecer navegando por la Albufera, copas y comida en la barraca… Una ‘convivencia’ entre chefs y periodistas alrededor de una cultura de 12 siglos y su expresión máxima: la paella valenciana.

Infortunadamente, una DANA vino a romper los planes de Santos. Paro nada que no se pudiera arreglar de otras maneras. A los campos no pudimos ir, pero si nos embarcamos en la Albufera, con música tradicional en directo desde otra barca… y con bien pertrechadas cubiteras del gran cava de Hispano Suizas, esa bodega milagrosa de Requena.
Y fatigamos el Museo del Arroz, donde se muestra en un molino de arroz vintage auténtico como se consiguen esos arroces que, si hablamos de captación de sabor, son de largo los mejores del planeta.

Y rematamos en el restaurante The Terminal Hub en plena DANA, lluvia y viento azotando la Marina de Valencia mientras, dentro, las paellas y el ‘cant d’albaes’ -cantos rurales populares valencianos que llegan desde el siglo XIV y que se dedican, con música y recitados irónicos, a personajes destacados-, daban calor y risas a los convocados.
Y así fue como, en una misma semana, degusté la mejor paella valenciana y gocé los mejores arroces de la DO Arroz de Valencia.

No creo que haya en el mundo nadie que sepa tanto del arroz valenciano como Santos Ruiz (con quien tuve la suerte de compartir redacción gastronómica en Metrópoli El Mundo durante años) . Ni nadie que tenga tanta capacidad (a partir de la infatigable y trepidante erudición) de seducción para, explicándolo, recrear en las imaginaciones de los acusmáticos no sólo la maravilla histórico-social-organoléptica de este cereal maravillado de Albufera, sino su proyección en el insondable centro del placer gastronómico que todos atesoramos en la parte más epicúrea de nuestras mentes.
Así que figuraos todo lo que puede dar de sí (en lo pedagógico y en lo hedonista) viajar a la Albufera de Valencia a conocer los secretos últimos del arroz DO Valencia con su gerente e ideólogo, el amigo Santos Ruiz.

Música recomendada: Jambalaya (John Fogerty)

Fascina -recuerdo las palabras bifurcadas de Santos junto al Mirador de la Gola de Pujol, en pleno y verde Parque Natural de la Albufera- ir descubriendo la larga historia de la Albufera y del arroz en este enclave que, en tiempos remotos, fue ganado al mar. Un lugar de silencio esmeralda, pájaros encantados, misteriosas anguilas, ubérrimas “llisas” (mújol), fuente de narraciones extraordinarias (sin ir más lejos, Blasco Ibáñez) y, por encima de todo, el lugar donde habita el mejor arroz del mundo para la confección de la paella valenciana. Todo (el arroz) empezó con los árabes, como tantas otras cosas en nuestro país, en el siglo VIII. Los humedales y el conocimiento de aquellos, hizo que los cultivos prosperasen y que, a partir de Jaime I, ya fueran los pobladores cristianos los que tomaran el control, eso sí, con muchas dificultades de adaptación al entorno y con largos episodios de abandono. Luego fueron las fiebres (malaria), hasta que el botánico ilustrado (y ecologista “avant la lettre”) Cavanilles, además de clasificar la flora de su Valencia natal (taxonomía todavía usada a día de hoy), aun criticando el cultivo del arroz percibiendo que el origen de las fiebres estaba en los humedales donde se plantaba, vio el potencial ecológico de su cultivo y, de esta suerte, a partir de entonces (XVIII) el arroz comenzó su definitiva carrera para ser parte fundamental de la idiosincrasia valenciana y, por fin, a través de su calidad y de la ubicua paella, convertirse en patrimonio gastronómico mundial.

Este pálido resumen histórico nos ha de llevar necesariamente a la inalienable calidad -en origen y en manipulación- actual del arroz DO Valencia, y sé que no descubro nada. Tres tipos -siempre creados a partir de la necesidad de que los granos sean muy permeables (absorción) al sabor para orquestar la paella perfecta- conforman ahora mismo el pódium (aunque en muy breve se van a presentar dos o tres más, información todavía no disponible) arrocero valenciano: el bomba, grano firme, resistencia a la sobrecocción; el sènia (su variedad más popular es el J. Sendra), cremoso, jugoso, delicado de cocción; y el albufera, fino, firme pero cremoso, genial para los arroces melosos. Insiste Santos, ante la “amenaza” (incruenta) de arroces externos como el famoso carnaroli italiano, explica pacientemente que “ese arroz es el perfecto para los risottos, que son elaboraciones mantecadas; pero no para la paella, que lo que pide es absorción de sabor, algo que no posee el cereal italiano. Y al contrario”.

Albufera. Arrozales. Santos y yo. Fotos: Xavier Agulló.
Albufera. Arrozales. Santos y yo. Fotos: Xavier Agulló.

¡Esa paella con Santos y los colegas! (incluye receta)
La mañana pertenece a los arrozales, que visitamos para tocar in situ los arroces, distraernos con las aves residentes, pasear en la calma soleada… Una preparación para acometer, en la “Casa del motorista”, en plana Albufera, junto a los humedales, en el “tancat” de la DO Arroz de Valencia, una paella sin tonterías. Y, dejando de lado las risas (muchas) y otros temas de carácter privado, paso a detallar la receta de Santos…

Verduras: judía “rochet”, judía plana “ferraüra”, “garrofó” y “tabella”. Carnes: pollo, conejo y las carcasas de un pato (que limpia Santos) para dar más sabor. Arroz: albufera.

A por ello… Con un incesante caudal de vino y cerveza, y los entretenimientos de un atún entero en salazón, clóchinas, sepia bruta y un envolvente “all i pebre” de anguila, empezamos dorando el pollo, el pato y, al final, el conejo, que es más delicado. Apartamos hacia los lados las carnes ya doradas y, en el centro, salteamos ligeramente las verduras verdes (no el “garrofó” ni la “tabella”). Añadimos el pimentón con cuidado y, encima, el tomate pera rallado.

Es el momento de añadir el agua (ojo, no caldo, eso pertenece a los arroces de Alicante). Santos lo hace rápido: “con el agua que tiremos, en realidad haremos un caldo con todo el sabor de los ingredientes”. Es el momento de añadir el azafrán, el “garrofó” y la “tobella”.

La relación de agua y arroz es de 4 a 1. Truco de Santos: “cuando tiremos el agua en esa proporción, mediremos con un cuchillo en vertical la altura del líquido, y haremos una marca. Entonces ya le metemos más agua, porque la idea es que se vaya evaporando para conseguir, con el tiempo extra, todo el sabor de los ingredientes. Cuando la altura del líquido vuelva a la posición original de cuatro por uno (o, una vez probado, ya tenga el sabor), ya está”. Es el momento de añadir el azafrán, el “garrofó” y la “tobella”.

Y tiramos el arroz. Serán entre 15 y 18 minutos. Compartimos en el centro de la mesa, cada uno con su sector circular (si no quieres piezas de carne, las tiras al centro para los demás). Y abandónate…

La paella valenciana con Santos y los cogas. Arriba a la derecha, Santos con Eufrasio. Fotos: Xavier Agulló.
La paella valenciana con Santos y los cogas. Arriba a la derecha, Santos con Eufrasio. Fotos: Xavier Agulló.

El museo de la DO Arroz de Valencia
Esencial, para entender la singularidad del arroz de Valencia, la visita a este centenario molino de arroz (perfectamente conservado y en funcionamiento didáctico) en Valencia.
Comencemos diciendo que hay tres calidades de arroz DO Valencia (fíjate en las etiquetas): extra, con un mínimo del 92,7% de granos enteros sin defectos; primera, un mínimo del 86,5% de granos enteros sin defectos; y segunda, un mínimo del 79,75% de granos enteros sin defectos. Muy importante escoger el extra para conseguir cocción uniforme de todos los granos y la correcta absorción de los sabores. Avisado estás.

Y ahora veamos “cómo se hace” el arroz… Primero limpieza de todas las impurezas y secado hasta conseguir un máximo del 14% de humedad. Bien. La máquina descascarilladora se ocupa entonces de quitar la piel (con la piel es el llamado arroz integral, aunque, apunta Santos, “la cantidad de fibra, minerales y vitaminas con respecto al arroz blanco es pequeñísima”). En este paso hemos eliminado, pues, el salvado. A continuación, el blanqueado, paso decisivo, porque el mecanismo pule el grano, haciendo más blanco y con mayor cantidad de absorción de líquidos (y, por tanto, sabores). Lo último es un proceso que elimina los granos rotos o defectuosos.

La experiencia acabó en Quique Dacosta, en Dènia, con un menú estupefaciente y una selección de vinos ejemplar del gran Navarrete. Pero esto, amigos míos, es otro viaje…