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No se tiene muy a menudo la oportunidad de descubrir, desde el mismo inicio de la algarada, a un chef llamado a revolucionar la gastronomía. Menos todavía en Fuerteventura, isla maravillada de seductores mares turquesa y de ocres y amarillos y silencios de arrebatada desolación, pero olvidada de audacias culinarias y de la exégesis contemporánea de sus paisajes, sus productos y su historia.
Rigoberto AlmeidaEl Pellizco, Costa Calma– ha irrumpido en este panorama sin permiso, pisando fuerte, revelando los sabores del alma majorera y su promiscuidad con el Caribe e universalizándolos. Un incesante viaje de ida y vuelta e ida entre su Cuba natal y su Fuerteventura familiar. Y lo ha estallado en el primer menú-degustación creativo de la isla.

No es cocinero que se distraiga con tentaciones fáciles, veleidades comerciales o conformismos políticamente correctos, Rigoberto Almeida. No. Rigoberto, que ya marcó un ritmo distintivo en su primer Pellizco (triunfando hasta hoy en Morro Jable), sentía en su interior una llamada a otros viajes, a otros horizontes, a otros sueños. Que eran él mismo. Cubano, nacido en La Habana de abuelos canarios, su infancia transcurrió con la cocina canaria que practicaban sus ‘viejos’ en El Pellizco (sí, el mismo nombre que, en su homenaje, ha puesto a sus restaurantes de Fuerteventura), lo que, de entrada, lo llevó a estudiar Química de los alimentos; pero, claro, no fue suficiente. Enrolado vital y profesionalmente con la cubana Yahimara Ferrand (actual directora y sumiller de El Pellizco), voló a Fuerteventura y, de allí, al Cordon Bleu y al Basque Culinary, donde el nervio culinario interior se acabó de tensar. Tras el éxito en Morro Jable, con una carta ‘casual’ inédita en la isla, Almeida ya no pudo acallar lo que realmente es: un chef que siente la genética canaria, que creció con los sabores caribeños y que no puede evitar el virtuosismo explorador. Y decidió explicarse a él mismo. ¿Fusión? No, no… En su cabeza, su misma esencia y el profundo estudio de las relaciones alimentarias y gastronómicas en el eje atlántico entre Canarias y el Caribe. Sin forzar. Sin inventar. Sin contemporizar.

El Pellizco Costa Calma by Rigoberto Almeida. Fuerteventura. Fotos: Rosa Bernardes.
El Pellizco Costa Calma by Rigoberto Almeida. Fuerteventura. Fotos: Rosa Bernardes.

Tuve la fortuna de probar sus inquietudes ‘avant la lettre’, cuando en El Pellizco Costa Calma todavía habitaba la carta. Y, coño, aquello era… Una Fuerteventura de alta progresión técnica y numinosa que, como un tornasol, reflejaba los alegres colores cubanos. Tradiciones entremezcladas sin artefactos. La cabra, el gofio, el mar majorero, expresados insólitamente y jugando al escondite con la herencia cubana. “Yo no fusiono nada, simplemente me explico a mí mismo”. Y esta ‘explicación’ se ha tornado el primer menú-degustación creativo de Fuerteventura.

Efectivamente, en El Pellizco Costa Calma no cabe una carta. Sólo dos menús-degustación, sólo para 16 pax. Ambos, homenajes respectivamente a la mujer cubana (La guantanamera) y a la mujer de Fuerteventura (La majorera). La osadía ilustrada de Rigoberto, inconformista por naturaleza, lo llevó también a apostarlo todo. Manteles de lino, vajilla elaborada por artesanos del lugar (él mismo participa), cristalería del máximo nivel, bodega con 220 referencias y un servicio de sala de alta cocina, incluidos los uniformes, elegantes guayaberas tejidas por la famosa modista cubana Hilda Rosa. El imaginario Almeida en todo su esplendor.

El vértigo mental de Rigoberto, te lo puedes ir imaginando, lo lleva a evolucionar constantemente cada plato, porque él, como Albert Adrià, nunca está conforme con el resultado. Y a generar nuevas elaboraciones, nuevas sensaciones… Ya tiene en desarrollo los platos para el nuevo menú, en octubre de este año, teniendo en cuenta que el actual debutó hace tan sólo algo más de cuatro meses. Frenesí creativo que muestra la (inevitable) ambición gastronómica del chef, con tantas cosas que decir que ya considera el tiempo como una ‘commodity’.

El Pellizco Costa Calma by Rigoberto Almeida. Fuerteventura. Fotos: Rosa Bernardes.
El Pellizco Costa Calma by Rigoberto Almeida. Fuerteventura. Fotos: Rosa Bernardes.

Podría estar tecleando ad infinitum de Rigoberto, de sus investigaciones históricas, de sus atrevimientos con la maquinaria de vanguardia de cocina, de su swing generando mundos organolépticos inauditos que se burlan de las fronteras… Pero acaso sea mejor ejemplarizarlo todo en su actual menú, donde Fuerteventura se propone para futuros brillos gastronómicos con acentos transatlánticos y, sobre todo, con el abrumador talento y maestría técnica de Almeida.

Anuncian ya los snacks del menú ‘La guantanamera’, mientras el Atlántico brilla estático justo frente a la terraza del restaurante, la síntesis organoléptica y formal que es capaz de conseguir en el plato el talento de Almeida: el pescado seco es una galleta con emulsión de lima (emoción); Cuba se escenifica con un plátano fermentado en agua de coco envuelto en hoja de menta; la ‘trufa canaria’ (pella de gofio) incorpora guiso de cabra y mojo negro; el tradicional pejín (pequeño pescado seco) se escabecha con vinagre artesano de la isla; y el chicharrón es un estofado de cabra en polvo sobre un crujiente.

Impactos, esos, que, técnicas aparte, ponen en situación para acometer la singladura. Se empieza con ‘el pez en el agua’, un torbellino-homenaje al tomate majorero con su textura gelatinosa (el agua) surcada por pescado seco y aceite de albahaca. La aérea galleta de gofio, uno de los wows más celebrados del menú, es una metáfora de la fragilidad (milopectina pasada por brasa y presión y liofilizada), evanescente y sin embargo crujiente, incorpora pulpo, emulsión de plancton y brotes de alga códium, sugiriendo todos los matices pelágicos del Atlántico vertebrador entre Canarias y América que definen la cocina de Rigoberto.

El Pellizco Costa Calma by Rigoberto Almeida. Fuerteventura. Fotos: Rosa Bernardes.
El Pellizco Costa Calma by Rigoberto Almeida. Fuerteventura. Fotos: Rosa Bernardes.

La cesta de atún, otro de los éxitos de consenso, mezcla el gofio, el atún rojo, el ajo verde con pistacho y las chispas refrescantes del tobiko y el wasabi. La profundidad majorera se descara en otro de los ‘grandes’ del menú: la trilogía de quesos de Fuerteventura. Una fabulación que se derrama en la crema de queso freso mirando a Cuba, el merengue (suspiro) de queso semicurado y el buñuelo de queso curado y guayaba. Una locura. ‘Flor y néctar de cabra’ es el nombre que Rigoberto le ha dado a su homenaje al producto definitorio de Fuerteventura y a sus productores: yoghourt de hígado de cabra, pan de puño caramelizado, néctar de cabra y kombu… y su ‘cabrabushi’, finísimas láminas de cabra (al estilo del katsobushi japonés de atún) cubriendo. Almeida tiene ya un montón de patas de cabra secando para conseguir esa textura volátil nipona, pero con la identidad majorera.

Reaparece Cuba a lo grande, con una elaboración fascinadora: el ‘pescado negro’ (lubina de Aquanaria) con demi-glace de alubias negras, chícharos liofilizados y gel de plátano frito. A mi juicio, uno de los tops del menú.

Los sesos de camarón soldado de Fuerteventura, otro alarde de audacia, se presentan con infusión de algas, mojo verde de pistacho y caviar. Pura molicie marina…

Pero, ante el final inopinado de un crustáceo, rompe con todo Almeida con el postre: ‘cabra’. Más allá de la provocación, un postre valiente y extraordinario que sigue reclamando lo majorero a partir de un helado de la grasa y la carne de cabra, un algodón de leche y queso de cabra y carne de cabra caramelizada. Disruptivo es poco. Antes de ese final inesperado, sin embargo, un prepostre de ‘falso queso’ elaborado con una nube cítrica y aérea de lima en trampantojo y caldo de tuno indio.

Una revolución está en marcha en Fuerteventura.

El Pellizco by Rigoberto Almeida
Montaña Azufra, 1

Costa Calma (Fuerteventura)
Tel: 607 08 10 83
elpellizco.es
Cierra martes y miércoles
Precio menús: ‘La guantamera’ (95 €); ‘La majorera’ (80 €)

La Gomera, flotando irrealmente sobre el Atlántico, mesmeriza desde el muy chic comedor de Haydée (Gran Hotel Tacande, Adeje) y ajusta nuestra brújula con rumbo a una gastronomía, la del prolijo Víctor Suárez, hija apasionada de aquella isla, de las Canarias y de una resplandeciente trayectoria culinaria que, híbrida y virtuosamente promiscua de Martin Berasategui y los hermanos Adrià, ha fabulado una de las visiones más elegantes, precisas, respetuosas y altamente creativas de la contemporánea alta cocina canaria y española.

Música recomendada: AC/DC (You shook me all night long)
https://open.spotify.com/intl-es/track/6yl8Es1tCYD9WdSkeVLFw4?si=8a08a6e522f3472b

La primera vez que me encontré con Víctor Suárez fue en la pequeña cocina de su primer restaurante en Tenerife, el primero que abrió en La Orotava tras rechazar una carrera más que prometedora en la Península. Víctor, joven cocinero que se había ganado el respeto de Martin Berasategui (tanto en Lasarte como en el Abama de Tenerife) y de Albert y Ferran Adrià (La Alquería, Heart de Ibiza), sentía borbotear Tenerife, La Gomera, Canarias en su mente. Y no dudó. Desde los primeros momentos, vi en él la materia del talento, el tejido de la excelencia, la determinación sin fisuras de convertir su tierra, sus memorias (la abuela Haydée, de La Gomera, ya estaba presente en las paredes del comedor) y su inquietud creativa en una propuesta diferente, libre de ataduras, trabajada hasta la extenuación y arropada en una filosofía de servicio del máximo nivel. Recordemos, Martín, Albert…

Haydée by Víctor Suárez. Fotos: Rosa Bernardes.
Haydée by Víctor Suárez. Fotos: Rosa Bernardes.

Tesón y tensión habitan indefinidamente en él. Yo no sé cuántos días (y madrugadas) gastó Víctor para conseguir la perfección en aquella croqueta líquida de kimchi, plato que asombró a romanos y cartagineses y que ya está en el panteón de la cocina contemporánea canaria. Esta obsesión por crear y perfeccionar nunca lo ha abandonado.

Con todos los premios posibles (canarios y nacionales), además de hits como ser el único restaurante de las Islas Canarias en estar en la White Star List (la Michelin de los vinos) con su abrumadora bodega de más de 500 referencias insulares, peninsulares e internacionales expresada a partir del atlantismo y los pequeños productores, Suárez, por fin, dejó el Norte, punto cardinal difícil en un Tenerife cuya alta gastronomía busca sin excepción el Sur.

En un inteligente movimiento -ya con Estrella Michelin y Sol Repsol-, el mundo culinario de Haydée se movió al Hotel Gran Tacande 5*, en el Sur, en Adeje. No es difícil de imaginar que, en tan sólo unos meses, nuestro héroe recuperó tanto la Estrella como el Sol. Pero la jugada iba mucho más allá. Con un restaurante munífico, diseñado por Mercé Borrell (interiorista, entre otros, de Berasategui), unas instalaciones al máximo (cocina de 172 metros cuadrados para dar servicio a 26 comensales), vistas mágicas a la isla de La Gomera (principal fuente inspirativa de Víctor, porque de allí era su abuela Haydée, el motor emocional y creador del chef) y una escuadra invencible -ahí están el suave swing de Facundo Rodríguez en la sala y la chispa de Ángela Peña con los vinos-, el chef pudo dar por fin el gran salto adelante con todo a su favor: un continente amplificador de contenido.

No es Víctor un chef que se deje mecer en veleidades o situacionismos, y Haydée es la misma expresión de la solidez, la meticulosidad, el refinamiento. Porque la creatividad que rebosa en el menú es fruto directo de sus pequeños productores asociados, de su fascinación por el terroir que lo rodea temporada tras temporada, de la gestión responsable, pura reflexión, extrema finura en las hechuras y los acabados. Sus platos están medidos cronométricamente, metáforas precisas de su paisaje técnicamente extenuadas.

Nada de todo lo dicho es baladí, si buscamos entender el hedonismo ilustrado que propone Víctor, cuando estamos a punto para la cena en Haydée. La liturgia comienza en la llegada al hotel (edificio Casa Fuerte, con entrada independiente desde la calle), donde un gran photocall anuncia el disfrute de futuro inmediato, pasa por el patio canario y estalla en la sala, donde el equipo aguarda para dar la bienvenida.

Haydée by Víctor Suárez. Fotos: Rosa Bernardes.
Haydée by Víctor Suárez. Fotos: Rosa Bernardes.

Atmósfera quieta, lujo sin opulencias… Y el mar envolviendo La Gomera en difusa perspectiva leonardiana en los ventanales. Un destilado de almogrote (todo, en Haydée, se hace ‘en casa’), símbolo gomero, nos saluda y nos arrastra fuera de la normalidad, camino a la experiencia, a la singularidad. Recuerdo en este momento la determinación de Víctor, hace unos años, en hacer él mismo su pan. Ahora, aquellas madrugadas en La Orotava siguen en Adeje, pero el pan, su pan, ha conseguido ser considerado uno de los mejores de las Islas Canarias. Con trigo barbilla (ese trigo indígena casi extinto que él mismo recuperó) y una voluptuosa humedad. Junto con el bollo gomero, dulce erotismo, nos embarcamos alegremente en las mantequillas (almogrote, cabra y gofio con miel) y dejamos fluir los chochos (altramuces), veterano aperitivo canario, para abandonarnos a la sensualidad y el glamour del caviar romero (de caballa), elaboración recuperada de los años 70 y la última conservera gomera.

Los snacks son la certificación de la muñeca virtuosa de Suárez, y de como se puede condensar el sabor de una cultura en un sólo y lúdico bocado: la tortilla líquida de ajo homenaje a la que se hacía en el desparecido bar Los Mocanes, en La Gomera; la mini arepa con guiso de cabra, eje atlántico con América; y la tartaleta del conejo en salmorejo, monumento culinario canario (este plato pobló las primeras cartas de El Bulli) que Víctor intensifica.

El tomate en texturas abre la parte del león del menú. Granizado, agua, sorbete y cherry con mirin se solazan con aguacate a la brasa, cangrejo rey y una kombucha de té verde, albahaca y tomate seco. Todos los colores del tomate sobrevolando la mente. El potaje de berros (uno de los ‘clásicos’ de La Gomera) con morena (pieles, huevas) y escaldón de millo marca la ‘fácil’ exquisitez de Suárez para convertir elaboraciones tradicionales en tótems contemporáneos. Break con kombucha de frutos rojos y té hojicha.

Los grandes momentos de este menú ya no cesarán. El primero, uno de los fetiches de Víctor: el trigo barbilla. Prácticamente extinto, el chef lo recuperó en Icod de Los Vinos junto con Tomás, su productor. Toda la fuerza de este cereal remoto, ya usado por los guanches, junto a un obsceno caldo de manitas de cerdo, puré de plátano asado, chicharrón de cerdo con gofio y crujiente de masa madre. Suene el hard rock…

Haydée by Víctor Suárez. Fotos: Rosa Bernardes.
Haydée by Víctor Suárez. Fotos: Rosa Bernardes.

La jarea (tradicional pescado abierto y secado al sol), de vieja, se presenta con mojo verde y batata. El cherne negro aparece en dos pases: ventresca ahumada con caviar beluga y fumet de las espinas, y el lomo a baja y pasado por kamado con mojo rojo hervido y espuma de su pil pil. Pura celebración pelágica.

Spoiler: para el próximo menú (octubre 2026), Víctor, chef poco dado a las convenciones, va a incluir un producto que nadie trabaja en Islas Canarias. La perdiz. Y me la da a probar. Madurada siete días, luce un suave y travieso escabeche de azafranillo y se acompaña de ficoide glacial. Elaboración todavía inacabada, no dudo en decir que, en su versión final, será uno de los hits del restaurante. A pesar de la perdiz, no voy a delegar el cabrito embarrado (lechal de cuatro kilos) envuelto en hoja de platanera y acertadamente aliado con un cogollo de lechuga osmotizado en menta, una combinación grandiosa, a fe de Dios y buen cristiano.

Los postres no son aquí terminales, sino parte del imaginario canario que perla el discurso de Haydée. El ‘gofio’ (millo garrapiñado, helado de gofio de trigo barbilla, praliné y falsa holandesa de millo); el kakigori de pino canario (infusión) con miel de pino, piñones y horchata de piñones), un arrebato de bosque canario servido en gueridón; el ‘Garajonay’ (helado de corteza de piña, gelée de fresas, tierra de chocolate negro) nos envuelve de laurisilva terciaria; y la mistela (vino blanco, grappa, canela, clavo, anís, pieles de naranja y limón y caramelo).

El café, tinerfeño (Starmaya), de San Juan de la Rambla, servido en V60, ‘comme il faut’. Para deleite extra, la ‘timba’ de queso y guayaba.
Haydée no necesita adjetivos: es el gran restaurante de alta cocina canaria ‘par excelence’. Pero Víctor no va a parar…

Haydée by Víctor Suárez
Hotel Gran Tacande 5*

Calle Unterhaching, s/n
Costa Adeje. Tenerife. Islas Canarias
Tel: +34 822 68 00 48
https://restaurantehaydee.rest/es/inicio/
Cierra domingo, lunes, martes, y miércoles, jueves y viernes mediodía
Precio menús: 130 y 165 euros

‘Nunca te querré bastante’ (La Niña de La Puebla con Luquitas de Marchena)

Música recomendada: Nunca te querré bastanta (Niñade La Puebla y Luquitas de Marchena)

Me dice mi castigada memoria que yo, siempre mucho más cercano a Black Sabbath que al flamenco, conocí a La Niña de la Puebla en el suelo de una habitación semi vacía, en un gran caserón propiedad de Joan Manuel Serrat, en Camprodón, durante un remoto fin de semana lisérgico. Allí acudí, junto a Carlos (Eudald), hermano de Joan Manuel, y unos pocos fieles a, ejem, ver colores en lo salvaje, con el bosque como único testigo. Y allí, tirado en el piso, estaba el casette de La Niña de La Puebla junto a otra cinta con las primeras grabaciones de Carlos Gardel. Me las llevé ambas a casa.

Tras la primera escucha de esa voz más fina que el cristal de Bohemia, la que la acompañó hasta su muerte sin distorsión, me obsesioné con ella. A tal punto que, dada su avanzada edad en aquellos momentos -debían ser los finales de los ochenta, aunque si me acordase con precisión significaría que jamás estuve allí-, me juramenté conmigo mismo para poder verla en directo, algo que, en aquellos momentos, no parecía posible. No tengo ni idea de cómo conseguí su teléfono, aunque imagino que sería por la vieja regla de que entre dos desconocidos en el mundo sólo median seis intermediarios. O mediante el listín telefónico. No sé, porque Internet no estaba todavía ahí.

Niña de La Puebla y Luquitas de Marchena.
Niña de La Puebla y Luquitas de Marchena.

La primera conversación no fue muy bien. Me dijo La Niña que ya no actuaba, que estaba muy mayor, que imposible… La verdad es que aquella llamada era sin red, porque no tenía ni idea de como hacerlo. Así y todo insistí: billetes avión, hotel, transfers… y hasta un fee más que improbable para mi economía. Por fin, sin embargo, y ante la insistencia, me dijo que sí, que OK a todo pero que debía viajar con su hija, Adelfa (“Adelfa llevas por nombre y tu signo es ser fatal, la perdición de los hombres de van a llamar”, tarareo de memoria a La Niña y su marido, Luquitas de Marchena, aunque la canción no tiene nada que ver con Adelfa Soto, la hija y gran cantaora también fallecida), que no necesitaba hotel –“En Santa Coloma tengo muchas amistadas que querrán que me quede con ellos”, me dijo- y que el precio por el bolo era lo de menos.

Con el sí de La Niña, me vi obligado a buscar la plata. Acudí entonces por la cara a los tres colegas propietarios del entonces muy exitoso bar musical Universal -Claret Serrahima, Cesc Montseny y Toni Riera-, a los que (la noche todo lo aguanta) acabé convenciendo de la inversión.

Y, tío, ahí estaba La Niña. El Universal, hasta los topes gracias al extraño márketing que nos maravillamos en aquellos tiempos plastificados de posmodernidad y new romanticism. Minutos antes de comenzar el recital, le susurré a La Niña los nombres de los políticos y ‘famosos’ que estaban entre los acusmáticos, entre ellos, mi querido amigo Loquillo, para que los saludara. Lo hizo, claro, aunque cuando se dirigió a Loquillo, pensando que era un mote insultante, aclaró educadamente que “con perdón”.

Niña de La Puebla.
Niña de La Puebla.

Aquel puñado de canciones, acompañadas por el guitarrista del tablao de Maruja Garrido en la plaza Reial, fueron sin duda, además de un impensable éxito en una Barcelona de diseño, de los pocos momentos en que logré entrever algo parecido a la felicidad.

Al día siguiente me rindieron homenaje en La Peña Niña de La Puebla de Santa Coloma de Gramenet, y hasta me colgaron la insignia de oro de la asociación mientras nos poníamos como Las Grecas de flamenco, olivas rellenas y chips.

Niña de la Puebla.
Niña de la Puebla.

Ya nunca más dejé de hablar con La Niña. La telefoneaba, cada año, el 31 de diciembre para desearle un buen Año Nuevo. Y aunque la llamase tarde en la noche, siempre estaba despierta y leyendo (en braille). “Me gustan muchos los Episodios nacionales”, recuerdo que me decía con aquella voz privilegiada que nunca olvidaré.

Una única espina clavada tengo: en aquella conversaciones terminales, me confesó que lo único que deseaba en la vida era que le dieran la Medalla al Mérito en el Trabajo, y juro que lo intenté con todas mis relaciones y fuerzas. No lo conseguí.

A La Niña de La Puebla le concedieron la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes a título póstumo.

Me hace llegar Berthe Huchin (Charcuterie Fine Maison Huchin, en Cologne, junto al brumoso Calais) unas muestras de sus productos distintivos, que ahora mismo está empezando a distribuir en España. Boudins tradicionales (el blanco) y sofisticados (los mismos blancos con foie gras de pato o trufa negra), patés de alcurnia y el monumental potjevlesch, remota terrina de cuatro carnes nobles ‘pour epater le foodie’. Pura historia sin mistificar: “Son las mismas recetas que hacía mi abuelo”.

Música recomendada: Hey Joe (Johnny Hallyday)

Fue en 1936 cuando comenzó el mito (el abuelo), tras los principios en el negocio alimentario de la familia Huchin a principios de los felices años 20. De su erudición y sus manos brotaron las chacinas que hoy, sus descendientes, tan sólo con un respetuoso aggirnamento, están ubicando en la restauración y la clientela que busca más allá de lo adocenado.

De esta suerte, una receta tan espectacular como desconocida aquí, el potjevlesch, una terrina con sólo los cortes más nobles de carnes de cerdo, pollo, conejo y ternera cocinados en sus propios jugos, se propone como punta de lanza de todos sus productos. Las carnes, vinagre, gelatina… Ingredientes para una exquisitez -delicada textura y refinado sabor- de artesanía sin concesiones que, se dice (aunque hay reclamaciones desde Bélgica), surgió en Dunquerque en la Edad Media, y que debe degustarse fría, a pelo o con patatas.

Los patés de Maison Huchin. Foto: Rosa Bernadres.
Los patés de Maison Huchin. Foto: Rosa Bernadres.

Antes de entrar en la munificencia del potjevlesch, sin embargo, pruebo el paté de cerdo ‘Le bourgeois du Nord’, el más montaraz de la familia Huchin, sabores potentes en textura no obstante refinada. Y el paté ‘à la Louche’, una pieza de artesanía que cuenta con foie fresco de cerdo y especias trabajados a mano para conseguir el sabor ancestral del norte de Francia en una textura casi de mousse.

Potjevlesch de Maison Huchin. Foto: Rosa Bernardes.
Potjevlesch de Maison Huchin. Foto: Rosa Bernardes.

Todo ello, antes de acometer las salchichas Maison Huchin (premiadísimas, por cierto). Su boudin blanco es cremoso, subyugador; pero sin duda la gran estrella es el boudin blanco al foie gras de pato, de una rara sofisticación y grácil equilibrio. Y luego está el boudin blanc con trufa negra, más perfumado, otro hit en mesas con enjundia. Todos ellos, pasados por la plancha o la sartén sin nada -en mi caso, siempre buscando sinergias, con el magnífico membrillo de Panyola, en Hungría, las mermeladas y jaleas más alucinadas que probé en mi vida, sin azúcar, sólo muñeca, gracias a Orsolya Madary y Barbara Balogh- o con compota de manzana. El champagne no es obligado, pero, ya tú me entiendes…

Me dicen los Huchin que estas especialidades tienen mucho que ver con las fiestas de Navidad; pero, qué caramba, tal como está el patio, no me importa hacer de cada día una fiesta.

Maison Huchin
Berthe Huchin (España)

https://lnkd.in/dv935WK2
contacto@maisonhuchin.com

Me llaman los responsables de esta nueva marca -Santa Brisa- para hablarme de su margarita, el famoso cóctel mexicano a base de tequila blanca, triple sec (o algún licor de naranja) y zumo de limón, esta bebida tan peliculera y que nos lleva, con sólo oír su nombre, a ensoñadores atardeceres junto a un mar cálido. Mmm. Y me dicen Miguel Oehling -zaragozano afincado en Los Ángels pero con muchos años en México- y su mujer, Ann-Sophie Hantzsche, que han logrado embotellar el mito con el concurso del director de mixología de Rosetta, afamado restaurante con Estrella Michelin del DF. Caramba.

Música recomendada: I get a kick out of you (Frank Sinatra)

Lo siguiente es recibir la botella en casa. No tardo demasiado -el tiempo siempre apremia ante lo que me prometen será un muy buen trago- en refrescar la botella, preparar un platito con sal, mojar el borde de la copa con limón para rebozar y, con generoso hielo, imaginar que las calles de Gracia (Barcelona) que se me ofrecen a través de los ventanales de mi apartamento son aquel Acapulco mítico de los años 60, cuando un margarita a la caída del sol frente al océano se nos antojaba el máximo lujo posible.

Un margarita Santa Brisa transformando Gracia en Acapulco...
Un margarita Santa Brisa transformando Gracia en Acapulco…

Con el tercer sorbo ya me siento como un jet setter vintage apoltronado en el hotel Flamingos y, con el cuarto, hasta me parece vislumbrar a los clavadistas de La Quebrada fardando al fondo, en la plaza Lesseps. Me pongo el disco de Frank Sinatra en directo el Sands y acometo la segunda tirada porque, oye, son dos días y dicen que mañana vuelven las lluvias.

Con la segunda copa se hace patente el delicado equilibrio de la receta, que busca más el glamour que la tralla alcohólica. Suave y limpio balance entre el tequila blanco artesanal 100 % agave azul, elaborado a partir de agaves cocidos lentamente en hornos de mampostería, la lima fresca de Michoacán, el licor de naranja natural y el sirope de agave orgánico.

Un cóctel ready-to-share que contiene la mitología pero la dispensa con elegancia. Me parece una solución eficaz (sin perder esencia) y con clase para tener en la nevera y, sin esfuerzo, alegrar un mediodía indolente o una cocktail hour apasionada.

Margarita Santa Brisa
La encontrarás en tiendas gourmet de Madrid, Barcelona, Zaragoza y Baleares. El listado actualizado de puntos de venta puede consultarse en su página web:
www.santabrisa.com/@santabrisa

80 restaurantes con 80 miradas distintas de chefs de Europa y Brasil. Todos ellos visitados, aprehendidos y disfrutados en un 2025 vertiginoso ‘à bout de souffle’.

Visitas sin ningún miramiento ni sesgo. Desde chefs y estrellas mundiales hasta sencillas (y atareadas) barras o botecos indeclinables. Tirios y troyanos. Cocineros capaces de traducir fielmente sus paisajes en el plato, jóvenes emergentes, históricos que nos hacen soñar sin tiempo, creatividades sorprendentes, tradiciones de futuro, vindicaciones estilosas, fusiones inteligentes, productos epifánicos, descubrimientos asombrosos… Todos fascinantes en su clase, porque viajamos sin pódiums ni lentejuelas en la impedimenta, buscando tan sólo -como diría Ferran Adrià, “la magia”. Y, recorriendo la trayectoria entera, mucho rock ‘n’ roll y más alborozo.

80 restaurantes (ordenados en neutral orden alfabético) que destacan entre los muchos otros compartidos con amigos y colegas, entre birras, chopps, vinos y burbujas, entre mediodías indolentes de terraza y noches furiosas de pasión…
Pump up the volume!

Los 80 Top de Xavier Agulló 2025. España. Fotos: Gastrophoto_

España

Absis (Barcelona)
Antiquari Gastronòmic (Barcelona)
Bar Pietro (Barcelona)
Barbudo (Madrid)
Bodega Rosell (Madrid)
Brisa Marina (Lanzarote)
Casa Leopoldo (Barcelona)
Casa Luz (Barcelona)
Casa López (Barcelona)
Casa Rioja (Valencia)
Casa Romántica (Gran Canaria)
China Crown (Barcelona)
Coque (Madrid)
El Boquerón (Madrid)
El Pellizco (Fuerteventura)
Enigma (Barcelona)
Esperit Roca (Girona)
Ganbara (San Sebastián)
Gelato Collection (Barcelona)
Gloria Osteria (Barcelona)
Gurí (Barcelona)
Haydée (Tenerife)
Hermanos Vinagre (Madrid)
Kresala (Barcelona)
L’Os Panda (Barcelona)
Lao Tou (Madrid)
Los Caracoles Casa Amadeo (Madrid)
Macambo (Barcelona)
Mandarin Palace (Barcelona)
Palacio Ico (Lanzarote)
Roig Robí (Barcelona)
San Kil (Barcelona)
Tapeo (Barcelona)
Vint-i-quatre (Barcelona)

Los 80 Top de Xavier Agulló 2025. Brasil. Fotos: Gastrophoto_
Los 80 Top de Xavier Agulló 2025. Brasil. Fotos: Gastrophoto_

Brasil

Aconchego Carioca (Rio de Janeiro)
Adega Pérola (Rio de Janeiro)
Angá (Patrópolis)
Arrastapé (Rio de Janeiro)
Babbo Osteria (Rio de Janeiro)
Balcao 201 (Rio de Janeiro)
Bar do Momo (Rio de Janeiro)
Bonaccia (Petrópolis)
Cachambeer (Rio de Janeiro)
Capiau (Rio de Janeiro)
Carioca cevicheria (Rio de Janeiro)
Churrascaria Palace (Rio de Janeiro)
Cipriani (Rio de Janeiro)
Cotovelo (Rio de Janeiro)
Doce Brisa (Rio de Janeiro)
Empório Jardim (Rio de Janeiro)
Fixi (Arraial do Cabo)
Francese Brasserie (Rio de Janeiro)
Gastromotiva (Rio de Janeiro)
Giuseppe Grill (Rio de Janeiro)
Instituto Bazzar (Rio de Janeiro)
Jobi (Rio de Janeiro)
Labuta Brasa (Rio de Janeiro)
Lasai (Rio de Janeiro)
Lilia (Rio de Janeiro)
Liz Cocktails (Rio de Janeiro)
Madame Olympe (Rio de Janeiro)
Marine Restó Hotel Fairmont (Rio de Janeiro)
Mee (Rio de Janeiro)
Ocya Ilha (Rio de Janeiro)
Ofelia (Rio de Janeiro)
Oro (Rio de Janeiro)
Oteque (Rio de Janeiro)
Padaria Ipanema (Rio de Janeiro)
Pato com Laranja (Rio de Janeiro)
Pedra do Leme (Rio de Janeiro)
Polvo Marisqueria (Rio de Janeiro)
Quinta da Henriqueta (Rio de Janeiro)
Quitéria (Rio de Janeiro)
Rudä (Rio de Janeiro)
San Omakase (Rio de Janeiro)
Tijolada (Rio de Janeiro)
Toto (Rio de Janeiro)
Tregua (Rio de Janeiro)
Yaya Comidaria Pop (Rio de Janeiro)

Los 80 Top de Xavier Agulló 2025. Italia. Fotos: Gastrophoto_
Los 80 Top de Xavier Agulló 2025. Italia. Fotos: Gastrophoto_

Itália

Grillo Fuoco e Materia (Milano)

Su genética y entorno familiar son coreanos; su vida, Barcelona, donde nació; su trayectoria profesional, las cocinas triestrelladas de Disfrutar, Àbac o Azurmendi. Tremenda mixtura que el chef Kiwon Kim, hijo del restaurante San Kil (un veterano de la cocina coreana en Gracia, Barcelona), está transformando desde la pura Corea de sus padres hacia otros horizontes donde los cánones asiáticos se reflejan en los mundos y virtuosismos contemporáneos de aquí.

Kiwon Kim no ha renunciado a Corea. Lo que ha hecho es, a partir de las enseñanzas tradicionales de sus padres, jubilados del restaurante hace un par de años, mirarlas desde la privilegiada óptica que le han conferido sus ‘amistades’ con algunos de los mejores chefs de España (por no decir del mundo). Sin locuras, sin gestos estrafalarios, sin pedantería. Au contraire, con respeto al espíritu y los fondos, pero dotándolos de clase culinaria, de finos mestizajes y de medida libertad compositiva (que no libertinaje).

San Kil. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
San Kil. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

El restaurante luce como siempre, como un normal asiático de barrio; lo diferencial está en la mente y las muñecas de Kiwon. En el plato. El banchan (contorni habitual en la cocina coreana) es el habitual: encurtidos (sazonados) de pepino, berenjena y nabo, más, por supuesto, el kimchi. Destaca no obstante su refinamiento, más europeo que asiático.

Se comienzan a ver las maneras alternativas de Kiwon con las croquetas: de kimchi y de costilla de ternera. Frito perfecto, delicado, y masa cremosamente afinada. Y sabor. Otra forma de entrar en el imaginario coreano… Las gyozas (mandu) de cerdo, otra vez, se exhiben con un crujiente intachable.

Más osado es, desde luego, su tartare de atún, una elaboración singular (lo que ya es decir con la ubicuidad de esta receta) que nos deja atisbar futuros menos convencionales en el San Kil: el atún (yellow fin) se mezcla con un ajoblanco de lichi (peculiar sensación dulce) y se corona con un helado de aceite de oliva, una presentación que rompe fronteras organolépticas.

San Kil. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
San Kil. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

Ese toque dulce, tan característico de las cocina asiáticas, vuelve a descararse en el tartare de ternera, que se enamora del gochujang (espléndida salsa fundacional coreana fermentada de chile, arroz y soja con mucho umami y sutiles destellos frutales) y de la pera, acompañado de pan chino.

El pollo frito de Kiwon, más canónico, es puro gozo, tocado de gochujang y miel y con un crujiente morboso. Espectáculo. Y otro clásico coreano: la tortilla de kimchi, potente pero elegante.
También dentro de la tradición, el delicioso jachep, fideos de boniato con verduras y ternera, para disfrutar sin límites.

Saliéndose otra vez de la norma, Kiwon propone ahora un canelón de carrillera de ternera a baja temperatura con crema de boniato y copete de setas, ejemplo virtuoso de como se pueden aliar culturas culinarias para conseguir sensaciones distintas.
Como final, el hottok (panqueque coreano) relleno de cacahuete, panela y miel y refrescado con un helado de leche ahumada.

Me dice Kiwon al despedirse que no ha podido ofrecerme más de sus muchos platos personales y nuevos debido a que el restaurante estaba a tope. Pero tiempo habrá.
Porque está claro que lo que he vivido hoy es sólo un principio…

San Kil
Legalitat, 22

Barcelona
Tel. 932 84 41 79
Cierra domingo y lunes
Precio medio: 35 euros

No debe inquietar el exceso visual (y espacial) que te recibe en el Gloria Osteria: es sólo el envoltorio (un tanto kitschoso, esto sí) de una cocina que, con los mínimos alardes, fotografía con precisión una correctísima -y veces hasta brillante- cocina italiana moviéndose con swing desde la tradición hasta medidos destellos lujosos. Detrás de todo, el exitoso grupo internacional Mamma Mia y, sobre todo, el chef ejecutivo, Daniele Tasso, que a pesar de dar 3000 cubiertos a la semana, mantiene el pulso firme desde los antipasti hasta los postres.

La frontera entre el glamour y la demasía son difusos en el Gloria Osteria (el gigantesco local donde fracasaron los hermanos Iglesias en su alianza con los Messi), un espacio de dos plantas generosas y jardín inabarcable (sin uso hostelero) que se mira en una opulenta versión art decó llena de espejos, grandes figuras de perros, fantasiosas lámparas colgantes de Murano… Un desenfreno óptico que, no obstante, juega en lo alto con discretas y pequeñas mesitas, vajilla hecha a mano, servicio rápido y competente y una cocina afinada y aplomada.

Gloria Osteria. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Gloria Osteria. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

Podría parecer que, en un restaurante de estas proporciones, lo puramente comercial machacaría a lo gastronómico; pero no es así. Gloria Osteria demuestra que se puede hacer buena cocina aun con gran volumen (véase Nandu Jubany, uno de los pioneros de la maximización culinaria de alta calidad en sus banquetes y bodas).

Daniele Tasso no falla. Buen conocedor de la tradición italiana por su familia (panaderos y pasteleros genoveses), sus platos son, primero, honestos, y después, perfectamente ajustados y presentados. No se deben buscar creatividad ni virguerías aquí, sino muy buen producto (todo, excepto lo fresco, llega diariamente de Italia, y la pasta, el pan y los helados se hacen in situ) y unos puntos exactos. Digamos ahora que el precio medio se sitúa en los 45 euros, lo que todavía engrandece más la propuesta.

Gloria Osteria. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Gloria Osteria. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

Con la luz entrando a raudales por la gran cristalera que da al jardín, y con un servicio de orden ejemplar, llega lo primero a la mesa: el tonno tonnato, unas láminas de atún rojo Balfegó con salsa tonnata y alcaparras. Una entrada fresca y equilibrada. Los arancini de queso con trufa son otro ejemplo de sencillez vestida de elegancia. Y la burrata, cremosa y cremosa, acompañada de un pesto de pistachos (servida con pan carasau), cierra esta, digamos, gozosa bienvenida a Italia.

Llega la cesta de pan (grissini al pecorino, focaccia, pan de aceitunas, todo maison) y, con ella, el lujazo de una ensaladilla (‘lobster rusa’) con cangrejo real, langosta en crudo y hierbas frescas, bautizada en directo con un gazpacho de peperoncini y pepino. Extática.

Gloria Osteria. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Gloria Osteria. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

Volviendo a las raíces italianas: risotto de porcini (y setas japonesas) fino, boscoso, envolvente. Spaguetti a metro con salsa de tomate (San Marzano, daterini y tradicional). Mantecados en gueridón con parmiggiano. Epifánicos.
Tagliolini al nero di seppia con sepia, atún fresco y ese cosquilleante toque cítrico. Y me da a probar Daniele uno de los muchos contorni de la carta: las setas de cardo glaseadas con tomillo.

Me quedan por degustar un montón de platos, las pizzas… Pero será en otra ocasión.
Aunque en ésta no delegué los postres, e hice bien. La tarta de chocolate con café y canela sobre cama de nata montada, una obscenidad; los profiteroles de helados cremosos (avellana, pistacho) bañados con chocolate; el flan de vainilla, otro hit; y el tiramisú, por supuesto, sicalíptico.

O sea, autenticidad y savoir faire a lo grande.

Gloria Osteria
Enric Granados, 86

Barcelona
Tel. 930 46 41 20
Siempre abierto
Precio medio: 45 euros

Lo primero que hay que decir, antes de empezar, es que Roberto Sihuay es un cocinero extraordinario. Su Perú, sin renunciar a los colores fuertes y diversos de su geografía sensorial, se explica a través de su talento culinario, su gusto en las cocciones y su clase en las elaboraciones. Un Perú sin disimulos que, no obstante, se siente cómodo en la finura, en la exquisitez, en el ‘más allá’. Esto es Macambo, su nuevo restaurante en Barcelona.

Ex cocinero de Virgilio en el Lima de Londres (entre otros locales propios en Barcelona e Ibiza, recordemos el fantástico Ceviche 103), Roberto tiene gestualidad refinada incluso con el clásico lomo saltado, esa popular receta limeña encriollada de China. Porque, con la dilatada historia mencionada, Sihuay es capaz de, partiendo de las tradiciones peruanas, andar caminos innovadores y delicados, diferentes, visiones personales y hasta sinápticas de su mundo organoléptico. Aunque el subtítulo de su restaurante es ‘alta cocina peruana’, no haría falta la tautología: Roberto es alta cocina.

Macambo. Barcelona.Fotos: Gastrophoto_
Macambo. Barcelona.Fotos: Gastrophoto_

Aposentado en Sant Gervasi, con dos plantas (completamente llenas el día de mi visita) y dos terrazas (exterior e interior), cocina abierta y bajo la dirección de su colega de aventuras cosmopolitas –Eduardo Fernández-, Macambo no es sólo una entrada triunfal propia en la ciudad de Roberto, sino “el principio de un proyecto más grande”, me dice. El año que viene abrirá dos restaurantes en Colombia: en Medellín y en Guatapé.

Sea como fuere, hoy no especularemos de futuro, sino que vibraremos de presente. Para comenzar, propone Sihuay unos uramakis de salmón con salsa anticuchera, langostino rebozado en panko y crocante de boniato, puro mestizaje. Conviene destacar que el Macambo luce atmósfera informal, y que Roberto se trae un montón de productos de Perú.

El ceviche de rocoto, con corvina, incorpora unos epifánicos chicharrones de calamar (merecen plato aparte por su precisa levedad) y podría ser la metáfora del elegante swing del chef.
El glamour llega ahora, con ese pan de Triticum que Sihuay rellena con una generosa mantequilla de olivas de botija y ajo asado. ¿Te lo imaginas?

Macambo. Barcelona.Fotos: Gastrophoto_
Macambo. Barcelona.Fotos: Gastrophoto_

Muestra de su memoria heterodoxa son las vieiras a la parmesana (versión de las peruanas conchas a la parmesana), con ají amarillo, con resultante sofisticada, toques quemados…
El lomo saltado (con rubia gallega) es otro de los símbolos del restaurante, de lacerante perfección, limpieza, estereofonía.

Viajamos ahora al Perú remoto con la carapulcra (a base de patatas secas hidratadas) coronada de un pulpo a la brasa con salsa anticuchera y la alegre picosidad del ají panca.
Y los picarones con miel de higos y helado de lúcuma, elaboración de las hermanas de Roberto, pasteleras de alto nivel y que nos llevan en volandas a la ensoñación peruana.
Roberto está de nuevo en la ciudad. Y espero que se quede.

Macambo
Laforja, 83

Tel. 934 30 54 47
Barcelona
Cierra domingo noche y lunes
Precio medio: 55 euros

Hacia bastantes años que no iba al Roig Robí (Barcelona), y no por falta de ganas, sino por las complicaciones logísticas de mi vida errante, hasta que un día me llamó Sonsoles Llorens, diseñadora y mujer de Joan Crosas, quien está al mando del restaurante desde el fallecimiento de la muy querida Mercé Navarro, su madre y la chef y fundadora del establecimiento. Ahí ya no fallé. Ocupando una mesa de esa deliciosa terraza interior, donde tanto vivimos en los tiempos del fulgor barcelonés, dejé que Joan alegrara mi mediodía. Y ya te digo, placeres gastronómicos concatenados con gran producto exquisitamente trabajado. Como siempre en esos últimos 43 años.

Roig Robí. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Roig Robí. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

No ha pasado el tiempo en Roig Robí; o, mejor, ha pasado de la mejor manera. El restaurante luce como al principio, elegancia sobria, iluminación cuidada, los saloncitos discretos con mesas generosamente separadas y, por supuesto, la recoleta terraza. Testigo y protagonista de los cromáticos años ochenta y noventa, cuando todo resonaba en la ciudad, hoy (es martes) sigue prácticamente lleno y con mesas brillando de conspicuo personajes de la cultura barcelonesa. Como siempre.

Y como siempre también Joan. Su filosofía, heredada de su madre –“aunque ella era más creativamente audaz”, me habla-, de amor por la cocina expresado a través de las temporadas, sus productos, la gestión directa con el mercado –“ahora tengo un pescador que trabaja para mí, y me trae piezas excepcionales”- y el sutil cariño en las ejecuciones no se ha movido ni un ápice. Cocina catalana de relumbrón, de sabores límpidos y sugestivos, de contorni sencillos pero cronométricos, de pulcritud fina, en definitiva.

Roig Robí. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Roig Robí. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

Resulta interesante reflexionar sobre el tiempo: las sensaciones (sabores, texturas, combinaciones, atmósfera) en Roig Robí siguen en el hedonismo natural de siempre, y, sin embargo, sabemos que aquellos platos no son éstos. La cocina, dirigida por Joan y con un equipo cosmopolita, ha sabido avanzar temporalmente manteniendo la ilusión de las magias recordadas. Es decir, los levísimos buñuelos de bacalao que estoy comiendo -uno de los hits desde los inicios- son aquellos, pero a la vez son otros. Actualizar y mejorar la nostalgia, porque fijo que los de ahora son mejores. Una caricia palatal, hermano.

Con esa estética de prístina limpieza que marcó Mercé, la verdad de Roig Robó no es especulativa. Ahí están esas anchoas refinadas, simplemente acostadas en pan con tomate. Excelentes. O la crema de calabaza, de elegante profundidad, tocada con papada crujiente.

Metáfora de una ideología que busca el alma del producto desde lo ontológico son las setas (níscalos, boletus y llanega negra), brevemente salteadas a pelo, una sinestesia instantánea del bosque.
Gourmand, también. He aquí los macarrones gratinados con setas de san Jorge y cerdo, en los que el placer directo se sutiliza con mucho chic.

Roig Robí. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Roig Robí. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

El tartare de lubina y gambas, de lúbrica y grasa factura, es uno de los tops del menú, chispeante de huevas de trucha. Y mucha clase el hummus topeado con pulpo a la brasa.
Fino y exacto el rodaballo marcado en brasa minimalistamente acompañada de una finas y crujientes patatas. La sofisticación de la sencillez. Por fin, el clásico steak tartare con quenelle de mascarpone y mostaza antigua, quién le diría que no.

No puedo evitar, porque se creó como homenaje a mi querida Imma Crosas (cocinera, hermana de Joan y ex chef de Roig Robí), el babá al ron flambeado en directo, un inevitable recuerdo de los viejos tiempos que fatigamos juntos.

Epílogo. Sentarse en el Roig Robí no es sólo un pensamiento proustiano. Es un gozoso paseo por lo más actual y noble de la cocina catalana.

Roig Robí
Séneca, 20

Barcelona
Tel. 932 18 92 22
Cierra sábado mediodía y domingo
Precio medio: 60 euros