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¿Qué sucede cuando se juntan el mejor barman del mundo (Paradiso Barcelona, Mejor Bar del Mundo 2022) y el chef más reflexivo y disruptivo del planeta (Mugaritz)? Pues que lo imposible se transmuta en perfección. Giacomo Gianotti y Andoni Luis Aduriz, alquimistas y taumaturgos de lo nuevo, lograron, con una inverosímil fusión engranada en prolijas complejidades, recrear un menú extasiado, arrebatadoramente apelativo… Extraordinario.

Música recomendada: Psycho killer (Talking Heads)

Ocho cócteles para ocho secuencias culinarias (metaculinarias). ¿O fue al vesre? “La coctelería es cocina fría, sin llama”, argumentaba Andoni antes de empezar. “”Cuando conocí a Andoni supe que algún día debíamos hacer algo juntos”, explicaba Giacomo.
El afortunado encuentro se ubicó en el Paradiso Lab, en la calle de al lado del bar que, como cada día, exige hacer cola para entrar. En el Lab la mesa era imperial, y la fiesta sensorial y cerebral vibraba desde la misma puerta, con un cóctel ‘Americano’ tocado tropicalmente por fruta de la pasión. Este combinado, el primero de la noche, marcó también la primera entrega de Andoni: una carbonara (ejem) que bien podría haber sido diseñada por HR Giger, un salvajismo de fermentos, quesos y sensaciones fúngicas en desinhibida promiscuidad.

Texturas traspasando todos los límites: espardeña con la piel suflada y rellena de un ceviche de sus interiores. Tormenta sensorial con una de las armonías líquidas más frescas y holísticas de la noche: ‘Aliens’, tequila blanco Don Julio con cordial de nopal, pomelo, bergamota y una corona de chapulines en tomate para el borde del vaso.

Bar Paradiso. Barcelona. Fotos: Xavier Agulló.
Bar Paradiso. Barcelona. Fotos: Xavier Agulló.

Otra salida del mismo tequila, el cóctel ‘Nazca’, en esta ocasión con leche de tigre de manzana y uva, cordial de maíz y estragón, cordial de té floral y destilado de clorofila, servido al momento y generando un cambio de color gracias a una lámpara UV. Brujería cromática para un petting con el maíz confitado y el colaborativo mochi de huacatay refocilándose en un praliné de sarraceno. Preciso juego áurico en la composición general.

La famosa teta de Mugaritz, que tanta literatura generó en su día -en realidad, fue un homenaje de Andoni a la artista Prune Nourry, que sufrió la extirpación de su seno a causa de un cáncer-, se chupa por el pezón, extrayendo en esta versión leche de oveja y heno… Paisaje. Servida junto con su remota ciruela pasa terrosa. Solidaridad líquida con el ‘Subterranium’, ron Zacapa 23 con leche de cabra, licor de heno, apio-rábano, manzana y cordial de rábano picante. Servido dentro de una manzana-vela que se enciende al momento.

Aparente regreso a la tierra… El solomillo. Falsa alarma, por fortuna. Curado en azúcar y cacao y rodeado de penicillium, en una viaje transgénero hacia el salchichón. Regresa Giacomo al tequila blanco Don Julio, en orgía con mezcal Casamigos, licor de cacao y tomate de árbol, jengibre y hojas de higo. El ‘Tlaloc’, servido en una ‘lámpara-seta’ que cambia de color.

Bar Paradiso. Barcelona. Fotos: Xavier Agulló.
Bar Paradiso. Barcelona. Fotos: Xavier Agulló.

El combinado ‘Revival Negroni’, elaborado con tequila reposado Casamigos, bitter, vermouth, mantequilla de setas y chocolate y manzana fermentada combate con el provocador ‘turrón’ de avellana de Andoni (a la manera del tempeh indonesio) sobre praliné salado, junto con setas confitadas en enebro. Fermentados desatados…

Más madera: la cara, el ‘primer beso’… Esa máscara llena de flores y kombucha que hay que chupar sin cubiertos (toda la experiencia es sin cubiertos, ça va de soi), interpelación de Aduriz al cariño, y ‘nigiri’ de koji blanco con koji negro. El cóctel: ‘Enigma’, vodka Ketel con infusión de pino, cordial de frutos rojos, hidromiel de pino negro y limón. Servido dentro de una cabeza de porcelana a la que hay que extraer el cráneo, dejando a la vista el cerebro rosado de helado del cordial.

El ‘Gran Gatsby’ es el cocktail final (whisky Johnny Walker Gold Label, miel de trufa blanca, amaro, esencia de lavanda y ahumado con tabaco de vainilla y chocolate. Nobles humos flotando sobre la mesa… Y entonces el mantel emparedado de trufa relleno de setas y, al lado, una vaina de vainilla rellena con huevo, huevas de mújol y semillas de vainilla. Chupa.

Nada de postres. Sólo esa jubilosa sensación de estar ante dos creadores en momentos de gloria. Ante la atonía general de la cocina en España, el tedio, la recurrente tradición y el ‘planismo’ global que se cuela en las cocinas, hacer un ejercicio ‘Mugaritz’ (y más con Gianotti, otro inconformista militante) te vuelve a la fe perdida y maltrecha entre malas copias y croquetas desmayadas.
Pero todavía quedaba algo en la noche: el amaro de trufa blanca de Alba de Paradiso, un último trago que no delegué.

En el barcelonés barrio de Gracia, muy cerca de la plaza del Nord, se oculta un bar (ilustrado) que, en el poco tiempo que lleva abierto, ya es culto para romanos y cartagineses: el Oído. Al mando, Pedro Baño y Francisco Benítez. En la mesa, tapas y raciones elaboradas con mimo, jovialidad y savoir faire.

Música recomendada: Rumba de Barcelona (Gato Pérez)

Vecinos del barrio, aunque Benítez es mexicano, Pedro (Caelis, profesor de la Hofmann…) y Francisco (Noma, Paco Pérez…) se han ingeniado, en un discreto local con mini cocina, un baluarte de la tapa clásica sin alardes, pero con aplomo y mano fina. Ese bar que todos quisiéramos en la esquina de casa…

Me acerco al Oído (palabra usada en cocina para darse por enterado de un pedido) justo a las seis de la tarde, hora en que abre el establecimiento (en finde abren al mediodía), pero no tardan, tras apurar mi primera cerveza, en llegar otros clientes. Las buenas noticias corren rápido por Gracia…

Oído. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Oído. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

Decido comenzar con unos boquerones marinados con vinagre de arroz y mirin, que, a pesar de ser sutiles, están faltos de una garra más canalla. Pero bueno… El clásico foie gras a la sal con higos y toque de PX, sobre focaccia, se ofrece con un exquisito equilibrio que delata el buen gusto de Baño. La croqueta de ibérico, otro acierto de sabor y lúbrica textura, coquetea con una mahonesa de boletus.

Clasicismo de barra con los mejillones bouchot a la crema, de perfecta cocción y maneras glamourosas. Preciso, con una taumatúrgica cocción en la robata, el pincho moruno de ternera, que se alegra con un pico de gallo con piña, aportación, claro, del mexicano Francisco.

Oído. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Oído. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

Por fin, porque más días habrá, los macarrones del cardenal, una elaboración popular en Catalunya durante el XIX y que recuperó en toda su opulencia el gran Carles Gaig. La receta de Oído es refinada, aunque sin evitar la fastuosidad de la crema de queso, el cabecero de lomo y la butifarra en orgía desmelenada. Excelente versión.

Unos días después, quise ir a probar el local madre (aunque, visto lo visto, habría que invertir el parentesco) de los dos chefs, la Fonda Pepa, también en Gracia, mas, ¡ay!, con un resultado decepcionante. Servicio pobre, platos dejados de la mano de Dios, ejecuciones infortunadas (el milhojas de papas y queso incorporaba unos huevos de codorniz gélidos y el crujiente de brandada ni recordaba al bacalao).
Aunque, comme on dit, siempre nos quedará Oído.

Oído
Providencia, 41

Barcelona
Cierra domingo y lunes
Precio medio: 30 euros

Con una certera filosofía enfocada a la pedagogía, los responsables de los exitosos Barrafina de Londres (célebres restaurantes de cocina española informal de altísima calidad), más allá de los habituales ‘cuatro manos’ o ‘jam sessions’ culinarias, apuestan por traerse a la capital británica a grandes chefs españoles para impartir formación directa a sus cocineros y camareros. Y, de paso, prestarles durante dos días su cocina para regalo de los londinenses gourmet.
De esta suerte, nos encontramos a Iris Jordán y a su hermano Bruno (Ansils, Huesca) detrás del mostrador del Barrafina de Borough, junto al famoso mercado gastronómico.

Música recomendada: Spanish stroll (Mink de Ville)

Me cuenta el proyecto Anna Watkins, directora general del grupo Barrafina (con seis restaurantes en Londres, además de otras marcas de restauración de inspiración española como Quo Vadis, Parrillan o la mexicana El Pastor) y prima de los fundadores, los hermanos Harts (Sam y Eddie), insistiéndome en que “la parte didáctica de este proyecto -que se llama ‘Barrafina invita’ y con el que ya hemos traído a Miguel Caño, Borja Marrero o Xavi Pellicer– es la más importante, porque desde que se fundó Barrafina nuestra obsesión ha sido ofrecer no sólo los mejores productos españoles, sino también la mejor cocina, y para ello nuestros cocineros deben estar aprendiendo constantemente, entonces, qué mejor que regalarles clases prácticas en directo con grandes chefs de España”. Cierto. La idea es sencilla: ponencias privadas para los empleados de Barrafina y dos servicios públicos (para regocijo de los aficionados londinenses) de cena para poner en práctica lo aprendido.

Lo de Iris y Bruno Jordán, del Ansils (Anciles, Valle de Benasque, Huesca), hace cuatro días, fue especialmente instructivo… y gozoso. La historia de esta cocinera, formada, entre otros, en el Arrea y el Lakasa, es la de la audacia, el tesón (con un cierto heroísmo) y la determinación de hacer de lo local algo universal. Tomando el relevo de su abuela en un restaurante conocido por las brasas y las carnes habituales (está ubicado en una zona turística de nieve donde triunfaban la sota, el caballo y el rey), Iris nunca dio su brazo a torcer y fue adentrándose cada vez más no sólo en su entorno más cercano (su cocina es de metro 0 de verdad), sino también en los recetarios de la zona, poco generosa (especialmente en invierno) con los productos y con elaboraciones tradicionales casi perdidas en el tiempo. Convencida de que de allí podrían salir prodigios culinarios, y con la total complicidad de su hermano Rubén, jefe de sala y sumiller, su mente hizo brillar al duro paisaje recreando emociones que relatan la historia y la sensibilidad gastronómica de los Pirineos.

Barrafina. Londres. Fotos: Xavier Agulló.
Barrafina. Londres. Fotos: Xavier Agulló.

Bien sabido es que lo consiguió y a lo grande, triunfando este mismo año 2024 en Madrid Fusión con su tercer puesto en Cocinero Revelación y ganando el Campeonato de España de Tapas. Anciles y su entorno próximo conseguían la negrita en el mapa.

Esa vindicación de un pasado auténtico, de la proximidad como catecismo y de la sostenibilidad como un ingrediente más, todo pasado por el caleidoscopio creativo de Iris, fue lo que iluminó la barra de Barrafina la otra noche.

Con el equipo de Iris y Rubén trabajando codo con codo con el personal de Barrafina, la noche se abrió con su tapa ganadora en Madrid Fusión 24: el ‘donete’ de paloma, un delirio de crujientes, interiores de la paloma, encurtidos y caviar. Comenzaba bien la velada…

Con un impecable control de las texturas, Iris siguió con un salmorejo de calabacín rodeado de un tartare de trucha y topeado de un tocinillo en versión ensalada con huevas de trucha. Equilibrios, frescura, explosividad.

Barrafina. Londres. Fotos: Xavier Agulló.
Barrafina. Londres. Fotos: Xavier Agulló.

El steak tartare de cordero se acompañó de diente de león en capullo y frito, jugando a ser alcaparra.

Buena idea los callos de colmenillas (con yema de huevo), aunque les faltaba rock and roll. Excelente, sin embargo, la molleja con puré de tupinambo, fideos de judía verde al dente y un confortable toque francés.

El pato, inspirado en una receta de Juan de Altamiras (XVIII), se presentó con una pechuga (algo correosa) y un muslo puro glamour, vinagre de arroz koji y membrillo.

Final con el helado de leche de oveja, té de hierbas y miel y con el chocolate de Guinea (el abuelo de los Jordán trabajó en el cacao allí) elaborado desde cero por Iris, con espuma de gianduja y remolacha.
Toda una lección culinaria.

Barrafina Borough Yards
2 Dirty Ln

Londres
Reino Unido
Precio medio: 45 libras

Cocina de taberna veneciana sin ínfulas ni piruetas, elaborada con corrección y limpieza, buscando los sabores auténticos de la tradición del Veneto sin estridencias. Intensidades justas, cocciones ejemplares y producto de calidad. He aquí los argumentos del éxito de Bronzo, un bacaro ‘de la laguna’ teletransportado al Born barcelonés.

Música recomendada: Just a gigoló (Louis Prima)

Hay entre los viajeros quienes son transeúntes de la trivialidad, otros son exploradores de las emociones efímeras y, finalmente, aquellos cuya irresistible fascinación por una determinada geografía y todo lo que ello incluye les cambia la vida. Este último es el caso de Marc Villà y Joan Castells.

Bronzo. Barcelona. Foto: Xavier Agulló.
Bronzo. Barcelona. Foto: Xavier Agulló.

Cuando descubrieron Venecia, y muy especialmente la atmósfera de los bacaro (tabernas típicas de la ciudad donde se encuentran los amigos para unos vinos, unas tapas y mucha conversación), supieron que ya nada volvería a ser igual. La única forma de atenuar el ‘mono’ veneciano que se les ocurrió fue, de la nada, abrir un restaurante en su Barcelona que reflejara aquello que les había seducido en Italia. Lo llamaron Bronzo (por la pieza de bronce con la que se trafila la pasta italiana de calidad), y a día de hoy ya tienen dos establecimientos abiertos más otros dos que, por ‘simpatía’, han dedicado al universo de los panini. La seducción convertida en floreciente negocio…

Con una estética desnuda, pero con cariño, y de inspiración naturalmente veneciana, el Bronzo (en este caso, el del Born) se ofrece como una experiencia mimética del ambiente tabernero de la ciudad de la laguna, sin mucho más. Sólo vinos italianos, productos (quesos, embutidos) importados semanalmente de Italia y una carta que, aparte de algunas elaboraciones clásicas italianas, se centra en el recetario de Venecia.

Bronzo. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Bronzo. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

De esta suerte, lo primero que aparece en la mesa es el bacalao mantecato -parecido a la brandada o al atascaburras, pero sin lácteos ni patata-, servido entre placas crujientes de pan sardo o carasau. Es el primer punto del manifiesto culinario del local.

El otro ‘grande’ de Venecia es la sardina en saor, una exquisitez sin paliativos. Un escabeche suave, sutilmente agridulce, aquí con unos toques de lima, con cebolla, pasas y piñones. No debes olvidar pedir la focaccia para que el placer sea en estéreo.

Bronzo. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Bronzo. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

El vitello tonnato se vindica aquí también, aun siendo piamontés, aunque falto de nervio en el sabor de la mahonesa de atún, demasiado suave, para contrastar con las finas lonchas de ternera asada.

El steak tartare es impecable: al puro estilo, naturalmente, del mítico Harry’s Bar de Venecia, de donde surgieron también el carpaccio y el bellini. Se sirve con patatas fritas y con pan de pizza.

Bronzo. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Bronzo. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

La parte final de este menú improvisado pertenece a la pasta, por supuesto, que ellos mismos elaboran, siempre trafilada al bronce. La primera los spaghetti nero di seppia, tradicionales de Venecia (también muy popular en Sicilia), tocados por dos gambitas de perfecta poca cocción.

Y ya los bigoli en salsa, un clásico veneciano elaborado con aquella pasta (como spaghetti, pero más gruesos) y una emulsión de anchoas y cebolla caramelizada. Potentes y acanallados.

Como postres, la inevitable tarta de queso (gorgonzola), muy fundente y leve, y el tiramisú, por qué no.
A veces no hay que buscarle los tres pies al gato para proveerte de felicidad.

Bronzo
Rec, 60

Tel. +34 934 596 444
Barcelona
Siempre abierto
Precio medio: 40 euros

A pesar del estilo y la atmósfera distendidos y sin opulencias, el restaurante Carlota Akaneya de Barcelona es uno de los poquísimos establecimientos del mundo (con dos más de la misma compañía, en Madrid y París) que tienen la rarísima carne de wagyu matsusaka del Ito Ranch de Japón, con la suprema categoría A5, la que se comen el emperador y el primer ministro de aquel país. Poca broma.

Música recomendada: Awa Odori (Stomu Yamash’ta)

Dice la ‘leyenda’ que Ignasi Elías, en un viaje a Kioto en 2009, cayó mesmerizado por un restaurante sumibiyaki (barbacoa nipona, en román paladino) de nombre Akaneya… Al regresar a Barcelona, aquel hechizo se convirtió, con el concurso de su socio Felipe Fernández, en el restaurante Carlota Akaneya, en pleno Raval. Se dice también que hace unos pocos años, el mismo Ignasi visitó el selecto Ito Ranch, de donde sale la mejor carne de wagyu matsusaka de Japón (y del mundo, claro), y que cuando salió llevaba en el bolsillo el permiso para exportarla a España, un salvoconducto imposible hasta aquella fecha propiciado por el paso del covid y por el descenso de consumo de esta carne tan cara en Japón. Sea como fuere, Elias y su mujer Chiho Murata son, junto a los Hermanos Torres, de los pocos afortunados en servir legalmente esa matsusaka A5 en sus establecimientos. ¿Matsusaka? Es uno de los tres tipos de carne bovina de raza wagyu negra, la más prestigiosa (aunque te suene más el nombre ‘kobe’) debido a las altas exigencias requeridas: vacas vírgenes, engorde controladísimo, trazabilidad obsesiva… ¿A5? Es el grado de calidad máximo. Y, para rematar la jugada, todavía hay que tener en cuenta el BMS o índice de marmoleado de las piezas, con el 12 como máximo. En Carlota Akaneya lo cumplen todo, desde el origen de la carne en el celebérrimo Ito Ranch, en la prefectura de Mie, donde compran el emperador y el primer ministro, hasta las máximas calificaciones antecitadas.

Carlota Akaneya. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Carlota Akaneya. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

Con este largo y prolijo prefacio, podría parecer que comer en el Carlota Akaneya es cosa solamente de nababs caprichosos; pero no. En realidad, el menú top cuesta… 119 euros. Y, te digo, es una completa inmersión en el culto a la mejor carne posible del planeta.

De ello se encarga, en un minimalista comedor (sólo noches) tipo izakaya (taberna japonesa), de penumbrosa iluminación, el chef Juanjo Pernía (ex Daviz Muñoz). Lo hace a partir de unas mesas especiales, las que corresponden a la tipología culinaria sumibiyaki (cocción al carbón en directo), con una hoyo en el centro donde se ubican las piezas (elegantes paralelepípedos) de carbón de briqueta al rojo vivo salpicadas por unas cuantas ramas de romero. Aromas envolviendo y, sí, un poco de calor, pero nada que no pueda arreglar una cerveza japonesa y un corte de matsusaka.

Carlota Akaneya. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Carlota Akaneya. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

Mientras suena el free jazz (a un tenue volumen) en los altoparlantes, da comienzo la ceremonia, siempre con un tono distendido e informal a pesar de los lujazos que se van a servir. Servicio easygoing entre aromas de brasa que debuta con un refrescante sake de ciruela. No puede faltar el edamame, que en esta caso se sirve en un recipiente lleno de brasas humeantes. Como pipas, tío.

Otro gran clásico: la sopa miso, ilustrada con una vieira y una almeja. Excelente entrada que se sirve junto a un cubo de tofu caramelizado y una fina lámina de wakame crujiente. El tonkatsu (cerdo rebozado con panko a la mostaza y miel), impecable, se acompaña de col aliñada.

Carlota Akaneya. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Carlota Akaneya. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

Momento para el hot pot o shabu shabu. Una sopa con salsa mentsuyu (mirin, sake, soja…) con verduras y setas japonesas. Déjalo infusionar… y luego ve pescando los tropezones. Un punto acanallado (después puedes beber la sopa, a la que añadirán arroz) que da la entrada al primer corte de carne, el teres major (parte de debajo del hombro del wagyu), un ‘regalo’ de la casa que se degusta hirviéndolo en el hot pot. No te pases de cocción, amigo.

Más madera matsusaka: corte ichibo (cuadril) con salsa de miso ponzu. Conviene irse quedando con las texturas, la sutileza del sabor, la infiltración de grasa, porque la ceremonia de la carne irá in crescendo. Mira (y cuece con prudencia en las brasas): tataki de sobrecostilla, harami (entrama) y hombro alto, ya con un marmoleado muy relevante. Tres cortes de matsusaka para ‘entrenar’.

Carlota Akaneya. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_
Carlota Akaneya. Barcelona. Fotos: Gastrophoto_

Porque la actuación principal son las dos piezas del Ito Ranch A5 BMS12. Aquí estamos en lo supremo. La aguja y el niguiri soasado de lomo bajo (que elabora un cocinero en la misma sala en vivo), el cúlmen. Dos piezas extraordinarias que concluyen una experiencia ciertamente exclusiva.

Pero, claro, como en toda buena película, falta el giro final. Y éste llega después de la mousse de té matcha rellena de maracuyá con esponjas de frambuesa y ganache de chocolate blanco, postre refrescante prólogo del otra gran hit del restaurante: el famoso melón Musk Crown de Fukuroi (240 euros la pieza), un cantaloup que crece en solitario en la planta y que se va acariciando a mano durante su maduración para repartir armoniosamente el dulce. Dirás que es sólo un melón, y es cierto, pero muy bueno y, sobre todo, como mucho de lo que hace de la gastronomía japonesa algo diferencial y casi mágico, cuidado con un mimo extravagante.

Si quieres vivir algo único en el mundo sin pillar un avión y sin perder la cartera, no te queda otra: Carlota Akaneya.

Carlota Akaneya
Pintor Fortuny, 32

Barcelona
Tel. +34 933 027 768
Abierto todas las noches y los mediodías de sábado y domingo
Precio medio: 119 euros

Debo a mi buen amigo (y gran chef) Rafa Costa e Silva (Lasai**, Rio de Janeiro) la muy atinada sugerencia de visitar Velho Adonis, este boteco o botequim (taberna tradicional carioca) inscrito desde los años 50 del pasado siglo entre lo más ilustrado (y frecuentado) de la cocina portuguesa de cantina en la capital brasileña. Y vaya…

“Si es o no invención moderna, vive Dios que no lo sé, pero delicada fue la invención de la taberna“.
Baltasar de Alcázar

En efecto, fue en 1952 cuando un emigrante portugués originario de Oporto abrió el local, que hizo fortuna a base de potentes recetas lusas de bacalao y chopps (cañas) de su tirador de cerveza -Brahma- artesano esculpido en bronce. Mas fue en 2019 cuando João Paulo Campos, empresario nordestino, bregado en restaurantes de lujo como maître y gestor, lo rescató del olvido, le dio un twist a la cocina siguiendo su originaria filosofía luso-brasileña y hasta recuperó (había sido robado) el famoso grifo de cerveza, que hoy sigue sirviendo las probablemente mejores cañas de la ciudad.

Velho Adonis. Rio de Janeiro. Brasil. Fotos: Xavier Agulló.
Velho Adonis. Rio de Janeiro. Brasil. Fotos: Xavier Agulló.

No importa la lejana localización del Velho Adonis en Benfica (al norte de Rio, en el fin del mundo, aunque a pocos minutos del monumental mercado central Cadeg), ni que las esperas sean largas y promiscuas tanto en la atestada terraza como en el calenturiento interior, porque el personal, de tremenda eficacia, no para de servirte cervezas y petiscos hasta conseguir la anhelada mesa. Hay que ver cómo se pone el local (vide fotos)… Da igual llegar a las 12 que a las 15 horas, el deseo tumultuoso no cede en esta esquina improbable.

En la barra, aguardando… Vamos a por una de las insignias culinarias del establecimiento, el pulpo con bacon, puro canalleo de mantequilla, aceite, limón y cilantro. Estupendo en cocción y arrebato. Me whatsapea el chef Thomas Troisgros y me aconseja con pasión los mejillones con mantequilla ‘escargot’ (a la bourguignonne: cebolla, ajo, perejil…) y, cierto, una receta para no olvidar.

Velho Adonis. Rio de Janeiro. Brasil. Fotos: Xavier Agulló.
Velho Adonis. Rio de Janeiro. Brasil. Fotos: Xavier Agulló.

El fragor, las risotadas, las fuentes inacabables y el vértigo birrero recrean una kermesse que arrastra a la gourmanderie sin control. Es el momento de atacar el bacalao, uno de los grandes ejes de la taberna. Evito la receta más opulenta, el Zé do Pipo, una animalada con leche, patata y mahonesa (volveré), y, por indicación de Campos, vamos hacia el ‘lagareiro’, el más tradicional de la casa, un monumento frito, con ese punto bribón de sal -algo que se nos ha escamoteado en aras de la sutileza en la cocina más refinada- y acompañado de verduras (brócoli, cebolla, patatas, ajo, huevo duro, aceitunas negras y hasta palmitos). Una fiesta.

¡Hola! Joao Pablo no quiere que me vaya sin probar su famosa ‘rabada’ (rabo de buey), pura tradición brasileña, de equilibrada robustez. Y todavía, por capricho, el pulpo con la misma receta que el bacalao, por qué no.

Es necesaria una escuela de codazos y contorsiones para salir del lugar -que sólo ha costado unos 25 euros por persona- y aun traspasar la muralla humana agolpada jovialmente en la veranda para volver al pesado sol de invierno de Rio.

Velho Adonis
R. São Luiz Gonzaga, 2156
Benfica, Rio de Janeiro (Brasil)
Teléfono: (21) 2026 4186
Cierra Lunes
Precio medio: 25 €

Velho Adonis, elogio da taberna luso-carioca no Rio de Janeiro (VERSAO EM PORTUGUES)

Devo ao meu bom amigo (e grande chef) Rafa Costa e Silva (Lasai**, Rio de Janeiro) a sábia sugestão de visitar o Velho Adonis, esse boteco ou botequim que, desde a década de 1950, é um dos mais ilustres (e frequentados) da cozinha de cantina portuguesa na cidade brasileira. E uau…

“Se é ou não uma invenção moderna, Deus sabe que eu não sei, mas delicada foiu a invenção da taberna”.
Baltasar de Alcázar

De fato, foi em 1952 que um emigrante português do Porto abriu o local, que fez sua fortuna com base em potentes receitas portuguesas de bacalhau e chopps (cervejas) de seu puxador de cerveja artesanal – Brahma – esculpido em bronze. Mas foi em 2019 que João Paulo Campos, um empresário nordestino, que já trabalhou em restaurantes de luxo como maître e gerente, resgatou o local do esquecimento, deu uma repaginada na cozinha seguindo sua filosofia original luso-brasileira e até recuperou (havia sido roubada) a famosa torneira de chope, que hoje continua servindo provavelmente as melhores cervejas da cidade.

Não importa a localização distante do Velho Adonis, em Benfica (zona norte do Rio, no fim do mundo, mas a poucos minutos do monumental mercado central Cadeg), nem que as esperas sejam longas e promíscuas tanto no terraço lotado quanto no interior quente, porque a equipe, de tremenda eficiência, não para de servir cervejas e petiscos até que você consiga a tão sonhada mesa. É preciso ver como o lugar fica (veja as fotos)… Não importa se você chega às 12 horas ou às 15 horas, o desejo tumultuado não cessa nesse canto improvável.

No bar, esperando… Vamos a um dos destaques culinários do estabelecimento, o polvo com bacon, manteiga pura, azeite, limão e coentro. Excelente na culinária e no prazer. O chef Thomas Troisgros me surpreende por watsapp e me recomenda apaixonadamente os mexilhões com manteiga de escargot (estilo bourguignonne: cebola, alho, salsa…) e, é claro, uma receita inesquecível.

O barulho, as risadas, as fontes intermináveis e a vertigem da birrerie recriam uma kermesse que leva a gourmanderie a um descontrole. É hora de atacar o bacalhau, um dos pilares da taberna. Evito a receita mais opulenta, o Zé do Pipo, um bicho com leite, batata e maionese (voltarei), e, por sugestão de Campos, optamos pelo lagareiro, o mais tradicional da casa, um monumento frito, com aquele toque malandro de sal – algo de que temos sido privados em nome da sutileza na culinária mais refinada – e acompanhado de legumes (brócolis, cebola, batata, alho, ovo cozido, azeitona preta e até palmito). Um banquete.

João Paulo não quer que eu vá embora sem experimentar sua famosa rabada, uma tradição brasileira pura, com uma robustez equilibrada. E ainda, em um capricho, o polvo com a mesma receita do bacalhau, por que não?

É preciso um cardume de cotoveladas e contorcionismos para sair do lugar – que custa apenas cerca de 25 euros por pessoa – e ainda passar pela muralha humana que se aglomera jovialmente na varanda para voltar ao pesado sol de inverno do Rio.

Velho Adonis
R. São Luiz Gonzaga, 2156
Benfica, Rio de Janeiro (Brasil)
Teléfono: (21) 2026 4186
Cierra Lunes
Precio medio: 25 €

Abrazando todo el Atlántico, en las verdes y empinadas laderas del Valle de La Orotava, mecidas por los alisios, el Teide como mudo testigo, las cepas en ‘cordón trenzado’ de Bodegas Arautava sueñan en los heroicos tiempos de la Conquista y lanzan su mirada al futuro…

Música recomendada: Red red wine (UB40)

Fue a finales del siglo XV cuando los portugueses que acompañaron a las huestes castellanas llegaron al Valle de La Orotova. Y fueron ellos, al parecer, quienes introdujeron esta singularidad del ‘cordón trenzado’ (el Valle es el único lugar del mundo con este formato de cultivo de la vid) para optimizar la producción de la uva malvasía y adaptarla a la compleja orografía del lugar.

Hoy, Bodegas Arautava, tres generaciones después de ser fundadas por el abuelo del actual director, Quique García, sigue enorgulleciéndose de la tradición remota, pero “dando una vuelta de tuerca en la gestión de los suelos en forma totalmente ecológica”. Quique apuesta “por los vinos de parcela, de muy pequeña producción, porque en el Valle, debido a las grandes diferencias de altura, suelo y clima, dos pagos que están de lado son completamente diferentes”. Son lo que él llama vinos de microfundio.

El ejemplo más palmario de ello es la Finca La Habanera. “Esta parcela, que va de los 560 a los 800 metro de altitud, nos da una acidez alta, por lo que son vinos perfectos para la gastronomía contemporánea”.
Hace poco, en el congreso Encuentro de los Mares Tenerife 2024, tuve ocasión de probarlos… El Albillo Criollo –“fuimos los primeros en plantar esta cepa en Tenerife, que nos trajimos de La Palma”-, el Listán Blanco Cordón Trenzado y el Listán Negro Cordón Trenzado. Vinos con una producción media de… 300 botellas al año.
Recientemente, han comenzado con otras fincas: “El Quinta Roja, un listán negro de cordón trenzado a 500 metros de altura; y Los Topes, listán blanco de cordón trenzado a 600 metros.

Bodegas Arautava. La Orotava. Tenerife. Islas Canarias.
Bodegas Arautava. La Orotava. Tenerife. Islas Canarias.

No son estos todos los vinos singulares de Bodegas Arautava. “Elaboramos también el Vidueño de Finca La Habanera, un homenaje a la tradición que surgió en el siglo XVIII en el Valle para poder seguir vendiendo vino a los ingleses, que habían sancionado el comercio con España. Con el vidueño -vinificación directa juntando las distintas uvas de un determinado terroir- se imitaba el Madeira y se les colaba a los británicos. Nosotros lo hacemos con albillo criollo y listán blanca y negra, recreando un rosado muy fresco y complejo”.

La otra gran pata de Bodegas Arautava es la de los vinos dulces. “El Arautava dulce 2002, listán blanco, es todo un espectáculo -cuenta Quique-, y ya estamos preparando el lanzamiento de una nueva marca –‘Canary Sack’ (el nombre que los ingleses daban a los dulces malvasías canarios en el siglo XVII) para elaborar vinos dulces de vendimia tardía con el albillo criollo y los listanes”.

La historia sobrevuela toda la conversación… Y también el porvenir, porque, a pesar de su corta producción, Bodegas Arautava ha incrementado sus exportaciones a Estados Unidos y a algunos países de Asia.
Y el gran azul, ahí en frente, que nos invita a seguir bebiendo…

Bodegas Arautava
Cam. La Habanera, 286

La Orotava
Tenerife
Tel: 922 30 90 24

Mucho ha cambiado Can Domo (Ibiza) desde que lo visitara, bajo la égida del chef barcelonés Pau Barba, tanto en lo culinario como en lo estético. Ahora el restaurante, a cuyo mando asesor están los de Cañitas Maite (con sala y cocina a cargo directo del maître y el chef que ejercían en el Cebo de Madrid), ocupa también el lugar donde otrora se hallaba la piscina, y de la cocina salen elaboraciones de corte informal, sin alardes, arroces que ya tienen fama en la isla, recetas destinadas a ser compartidas y mucha diversión.

Música recomendada: Tennessee whisky (Chris Stapleton)

Borja García, el chef, se afana en la cocina, mientras yo mojo aceite (de la propia finca) y alioli de ajos a la brasa con ceniza de romero en la soleada indolencia del mediodía ibicenco, en plena naturaleza y lejos de la ostentación habitual de la “people from Ibiza”.

Almuerzo con Laura Seall, a la que conocí hace años, cuando codirigía el restaurante Ovic, en Barcelona. Atento siempre a los platos, el jefe de sala, Cristian Tovar.

Obligada aquí la croqueta de ibérico -ganadora en el concurso de Madrid Fusión 2021, el año en que me tocó ser jurado-, vestida con una lámina de copa y descansando sobre unas palomitas de torrezno. Completan el recibimiento el buñuelo de queso de cabra (Ses cabretes) con semillas de ajonjolí y mermelada de higos y el tomate embotado (secado al sol) en aceite con una crema láctica de queso de cabra y chiles (pasilla, ancho y guajillo) al mortero.

Can Domo. Ibiza. Foto: Xavier Agulló.
Can Domo. Ibiza. Foto: Xavier Agulló.

El territorio que nos rodea -Can Domo es un hotel-restaurante con fuerte toque agroturístico, aunque de luxe, ubicado en la zona de Cala Llonga- se explica con las tres zanahorias (morada, amarilla y carlota) escabechadas y albacora curada con el perfume del romero braseado. Por supuesto, disponen de huerto propio.
Excelentes las flores de calabacín con stracciatella, puntas de espárragos y una perfecta ensalada líquida. Frescura y luz.

Los arroces, como citaba más arriba, son el gran argumento del restaurante. En poco tiempo se han consagrado en el pódium ibicenco. Pruebo el de gambitas, alcachofas y papada ibérica, impecable, con refinado socarrat.

Antes de los postres me solazo con los quesos (fresco de Ibiza y semi y curado de Menorca). Y ahí van el flan de leche fresca de oveja y potentes huevos, exquisito, y las fresas escabechadas con helado de fresas a la parrilla, caldo de vermut, nata y romero.
Color, fiesta y rock suave…

Can Domo
Carretera Cala Llonga, Km 7.6,

Santa Eulària des Riu, Ibiza
Tel: 971 33 10 59
Precio medio: 70 €

Me resulta muy gratificante visitar a mi querido amigo Carles Abellán en la Formentera pre estallido ‘guiri’, y demorarme en su Casa Natalia –“ojo, el restaurante es de Natalia Juan, yo sólo hago los platos”, ríe- frente a esas elaboraciones tan hedonistas, reflejo del onírico Mediterráneo que rodea la isla y de una trayectoria culinaria que ya forma parte de la gastronografía española contemporánea. Así pues…

Música recomendada: Long as I can see the light (Shemekia Copeland)

El Ekam (50% riesling, 50% albariño) de Raül Bovet, uno de los enólogos visionarios, desde la DO Costers del Segre, de la necesidad de subir la altitud de los viñedos para luchar contra el cambio climático, será el anfitrión de esta noche larga de sabores y conversaciones tête à tête.

Siempre hay mucho que platicar con Carles, sin nostalgias ni batallitas, gracias a todo lo que ambos hemos vivido (y comido y bebido) y compartido desde los tiempos heroicos de El Bulli, el Hacienda Benazuza y aquellos fritos de Miguel Palomo, el Talaïa Mar (el que fuera Bulli de Barcelona), el seminal Comerç 24 (que llevó la estética y el feeling de El Bulli a territorio urbano), los Tapas, el Bravo, La Barra… A día de hoy, Carles, más sintonizado a la vida que al frenesí, es asesor de los Tapas, de los Manero de Carlos Bosch y el hombre al frente de la cocina de Casa Natalia, aquí en Formentera, junto a su mujer Natalia.

Ceviche. Salchichón. King crab. Casa Natalia. Formentera. Fotos: Xavier Agulló
Ceviche. Salchichón. King crab. Casa Natalia. Formentera. Fotos: Xavier Agulló

En Casa Natalia, siempre con el azul balear en la mirada, el producto es la cocina, vestido sin concesiones a la frivolidad. Más allá de las opulencias que pide la isla -ostras, caviar, cangrejo real- y de los platillos ‘signature’ -la ensaladilla, el famoso bikini, los huevos…-, la sencillez es el ingrediente principal para la suculencia y el placer de transmisión directa.

Una simple croqueta de pollo rustido a la catalana da fe de lo anterior. O el salchichón de Vic a pelo. La noche se hace buganvillas borrosas en la terraza de Casa Natalia, y Carles me habla de su vida sin prisas, de su vuelta a la naturalidad, tanto vital como gastronómica. “Ya evito los menús largos (con excepciones, claro) y gusto de ir a restaurantes singulares por aquel plato o platos que me arrebatan” (dinámica que imagino horrorizará a esos influencers de pega siempre en busca del wow y de unas ‘novedades’ que, a menudo, por cierto, son descarados homenajes o versiones de elaboraciones veteranas).

Calamar. No lasagna. Raya. Casa Natalia. Formentera. Fotos: Xavier Agulló
Calamar. No lasagna. Raya. Casa Natalia. Formentera. Fotos: Xavier Agulló

Ceviche de sírvia (pez limón) con leche de tigre de remolacha, wasabi encurtido y chile. La justa suavidad. Y el tartare de tomates de Paolo Petrilli con pan de David Reartes (Pomona Bakery), uno de los chefs más talentosos de Ibiza. No delegamos el king crab a la Singapur, porque esto no se hace.

El hinojo -gran plato- va a la brasa, con parmesano y pistachos. Momento para unop de los platos fetiche de Carles en Formentera: la raya a la mantequilla negra con puré de patata y lima. Sensualidad.
Toda una fiesta el calamar (de Formentera) relleno de cebolla confitada con salsa picante de yema y alga nori, de noble y tersa textura.
Una animalada final: la “no lasgna” de fricandó, una orgía de sensaciones revueltas que sólo se explica si la habitas.

Y cambiamos los postres por más vino y conversación hasta…

Xavier y Carles. Casa Natalia. Formentera
Xavier y Carles. Casa Natalia. Formentera

Casa Natalia
Carrer Major, 78
Sant Ferran de SEs Roques
Formentera
Tel: 971 32 90 07
Sólo cenas. Cierra lunes
Precio medio: 70 euros

El chef Joel Castanyé y su mujer, Mari Àngels Chiriboga, ingeniera agrícola, sumiller y directora, están orquestando en Bellvís (al lado de Lleida) una pequeña gran revolución gastronómica reimaginando las afamadas frutas de su paisaje más allá de los postres y de lo trillado. Para ello no sólo cuentan con su privilegiado entorno frutal, sino también con la exploración científica, la clase, el buen gusto y la gestualidad culinaria cronométrica y cromática de Joel. El restaurante (la finca) es una auténtica pasada de luz, diseño, elegancia esencial y… espacio.

Música recomendada: Dimples (Van Morrison)

Me cuenta Pau -cuarto frío de La Boscana-, mientras nos lleva en coche desde la estación leridana del AVE al restaurante, sobre las frutas y sus usos diversos dependiendo de la época del año, de su punto de crecimiento, de su estado de maduración, de las técnicas aplicadas y de las diferentes innovaciones (véase, como me explicará Joel después, una nueva manzana de pulpa roja, kiwis de carne roja extravagantes, ciruelas…), y me habla de una nueva elaboración que Castanyé está ultimando, un kiwi, su agua y caviar. Pero en 12 minutos escasos ya estamos penetrando en la finca…

La Boscana. Lleida. Fotos: Rosa Bernardes (@gastrophoto_)
La Boscana. Lleida. Fotos: Rosa Bernardes (@gastrophoto_)

El silencio es verde en La Boscana. Roto sólo por el moroso transcurrir del agua entre las piedras de la cascada que se esconde entre los grandes árboles, en el lago frente a la construcción del restaurante, un paralelogramo de cristal cuyo interiorismo, de una limpieza espacial absoluta (las mesas, sólo ocho, separadas seis metros unas de las otras), es en realidad el propio jardín. Un comedor que, como el exterior, va cambiando con el paso de las horas…

Joel, que cuenta con 22 personas en cocina para las ocho mesas -la razón es que además del restaurante, posee al lado otro paralelogramo espectacular, con cocina propia de producción, en el que realiza grandes eventos de copete-, hace más de cuatro años que sintió la llamada de las frutas, nada raro teniendo en cuenta que Lleida es el epicentro, y rasero de calidad, de las mismas. Armado con todos los conocimientos de su largo paso por El Bulli Cátering, bajo las órdenes del inolvidable Eduard Roigé y del talentoso chef Alain Devahive, además de un tiempo con Xavier Pellicer en el Àbac y de un intenso trabajo en el restaurante familiar -que todavía posee-, el Resquitx, en Mollerussa, se puso manos a la obra buscando los límites de su personalidad culinaria. “Ferran y su forma de crear siempre han estado en mi mente desde que un día, en la escuela de Sant Pol, ‘se me apareció’ con las espumas. Ahí supe que quería estar en El Bulli fuera como fuera. Y así fue. Ferran, por supuesto, está presente aquí…”

La Boscana. Lleida. Fotos: Rosa Bernardes (@gastrophoto_)
La Boscana. Lleida. Fotos: Rosa Bernardes (@gastrophoto_)

Las frutas. Y me muestra… “Allí al fondo, los perales, una fruta decisiva en Lleida, más allá los huertos. Aquí -estamos detrás del restaurante-, además de los frutales que ya tengo, estoy plantando manzanas y otras frutas -los esquejes ya tendrán casi un metro-, y también novedades que estoy trabajando con científicos, especialmente con Ignasi Iglesias. La idea es crear un jardín de frutas a la carta”.

No es un camino fácil el que ha tomado Joel, pero es lo que tiene ser pionero. En todo caso, además de una novedosa interpretación paisajística personal, las frutas siempre estuvieron, en tiempos previos al clasicismo -e incluso en él- en los platos más gastronómicos. El problema, claro, es el azúcar, el exceso dulce que aportan al plato. Joel está trabajando en ello desde varios frentes técnicos. Los embutidos de frutas que prepara son ejemplo de esta dificultad: el de kaki -deshidratado tras un tiempo de contacto con embutidos de cerdo- es curioso, pero todavía demasiado dulce.

Esta pieza es parte del recibimiento de La Boscana, que se realiza en el jardín. Allí, sobre el césped, comienza la liturgia con la sidra propia a partir de diversas variedades de manzana, con el crujiente milhojas de manzana granny smith y queso Montsec, la burrata de leche de almendra, la sobrasada de ternera (con grasa de sobrasada de cerdo), el pan con tomate (masa de airbag y polvo de tomate deshidratado, un clásico contemporáneo), y el cóctel de pera con sangría de vino blanco, espuma de flor de saúco y sal de limón y cilantro.

En el comedor. Lo primero, el altísimo nivel de servicio. Estamos en un gran restaurante, en todos los niveles. La sala, dirigida por Mari Àngels y el maître Albert Graells, brilla de una paz y una quietud que sonríen suavemente con el La Pell de Lagravera, un Costers del Segre ancestral, envuelto en flores aromáticas y frutillas.

El aceite Umami, arbequina de Camins del Verdor, junto con el espléndido pan, nos preparan para la descarga Castanyé, un concierto fresco, lleno de luz, colorido, bello, limpio, esencial y depurado. Desafortunadamente, no estamos en buena temporada de frutas, por lo que no podremos darle a tope al rock and roll frutal; pero, por otro lado, captaremos la base de todo, el acerado academicismo de Joel, lo que, en definitiva, construye los cimientos de su creatividad.

La Boscana. Lleida. Fotos: Rosa Bernardes (@gastrophoto_)
La Boscana. Lleida. Fotos: Rosa Bernardes (@gastrophoto_)

El tempeh indonesio hace su aparición, pero no con soja fermentada, sino con almendras de la finca y retocado con ventresca de atún y huevas de mújol. Es el principio… Ahora la espardeña al natural, coronada con su propia piel crujiente envuelta por una pequeña lámina de rubia gallega. No podía faltar el kiwi, en este caso como mini ensalada con un cremoso de espinacas y perejil soportando la explosión verde y dulce de los guisantes lágrima. Un certero y caleidoscópico juego de sensorialidades.

Brutales de cocción y firmeza los espárragos blancos, con sus texturas y… erizos de mar. Otra combinación virtuosa: las navajas en dos escabeches, de zanahoria y asiático, toque picante, recurso de polvo de naranja helado. Muy chic la ostra caliente con cap i pota, la salsa dando fiesta y bolitas de tapioca osmotizadas en cap i pota para fingir la grasa.

Tallarines de calamar con su pil pil y aire de perejil, pura naturalidad. Cebolla entera a la brasa rellena de cebolla en OCCO y espuma de holandesa de anguila. Hedonismo: centolla con salsa de sus patas, mahonesa del colar y final picoso. Cómelo untando el fantástico brioche de la casa.
Gambas a la brasa en suquet acompañadas de una copa del propio suquet y espuma de patata rollo capuchino.

Impecable y preciso el pichón en dos tiempos: la pechuga, con patata ratte, paté del hígado y cereza con un acento de tuétano; y (sin duda una de las grandes estrellas del menú) las albondiguillas de pichón con su salsa y portobello, confitado y al natural.

La Boscana. Lleida. Fotos: Rosa Bernardes (@gastrophoto_)
La Boscana. Lleida. Fotos: Rosa Bernardes (@gastrophoto_)

Los postres y las frutas secuenciadas. Si bien en el menú ‘salado’ han faltado platos con frutas por no coincidir la temporada, los postres sí van a misa. Manzana rellena de agua de manzana, helado de raifort, hierbas frescas y guisantes al natural. Joel gusta también de las verduras en los postres…

Secuencia de la naranja: la piel (tratada enzimáticamente); helado de las pieles; crema de albedo con helado de manzana pesto de hierbas, crema de guanábana y helado de café; y la pulpa en gajos nitro cubiertos por un velo de masa mochi y helado de avellanas tostadas.
Delicia final: una tradicional y crocante coca de anís rellena de helado de anís y tocada de palomitas de piñones.

Y luego, una de las cinco habitaciones del pequeño hotel anexo, el noble final para un almuerzo esplendoroso que exige regreso en verano.

La Boscana
LV-3311, 4, 25142

Bellvís (Lleida)
Tel: 973 56 55 75
Cierra lunes y martes
Precio medio: 120 euros