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No se tiene muy a menudo la oportunidad de descubrir, desde el mismo inicio de la algarada, a un chef llamado a revolucionar la gastronomía. Menos todavía en Fuerteventura, isla maravillada de seductores mares turquesa y de ocres y amarillos y silencios de arrebatada desolación, pero olvidada de audacias culinarias y de la exégesis contemporánea de sus paisajes, sus productos y su historia.
Rigoberto AlmeidaEl Pellizco, Costa Calma– ha irrumpido en este panorama sin permiso, pisando fuerte, revelando los sabores del alma majorera y su promiscuidad con el Caribe e universalizándolos. Un incesante viaje de ida y vuelta e ida entre su Cuba natal y su Fuerteventura familiar. Y lo ha estallado en el primer menú-degustación creativo de la isla.

No es cocinero que se distraiga con tentaciones fáciles, veleidades comerciales o conformismos políticamente correctos, Rigoberto Almeida. No. Rigoberto, que ya marcó un ritmo distintivo en su primer Pellizco (triunfando hasta hoy en Morro Jable), sentía en su interior una llamada a otros viajes, a otros horizontes, a otros sueños. Que eran él mismo. Cubano, nacido en La Habana de abuelos canarios, su infancia transcurrió con la cocina canaria que practicaban sus ‘viejos’ en El Pellizco (sí, el mismo nombre que, en su homenaje, ha puesto a sus restaurantes de Fuerteventura), lo que, de entrada, lo llevó a estudiar Química de los alimentos; pero, claro, no fue suficiente. Enrolado vital y profesionalmente con la cubana Yahimara Ferrand (actual directora y sumiller de El Pellizco), voló a Fuerteventura y, de allí, al Cordon Bleu y al Basque Culinary, donde el nervio culinario interior se acabó de tensar. Tras el éxito en Morro Jable, con una carta ‘casual’ inédita en la isla, Almeida ya no pudo acallar lo que realmente es: un chef que siente la genética canaria, que creció con los sabores caribeños y que no puede evitar el virtuosismo explorador. Y decidió explicarse a él mismo. ¿Fusión? No, no… En su cabeza, su misma esencia y el profundo estudio de las relaciones alimentarias y gastronómicas en el eje atlántico entre Canarias y el Caribe. Sin forzar. Sin inventar. Sin contemporizar.

El Pellizco Costa Calma by Rigoberto Almeida. Fuerteventura. Fotos: Rosa Bernardes.
El Pellizco Costa Calma by Rigoberto Almeida. Fuerteventura. Fotos: Rosa Bernardes.

Tuve la fortuna de probar sus inquietudes ‘avant la lettre’, cuando en El Pellizco Costa Calma todavía habitaba la carta. Y, coño, aquello era… Una Fuerteventura de alta progresión técnica y numinosa que, como un tornasol, reflejaba los alegres colores cubanos. Tradiciones entremezcladas sin artefactos. La cabra, el gofio, el mar majorero, expresados insólitamente y jugando al escondite con la herencia cubana. “Yo no fusiono nada, simplemente me explico a mí mismo”. Y esta ‘explicación’ se ha tornado el primer menú-degustación creativo de Fuerteventura.

Efectivamente, en El Pellizco Costa Calma no cabe una carta. Sólo dos menús-degustación, sólo para 16 pax. Ambos, homenajes respectivamente a la mujer cubana (La guantanamera) y a la mujer de Fuerteventura (La majorera). La osadía ilustrada de Rigoberto, inconformista por naturaleza, lo llevó también a apostarlo todo. Manteles de lino, vajilla elaborada por artesanos del lugar (él mismo participa), cristalería del máximo nivel, bodega con 220 referencias y un servicio de sala de alta cocina, incluidos los uniformes, elegantes guayaberas tejidas por la famosa modista cubana Hilda Rosa. El imaginario Almeida en todo su esplendor.

El vértigo mental de Rigoberto, te lo puedes ir imaginando, lo lleva a evolucionar constantemente cada plato, porque él, como Albert Adrià, nunca está conforme con el resultado. Y a generar nuevas elaboraciones, nuevas sensaciones… Ya tiene en desarrollo los platos para el nuevo menú, en octubre de este año, teniendo en cuenta que el actual debutó hace tan sólo algo más de cuatro meses. Frenesí creativo que muestra la (inevitable) ambición gastronómica del chef, con tantas cosas que decir que ya considera el tiempo como una ‘commodity’.

El Pellizco Costa Calma by Rigoberto Almeida. Fuerteventura. Fotos: Rosa Bernardes.
El Pellizco Costa Calma by Rigoberto Almeida. Fuerteventura. Fotos: Rosa Bernardes.

Podría estar tecleando ad infinitum de Rigoberto, de sus investigaciones históricas, de sus atrevimientos con la maquinaria de vanguardia de cocina, de su swing generando mundos organolépticos inauditos que se burlan de las fronteras… Pero acaso sea mejor ejemplarizarlo todo en su actual menú, donde Fuerteventura se propone para futuros brillos gastronómicos con acentos transatlánticos y, sobre todo, con el abrumador talento y maestría técnica de Almeida.

Anuncian ya los snacks del menú ‘La guantanamera’, mientras el Atlántico brilla estático justo frente a la terraza del restaurante, la síntesis organoléptica y formal que es capaz de conseguir en el plato el talento de Almeida: el pescado seco es una galleta con emulsión de lima (emoción); Cuba se escenifica con un plátano fermentado en agua de coco envuelto en hoja de menta; la ‘trufa canaria’ (pella de gofio) incorpora guiso de cabra y mojo negro; el tradicional pejín (pequeño pescado seco) se escabecha con vinagre artesano de la isla; y el chicharrón es un estofado de cabra en polvo sobre un crujiente.

Impactos, esos, que, técnicas aparte, ponen en situación para acometer la singladura. Se empieza con ‘el pez en el agua’, un torbellino-homenaje al tomate majorero con su textura gelatinosa (el agua) surcada por pescado seco y aceite de albahaca. La aérea galleta de gofio, uno de los wows más celebrados del menú, es una metáfora de la fragilidad (milopectina pasada por brasa y presión y liofilizada), evanescente y sin embargo crujiente, incorpora pulpo, emulsión de plancton y brotes de alga códium, sugiriendo todos los matices pelágicos del Atlántico vertebrador entre Canarias y América que definen la cocina de Rigoberto.

El Pellizco Costa Calma by Rigoberto Almeida. Fuerteventura. Fotos: Rosa Bernardes.
El Pellizco Costa Calma by Rigoberto Almeida. Fuerteventura. Fotos: Rosa Bernardes.

La cesta de atún, otro de los éxitos de consenso, mezcla el gofio, el atún rojo, el ajo verde con pistacho y las chispas refrescantes del tobiko y el wasabi. La profundidad majorera se descara en otro de los ‘grandes’ del menú: la trilogía de quesos de Fuerteventura. Una fabulación que se derrama en la crema de queso freso mirando a Cuba, el merengue (suspiro) de queso semicurado y el buñuelo de queso curado y guayaba. Una locura. ‘Flor y néctar de cabra’ es el nombre que Rigoberto le ha dado a su homenaje al producto definitorio de Fuerteventura y a sus productores: yoghourt de hígado de cabra, pan de puño caramelizado, néctar de cabra y kombu… y su ‘cabrabushi’, finísimas láminas de cabra (al estilo del katsobushi japonés de atún) cubriendo. Almeida tiene ya un montón de patas de cabra secando para conseguir esa textura volátil nipona, pero con la identidad majorera.

Reaparece Cuba a lo grande, con una elaboración fascinadora: el ‘pescado negro’ (lubina de Aquanaria) con demi-glace de alubias negras, chícharos liofilizados y gel de plátano frito. A mi juicio, uno de los tops del menú.

Los sesos de camarón soldado de Fuerteventura, otro alarde de audacia, se presentan con infusión de algas, mojo verde de pistacho y caviar. Pura molicie marina…

Pero, ante el final inopinado de un crustáceo, rompe con todo Almeida con el postre: ‘cabra’. Más allá de la provocación, un postre valiente y extraordinario que sigue reclamando lo majorero a partir de un helado de la grasa y la carne de cabra, un algodón de leche y queso de cabra y carne de cabra caramelizada. Disruptivo es poco. Antes de ese final inesperado, sin embargo, un prepostre de ‘falso queso’ elaborado con una nube cítrica y aérea de lima en trampantojo y caldo de tuno indio.

Una revolución está en marcha en Fuerteventura.

El Pellizco by Rigoberto Almeida
Montaña Azufra, 1

Costa Calma (Fuerteventura)
Tel: 607 08 10 83
elpellizco.es
Cierra martes y miércoles
Precio menús: ‘La guantamera’ (95 €); ‘La majorera’ (80 €)

La Gomera, flotando irrealmente sobre el Atlántico, mesmeriza desde el muy chic comedor de Haydée (Gran Hotel Tacande, Adeje) y ajusta nuestra brújula con rumbo a una gastronomía, la del prolijo Víctor Suárez, hija apasionada de aquella isla, de las Canarias y de una resplandeciente trayectoria culinaria que, híbrida y virtuosamente promiscua de Martin Berasategui y los hermanos Adrià, ha fabulado una de las visiones más elegantes, precisas, respetuosas y altamente creativas de la contemporánea alta cocina canaria y española.

Música recomendada: AC/DC (You shook me all night long)
https://open.spotify.com/intl-es/track/6yl8Es1tCYD9WdSkeVLFw4?si=8a08a6e522f3472b

La primera vez que me encontré con Víctor Suárez fue en la pequeña cocina de su primer restaurante en Tenerife, el primero que abrió en La Orotava tras rechazar una carrera más que prometedora en la Península. Víctor, joven cocinero que se había ganado el respeto de Martin Berasategui (tanto en Lasarte como en el Abama de Tenerife) y de Albert y Ferran Adrià (La Alquería, Heart de Ibiza), sentía borbotear Tenerife, La Gomera, Canarias en su mente. Y no dudó. Desde los primeros momentos, vi en él la materia del talento, el tejido de la excelencia, la determinación sin fisuras de convertir su tierra, sus memorias (la abuela Haydée, de La Gomera, ya estaba presente en las paredes del comedor) y su inquietud creativa en una propuesta diferente, libre de ataduras, trabajada hasta la extenuación y arropada en una filosofía de servicio del máximo nivel. Recordemos, Martín, Albert…

Haydée by Víctor Suárez. Fotos: Rosa Bernardes.
Haydée by Víctor Suárez. Fotos: Rosa Bernardes.

Tesón y tensión habitan indefinidamente en él. Yo no sé cuántos días (y madrugadas) gastó Víctor para conseguir la perfección en aquella croqueta líquida de kimchi, plato que asombró a romanos y cartagineses y que ya está en el panteón de la cocina contemporánea canaria. Esta obsesión por crear y perfeccionar nunca lo ha abandonado.

Con todos los premios posibles (canarios y nacionales), además de hits como ser el único restaurante de las Islas Canarias en estar en la White Star List (la Michelin de los vinos) con su abrumadora bodega de más de 500 referencias insulares, peninsulares e internacionales expresada a partir del atlantismo y los pequeños productores, Suárez, por fin, dejó el Norte, punto cardinal difícil en un Tenerife cuya alta gastronomía busca sin excepción el Sur.

En un inteligente movimiento -ya con Estrella Michelin y Sol Repsol-, el mundo culinario de Haydée se movió al Hotel Gran Tacande 5*, en el Sur, en Adeje. No es difícil de imaginar que, en tan sólo unos meses, nuestro héroe recuperó tanto la Estrella como el Sol. Pero la jugada iba mucho más allá. Con un restaurante munífico, diseñado por Mercé Borrell (interiorista, entre otros, de Berasategui), unas instalaciones al máximo (cocina de 172 metros cuadrados para dar servicio a 26 comensales), vistas mágicas a la isla de La Gomera (principal fuente inspirativa de Víctor, porque de allí era su abuela Haydée, el motor emocional y creador del chef) y una escuadra invencible -ahí están el suave swing de Facundo Rodríguez en la sala y la chispa de Ángela Peña con los vinos-, el chef pudo dar por fin el gran salto adelante con todo a su favor: un continente amplificador de contenido.

No es Víctor un chef que se deje mecer en veleidades o situacionismos, y Haydée es la misma expresión de la solidez, la meticulosidad, el refinamiento. Porque la creatividad que rebosa en el menú es fruto directo de sus pequeños productores asociados, de su fascinación por el terroir que lo rodea temporada tras temporada, de la gestión responsable, pura reflexión, extrema finura en las hechuras y los acabados. Sus platos están medidos cronométricamente, metáforas precisas de su paisaje técnicamente extenuadas.

Nada de todo lo dicho es baladí, si buscamos entender el hedonismo ilustrado que propone Víctor, cuando estamos a punto para la cena en Haydée. La liturgia comienza en la llegada al hotel (edificio Casa Fuerte, con entrada independiente desde la calle), donde un gran photocall anuncia el disfrute de futuro inmediato, pasa por el patio canario y estalla en la sala, donde el equipo aguarda para dar la bienvenida.

Haydée by Víctor Suárez. Fotos: Rosa Bernardes.
Haydée by Víctor Suárez. Fotos: Rosa Bernardes.

Atmósfera quieta, lujo sin opulencias… Y el mar envolviendo La Gomera en difusa perspectiva leonardiana en los ventanales. Un destilado de almogrote (todo, en Haydée, se hace ‘en casa’), símbolo gomero, nos saluda y nos arrastra fuera de la normalidad, camino a la experiencia, a la singularidad. Recuerdo en este momento la determinación de Víctor, hace unos años, en hacer él mismo su pan. Ahora, aquellas madrugadas en La Orotava siguen en Adeje, pero el pan, su pan, ha conseguido ser considerado uno de los mejores de las Islas Canarias. Con trigo barbilla (ese trigo indígena casi extinto que él mismo recuperó) y una voluptuosa humedad. Junto con el bollo gomero, dulce erotismo, nos embarcamos alegremente en las mantequillas (almogrote, cabra y gofio con miel) y dejamos fluir los chochos (altramuces), veterano aperitivo canario, para abandonarnos a la sensualidad y el glamour del caviar romero (de caballa), elaboración recuperada de los años 70 y la última conservera gomera.

Los snacks son la certificación de la muñeca virtuosa de Suárez, y de como se puede condensar el sabor de una cultura en un sólo y lúdico bocado: la tortilla líquida de ajo homenaje a la que se hacía en el desparecido bar Los Mocanes, en La Gomera; la mini arepa con guiso de cabra, eje atlántico con América; y la tartaleta del conejo en salmorejo, monumento culinario canario (este plato pobló las primeras cartas de El Bulli) que Víctor intensifica.

El tomate en texturas abre la parte del león del menú. Granizado, agua, sorbete y cherry con mirin se solazan con aguacate a la brasa, cangrejo rey y una kombucha de té verde, albahaca y tomate seco. Todos los colores del tomate sobrevolando la mente. El potaje de berros (uno de los ‘clásicos’ de La Gomera) con morena (pieles, huevas) y escaldón de millo marca la ‘fácil’ exquisitez de Suárez para convertir elaboraciones tradicionales en tótems contemporáneos. Break con kombucha de frutos rojos y té hojicha.

Los grandes momentos de este menú ya no cesarán. El primero, uno de los fetiches de Víctor: el trigo barbilla. Prácticamente extinto, el chef lo recuperó en Icod de Los Vinos junto con Tomás, su productor. Toda la fuerza de este cereal remoto, ya usado por los guanches, junto a un obsceno caldo de manitas de cerdo, puré de plátano asado, chicharrón de cerdo con gofio y crujiente de masa madre. Suene el hard rock…

Haydée by Víctor Suárez. Fotos: Rosa Bernardes.
Haydée by Víctor Suárez. Fotos: Rosa Bernardes.

La jarea (tradicional pescado abierto y secado al sol), de vieja, se presenta con mojo verde y batata. El cherne negro aparece en dos pases: ventresca ahumada con caviar beluga y fumet de las espinas, y el lomo a baja y pasado por kamado con mojo rojo hervido y espuma de su pil pil. Pura celebración pelágica.

Spoiler: para el próximo menú (octubre 2026), Víctor, chef poco dado a las convenciones, va a incluir un producto que nadie trabaja en Islas Canarias. La perdiz. Y me la da a probar. Madurada siete días, luce un suave y travieso escabeche de azafranillo y se acompaña de ficoide glacial. Elaboración todavía inacabada, no dudo en decir que, en su versión final, será uno de los hits del restaurante. A pesar de la perdiz, no voy a delegar el cabrito embarrado (lechal de cuatro kilos) envuelto en hoja de platanera y acertadamente aliado con un cogollo de lechuga osmotizado en menta, una combinación grandiosa, a fe de Dios y buen cristiano.

Los postres no son aquí terminales, sino parte del imaginario canario que perla el discurso de Haydée. El ‘gofio’ (millo garrapiñado, helado de gofio de trigo barbilla, praliné y falsa holandesa de millo); el kakigori de pino canario (infusión) con miel de pino, piñones y horchata de piñones), un arrebato de bosque canario servido en gueridón; el ‘Garajonay’ (helado de corteza de piña, gelée de fresas, tierra de chocolate negro) nos envuelve de laurisilva terciaria; y la mistela (vino blanco, grappa, canela, clavo, anís, pieles de naranja y limón y caramelo).

El café, tinerfeño (Starmaya), de San Juan de la Rambla, servido en V60, ‘comme il faut’. Para deleite extra, la ‘timba’ de queso y guayaba.
Haydée no necesita adjetivos: es el gran restaurante de alta cocina canaria ‘par excelence’. Pero Víctor no va a parar…

Haydée by Víctor Suárez
Hotel Gran Tacande 5*

Calle Unterhaching, s/n
Costa Adeje. Tenerife. Islas Canarias
Tel: +34 822 68 00 48
https://restaurantehaydee.rest/es/inicio/
Cierra domingo, lunes, martes, y miércoles, jueves y viernes mediodía
Precio menús: 130 y 165 euros