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La niña de la puebla

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‘Nunca te querré bastante’ (La Niña de La Puebla con Luquitas de Marchena)

Música recomendada: Nunca te querré bastanta (Niñade La Puebla y Luquitas de Marchena)

Me dice mi castigada memoria que yo, siempre mucho más cercano a Black Sabbath que al flamenco, conocí a La Niña de la Puebla en el suelo de una habitación semi vacía, en un gran caserón propiedad de Joan Manuel Serrat, en Camprodón, durante un remoto fin de semana lisérgico. Allí acudí, junto a Carlos (Eudald), hermano de Joan Manuel, y unos pocos fieles a, ejem, ver colores en lo salvaje, con el bosque como único testigo. Y allí, tirado en el piso, estaba el casette de La Niña de La Puebla junto a otra cinta con las primeras grabaciones de Carlos Gardel. Me las llevé ambas a casa.

Tras la primera escucha de esa voz más fina que el cristal de Bohemia, la que la acompañó hasta su muerte sin distorsión, me obsesioné con ella. A tal punto que, dada su avanzada edad en aquellos momentos -debían ser los finales de los ochenta, aunque si me acordase con precisión significaría que jamás estuve allí-, me juramenté conmigo mismo para poder verla en directo, algo que, en aquellos momentos, no parecía posible. No tengo ni idea de cómo conseguí su teléfono, aunque imagino que sería por la vieja regla de que entre dos desconocidos en el mundo sólo median seis intermediarios. O mediante el listín telefónico. No sé, porque Internet no estaba todavía ahí.

Niña de La Puebla y Luquitas de Marchena.
Niña de La Puebla y Luquitas de Marchena.

La primera conversación no fue muy bien. Me dijo La Niña que ya no actuaba, que estaba muy mayor, que imposible… La verdad es que aquella llamada era sin red, porque no tenía ni idea de como hacerlo. Así y todo insistí: billetes avión, hotel, transfers… y hasta un fee más que improbable para mi economía. Por fin, sin embargo, y ante la insistencia, me dijo que sí, que OK a todo pero que debía viajar con su hija, Adelfa (“Adelfa llevas por nombre y tu signo es ser fatal, la perdición de los hombres de van a llamar”, tarareo de memoria a La Niña y su marido, Luquitas de Marchena, aunque la canción no tiene nada que ver con Adelfa Soto, la hija y gran cantaora también fallecida), que no necesitaba hotel –“En Santa Coloma tengo muchas amistadas que querrán que me quede con ellos”, me dijo- y que el precio por el bolo era lo de menos.

Con el sí de La Niña, me vi obligado a buscar la plata. Acudí entonces por la cara a los tres colegas propietarios del entonces muy exitoso bar musical Universal -Claret Serrahima, Cesc Montseny y Toni Riera-, a los que (la noche todo lo aguanta) acabé convenciendo de la inversión.

Y, tío, ahí estaba La Niña. El Universal, hasta los topes gracias al extraño márketing que nos maravillamos en aquellos tiempos plastificados de posmodernidad y new romanticism. Minutos antes de comenzar el recital, le susurré a La Niña los nombres de los políticos y ‘famosos’ que estaban entre los acusmáticos, entre ellos, mi querido amigo Loquillo, para que los saludara. Lo hizo, claro, aunque cuando se dirigió a Loquillo, pensando que era un mote insultante, aclaró educadamente que “con perdón”.

Niña de La Puebla.
Niña de La Puebla.

Aquel puñado de canciones, acompañadas por el guitarrista del tablao de Maruja Garrido en la plaza Reial, fueron sin duda, además de un impensable éxito en una Barcelona de diseño, de los pocos momentos en que logré entrever algo parecido a la felicidad.

Al día siguiente me rindieron homenaje en La Peña Niña de La Puebla de Santa Coloma de Gramenet, y hasta me colgaron la insignia de oro de la asociación mientras nos poníamos como Las Grecas de flamenco, olivas rellenas y chips.

Niña de la Puebla.
Niña de la Puebla.

Ya nunca más dejé de hablar con La Niña. La telefoneaba, cada año, el 31 de diciembre para desearle un buen Año Nuevo. Y aunque la llamase tarde en la noche, siempre estaba despierta y leyendo (en braille). “Me gustan muchos los Episodios nacionales”, recuerdo que me decía con aquella voz privilegiada que nunca olvidaré.

Una única espina clavada tengo: en aquella conversaciones terminales, me confesó que lo único que deseaba en la vida era que le dieran la Medalla al Mérito en el Trabajo, y juro que lo intenté con todas mis relaciones y fuerzas. No lo conseguí.

A La Niña de La Puebla le concedieron la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes a título póstumo.