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gemelos Torres

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Cuadragésimo octavo día de confinamiento bajo el Teide. Los Hermanos Torres me desvelaron, en 2012 (Cookcircus), el secreto de su vida, su trayectoria y su éxito. Ahí va…

La Guancha. Jueves, 23 de abril de 2020
Música recomendada: Surfin’ safari (The Beach Boys)

“-Why are you crying?
-Separation can be… a terrifying thing.
-Don’t worry, baby brother,… we’ll always…
-We’ll always be together.”*
Dead Ringers (David Cronenberg)

De pequeños, como aplicados gemelos, se ponían la misma ropa cada día, costumbre que siguen ejerciendo a día de hoy: cuando uno ve una pieza que le gusta, compra dos. Y viceversa. Su sastre hace los trajes, de la misma tela, el mismo color, la misma talla, siempre dobles. Tienen los mismos gustos, aunque con matices. La conexión extrasensorial no es ajena a su vida, llena de experiencias inquietantes como sentir en carne propia los remotos percances del otro en el mismo momento de suceder.

No debería sorprender, pues, que toda su vida haya estado urdida secreta y concienzudamente desde la infancia en cada uno de sus mínimos detalles. A partir de una misma, coincidente, exacta, fascinación por la cocina, diseñaron mientras “jugaban” un argumento vital oculto a todos: cada uno de ellos tomaría un camino forzosamente distinto, buscando aprendizajes culinarios diversos aquí y allá, sin coincidir jamás, para luego, una vez gestados dos conocimientos diferentes y complementarios, converger ambos en un proyecto común suma virtuosa, fusión en realidad, de todo. Paralelas euclidianas con destino singular en el infinito.

Así fue, así es. Tras haber caligrafiado con precisión cada día, cada mes, cada año de su vida, definiendo y distribuyendo prolijamente trabajos, viajes o “stages” con aquel objetivo secreto, después de macerar los recodos más sutiles de cada una de sus personalidades por esos mundos, ahora los dos son uno. Aunque siempre lo fueron: las apariencias distantes sólo fueron parte de aquel plan sigiloso.
De un plan perfecto que se ha desvelado en Dos Cielos.

Las claves de la conjura
A los 15 años Sergio y Javier ya sabían que su vida sería la cocina. O al revés. Las alegres mañanas en el mercado con su abuela y las largas y cálidas tardes ayudándola en la cocina familiar fueron creciendo en su interior un deseo que no admitiría contratiempos: dejaron el colegio y se pusieron manos a la obra. No fue fácil. Aunque ya se habían confabulado en un plan –pero entonces ellos no podían conocer los detalles- que debería acabar como ha acabado, no resultó fácil con su edad entrar en una escuela de cocina. Rechazados por no tener la edad en primera instancia en la de Josep Lladonosa, no se conformaron y exigieron una entrevista privada con el famoso profesor. “Ayúdenos, pruébenos”. El test no dio lugar a dudas de su voluntad “schopenhaueriana” (parte inicial del “plan perfecto”) y fueron por fin admitidos. No contentos con ello, empezaron a trabajar en el escalafón más bajo de la hostelería mientras estudiaban, porque los Torres en temas de cocina “no hacen prisioneros”. No, desde luego: con lo poco que ganaban compraban libros (La cocina de Fredy Girardet fue uno de los primeros) y se iban solos a comer (al restaurante de Jean Luc Figueras, en Barcelona, a Francia incluso, pillando el tren y sin pasta para nada más). ¿Cómo lo hacían, pues, si no podían pagar el menú? “Bueno, algo de dinero siempre llevábamos, aunque nunca lo suficiente. Lo que hacíamos era sacar la cartera con mucha pena, exagerando el ‘dolor’ y diciendo a la vez que queríamos hablar con el chef porque queríamos ser cocineros…” Esta comedia, colegas, a los 16 años puede funcionar. Y a ellos les funcionaba. Así lo demostraron con éxito, nada más y nada menos, que en el Pré Catelan de París. “Todo lo que el hombre sueña lo puede realizar”.

El Rodat. Xàbia.
El Rodat. Xàbia.

La suerte estaba echada y el plan en marcha. Tú por aquí, yo por allá. El fin siempre el mismo a pesar de los distintos avatares que pudieran surgir: un único restaurante al final del camino, nunca dos diferentes; de todo lo aprendido por separado, un solo concepto. Para los dos hermanos la idea era la misma: su cocina no sería nunca completa sin el sumatorio de los dos. Durante los largos años de separación –sólo física y aparente- que exigió su “plan”, hablaban cada día por teléfono –“un pastón, tío”- en una liturgia de la unión irrompible juramentada a pesar de todo lo que pudiera acontecerles. “Me cambio de restaurante, Sergio”; “me quedo más tiempo porque mola, Javier”; cúbreme la pasta porque lo dejo y me largo a descansar un tiempo, Sergio”; “aguanta un año tú solo, me voy a Asia con una chica, Javier…” Movimientos tácticos para una estrategia de asombrosa firmeza. Cuando uno lo necesitaba, el otro se sacrificaba y trabajaba para mantenerlos a los dos. Sí, los Torres, desde que dejaron el colegio, se mantenían a sí mismos. “El dinero era la parte menos importante, aunque debíamos pagar la casa, la ropa… Lo fundamental era poder aprehender el alma de los chefs con los que estábamos, su filosofía…” Gastaban poco, y en comer. “Estamos acostumbrados a una vida frugal; en realidad, si ahora nos fuera mal podríamos adaptarnos perfectamente a una vida muy sencilla, porque ya lo hemos vivido antes”. Mimetización con el medio y saber que el otro siempre estará detrás. “Cuando me fui a Asia estuve cinco meses viviendo de mi hermano, y él se ocupaba de todo”. Todavía lo hacen. Cuando uno de ellos lo necesita, se ausenta dos semanas, sin preguntas, y el otro cubre. Y al revés. De hecho, en 2005, mientras Javier estuvo un año en Brasil Sergio aguantó el tirón en El Rodat (Jávea).

Pero nada de todo ello torcía la senda oculta por donde transitaba con pisada fuerte su plan perfecto. Grandes restaurantes escogidos previamente y distribuidos en reuniones privadas, directas, sin problemas. Yo prefiero aquí. OK. Yo allí. Bien.
La selección casi siempre la hacían a partir de los libros, leyéndolos, jugando. Establecían sus anhelos y entonces se ponían a trabajar para encontrar la llave que les permitiera entrar, que siempre la hallaron, excepto en el caso de Les Maisons de Bricourt (el restaurante de Roellinger)… Tras llegar allí los dos en coche, con 18 años, el misántropo Olivier ni los recibió… Allí, en Cancale, por cierto, se iba a quedar Sergio…

Cap sa Sal. Begur.
Cap sa Sal. Begur.

El caso de El Rodat y los primeros ensayos juntos
Aunque aparentemente éste fue un restaurante en el que trabajaron los dos, la realidad no fue así. No; el Rodat fue una etapa más del plan perfecto de ambos. La cosa llegó a través de un conocido de Javier, asesor hotelero, que les propuso tomar la cocina de un hotel que aspiraba a entrar en Relais & Chateaux, en Jávea. Lógicamente, el tema no les interesó puesto que no entraba en su “diseño inteligente”. Um… A la postre, Javier (el que debía entrevistarse con el dueño del hotel) fue llamado por Santi Santamaria con una oferta “indeclinable” en el Racó y fue Sergio quien se movió hacia tierras alicantinas. Siempre la ayuda mutua, siempre el plan. Allá fue Sergio con el “no” previamente pactado con su gemelo, pero, ¡ay!, cayó al fin en el hechizo de aquel empresario hotelero. Ok, pues. “Sí” tras conferencia con Javier.

Estamos ante el segundo proyecto empresarial –que no todavía personalmente gastronómico- conjunto. ¿Segundo? Sí; el primero y poco conocido, poco antes, fue el del Cap Sa Sal. Es éste un lugar maldito desde los años sesenta del siglo pasado. Hotel ubicado al lado de Begur, frente al mar, en la Costa Brava más pintoresca, fue lujoso lugar de encuentro de actores y actrices de Hollywood y de espías internacionales hasta su cierre y caída en la ruina. Hoy, es un edificio lleno de fantasmas del pasado… Pero en los momentos en que se encuentra este relato, vivió una segunda juventud gracias a la pasta de un rico colombiano que lo adquirió. Sergio y Javier, animados por el propietario, cliente del mítico restaurante barcelonés Reno donde a la sazón se hallaba Sergio, se enrolaron en la película de abrir el embarcadero del espectral edificio y convertirlo en “must” gastronómico de las mejores lanchas y yates de la Costa Brava.

Tras un peligroso viaje de Javier a Colombia en busca de “la tela”, abrieron por fin allí, arrojados prácticamente sobre el mar. Aquello era una terraza y, en la casita del embarcadero, una pequeña cocina de butano y una parrilla que encendían con carbón o con leña. Nada más. Los clientes llegaban sólo por mar y eran trasladados desde los barcos hasta a la mesa con una zodiac conducida por alguno de los dos gemelos. La fama “cantó con voz su nombre pregonera” entre los ricachones y pijos de la zona. Fue instantáneo. La imposible logística no fue impedimento para que Sergio y Javier se hicieran amigos de pescadores (llegaban en los botes a la misma terraza con el pescado vivo, que nuestros héroes seleccionaban pieza a pieza) y campesinos y facturaran, para regocijo de nababs ociosos, arroces vibrantes de sol y Mediterráneo (caldosos, secos), consomés imposibles con pescados de roca saltando en la olla, recetas que se corrían de balandro en balandro como la lubina pochada en consomé y algas, los erizos y nabos guisados, la escórpora rellena de pies de cerdo… No había ni tan siquiera carta; pero tampoco hacía falta. Se vivía al momento. Fueron días de “vino y rosas”, de mar y rocas. Dos años de veranos brillantes e inviernos ociosos y cosmopolitas. Pero, claro… La maldición del Cap Sa Sal… Cuando ya, con el fulgor del suceso, se encontraban construyendo un pequeño hotel anexo y un restaurante más estable, apareció la policía de costas y les cerró el chiringo. Nada de aquello tenía permiso, y el colombiano se desentendió, y el arquitecto se encogió de hombros, y los polvorientos aparecidos volvieron a hacer sonar las cadenas entre el hormigón olvidado.

Es un momento de inflexión en el plan de los gemelos. Los intentos de unión no han sido lo suficientemente sólidos para llegar a la primera meta del plan perfecto

Pero estábamos en El Rodat, ¿no? Y ahí vemos a Sergio montando un equipo no sólo para el restaurante gastronómico del hotel sino también para los desayunos, el “room service”, el bar de arroces… Rollo duro después de la sencillez marinera. Ahí comienzan a pensar a dúo, aunque es Sergio es que se come el marrón. Producto: huerta, lonja de pescado, el Montgó… e imaginación. Sergio tira millas aunque consultando todos los cambios de carta con Javier. Cocina natural, ligera, floral. Ensalada de capellanes con hinojo marino; cazuela de verduras; “menjar blanc” con anguila ahumada y verdolagas; arroz de anguila con leche de coco… Las cosas van bien (en la provincia, e incluso más allá, se habla de El Rodat como “la nueva esperanza blanca”; pero Sergio y Javier no están confortables. Recuerdo una noche cenando allí, sin ellos en la plaza, sin ninguna pasión en el plato… No, ellos ya estaban en otro rollo. Llega el momento en que, o bien invierten en el lugar o bien… Y es esto último. Sergio sigue como asesor unos meses, pero el fin ya ha sido anunciado.

Es un momento de inflexión en el plan de los gemelos. Los intentos de unión no han sido lo suficientemente sólidos para llegar a la primera meta del plan perfecto. En realidad, esas tentativas las comenzaron antes incluso del Cap Sa Sal: en El Reno. Allí llegaron tras el tiempo de Javier en Girardet y fue el primer intento de trabajar juntos tras dos carreras que incluían Ducasse, Robuchon, Les Jardins du Sens, Akelarre, Can Fabes… “Pas mal” para intentar el primer hito de su plan, ¿no? Pero tampoco fue aquí. La gente de Paradís (propietarios del legendario Reno) contrata a Sergio pero le cuesta hacerlo con Javier, que sólo está una temporadita. Los de Paradís no los quieren juntos y Sergio, de mala gana, se queda para evitar el colapso económico de encontrarse los dos en la puta calle. Mientras, Javier va buscando el local perfecto… No obstante, Reno los propulsa entre los amateurs y los medios como verdaderas estrellas de la nueva generación: allí dispusieron de libertad creativa y trastocaron los grandes clásicos de la casa aun sin mostrar la fiereza de su filosofía personal, que se encontraba “en construcción”. “Mementos” de aquellos tiempos raros son el solomillo al vapor (“en cocción magistral”, rezaba la carta) envuelto en celofán y sin prácticamente grasa; o la supresión de las pesadas mantequillas de una carta repleta de ellas; o el tartare de ostras con tomate de colgar que aún sigue en su carta actual del Dos Cielos…

Eñe. Brasil.
Eñe. Brasil.

Camino a los cielos (dos)
Sergio se ha largado de El Rodat y Javier ha dejado la jefatura de cocina de Can Fabes (en su segunda etapa con Santamaría) porque considera que de allí ya no sacará nada más. Momento “crossroads”.

Javier, amigo de Joana Munné (“¡beleza!”), “nuestra chica en Brasil”, decide aceptar la invitación de ésta para ir a hacer un “bolo” al Hilton de Sao Paulo durante una semana. Ok porque no hay nada más en el horizonte. Pero entonces, una vez allí… “Aquí hay que hacer algo”. Los dos están de acuerdo. Joana, verdadera “asuntista” gastronómica en Brasil, acepta buscar un inversionista porque los ve a muerte con la idea. Y, claro, cuando algo se desea con la fuerza suficiente… En una comida con empresarios conocen a alguien que cae hechizado por la pasión de los hermanos. En seis meses ya estaba el restaurante montado: Eñe. Sergio y Javier, Javier y Sergio, uno en Brasil, otro en España (para aguantar el tirón económico de la movida), diseñan y realizan el local por Skype.

En algún lugar de Barcelona, unos días antes de la llamada de Joana… Sergio tiene una pareja que conoce a un tipo que conoce a uno de Habitat. Fiesta pija a la vista y, por la mencionada concatenación de conocidos, se arregla un aperitivo “social” (gran casón en Pedralbes) que debe crear nuestro chef. Éxito sospechable de los snacks y, entre copa y copa, Sergio “se liga” al de Habitat, que, casualidad, está montando el hotel actualmente conocido como ME. Estamos ante el hito definitivo. Aunque el tiempo es un sendero bifurcado…

Sergio (plan 1)
Neichel
. “Allí iba muy verde, todo era una sorpresa. Yves, el segundo, tenía mucha mala hostia y aunque se escondía para trabajar aprendí mucho, fue buena escuela. Helados (había una máquina muy antigua), trufa, setas, caza…”

Señorío de Bértiz. “Me encontré con el clasicismo: pichones, becadas, patatas “soufflé” -¿cómo coño se infla esto?-, barroquismo…”

Akelarre. “Por primera vez estuve en libertad, porque Pedro daba mucha. Trabajar con relax, escuchar las palabras sabias de Pedro, un hombre que transmite conocimiento con calma y honestidad, conocer los productos y el recetario del norte…”

Le Jardin des Sens. “La dureza del oficio, ser la última mierda del equipo. Allí aprendí disciplina y retentiva (no veía las comandas, todo era de coco).”

Ducasse. “La perfección en el trabajo, el orden y la inteligencia de Alain. Aprendí a comprar: se compraba todo nuevo cada día, lo que necesitaba cada uno para su partida. Lo fuerte del caso es que los había que robaban producto porque si te olvidabas algo debías volver al mercado… pagando tú. Un día le puse el cuchillo al cuello a un listillo por un pimiento.”

Robuchon. “Dureza, gritos, broncas “heavy metal”, perfeccionismo”.

Hostal Sant Pere (Andorra). “La primera vez que cocinaba solo: prueba de fuego para aplicar todo lo que había conocido”.

Javier (plan 2)
Girasol
. “Ver el funcionamiento de una cocina, entender el rollo… y me gustó. Aprendí (si se puede llamar “aprender”) a tratar congelados, a usar salsas de bote… Um, luego me di cuenta de que eso que yo creía fantástico era justo lo que no había que hacer”.

Neichel. “Los fondos de carne, los fumets, las bases de la pastelería…”

Racó de Can Fabes. “La primera vez fui jefe de partida, la segunda jefe de cocina. Allí aprendí la solidez de los conceptos, la profesionalidad, la organización, los grandes productos, las técnicas contemporáneas, el clasicismo elegante…

Girardet. “Escuela, mucha escuela. Estructuración. Precisión (para hacer una patata de guarnición probábamos 50 clases de patata). Exigencia brutal; fórmula uno. Trabajar en la cocina con competencia. Panadería en serio.

El espacio “ilusión”
En el principio fue la ilusión. La abuela cocinando pacientemente en la pequeña cocina del pequeño apartamento donde vivían los hermanos, en el popular barrio de Vallcarca, y ellos mirando y ayudando (limpiando, pelando, amasando). Tardes de tristeza concreta con Elena Francis, tardes vibrantes de toros con distorsión de transistor. Ilusión. Al final también fue la ilusión: el espacio “ilusión”. Aquella misma cocina, aquellos mismos ventanales arrojados sobre la parte silvestre y arrebatada del Parc Güell… Hoy. Con la terraza cubierta y una nueva cocina “de luxe”, el espíritu de la abuela sigue generando ilusión. Aquí, antes de la nevera de acero inoxidable, la Paco Jet o los fuegos “turbo”, Sergio y Javier probaban sus primeras elaboraciones con sus amigachos del barrio –los mismo amigos de hoy- como comensales.

Vallcarca, Barcelona.
Vallcarca, Barcelona.

El espacio. La cocina, y a su frente, una gran mesa imperial de madera. Delante, verde, verde íntimo. A los lados, abajo, terracitas llenas de macetas, antenas de televisión apiñadas, caos urbano a golpe de desarrollismo fatal, el Carmelo explotando allá arriba, sabor dulce e indolente de barrio y de “últimas tardes con Teresa” y el Pijoaparte y Joan Marsé y chicas hermosas esperando a chicos emocionantes. Al final, el mar que todo lo ve… ¿Es la infancia la felicidad perdida y vanamente buscada?

Aquí, donde ahora los hermanos investigan, crean, exploran, en otros tiempos comía la familia entera. Sin televisión. Conchas de viera (sólo la concha) rellenas de pescado gratinado, pastel de tortillas, espárragos del Parc Güell (que hoy todavía siguen recolectando Sergio y Javier, tal como hacían con su abuela… seguro que los has comido en Dos Cielos), empanadillas… La abuela, al final, ya les dejaba hacer las albóndigas y rular los canelones…

Ahí, en esas estampas desvaídas por el tiempo, se gestó la vocación de los gemelos rodeada de felicidad, mañanas de mercado, aromas suculentos, buen rollo.
Tomamos café en el espacio “ilusión”; y tostadas con tomate y queso que prepara Sergio en la cocina mientras el bosque gaudiniano hipnotiza nuestra mirada.

Los periodistas vivimos muchas vidas, tantas como las de todos aquellos que “retratamos” con pasión a lo largo y profundo de nuestro ejercicio profesional.

Brasil escrito con “eñe”
Los Eñe (Sao Paulo, Rio de Janeiro) son un concepto de altas tapas españolas. Y bajas también. Y promiscuidad con el Amazonas, sí. Apertura para una idea de contenido comercial, sin duda. Croquetas, bravas, jamón ibérico con pan con tomate… vieiras con remolacha, “mandioquinha” con jamón ibérico. Los Eñe son fashion, tío, porque así debe ser allí: cócteles, noche, mujeres y hombres explosivos…

La fascinación brasileira de Sergio y Javier fue inmediata, como ya he dicho antes, pero se consolidó en Belén de Pará, en el mercado, durante aquel primer viaje al Hilton (y a una ponencia al Senac). “Jambú”, “mandioquinha” “cupuazu”, “cará”, extraños pescados con caparazón (¿has visto, Ángel? como el “malarmao”), “asaí”… Una caña asombrosa, troncos. Tal fue el flash que poco tiempo después Sergio y Javier ya tenían el encargo de escribir un libro con productos de Brasil pensados culinariamente con técnicas y conceptos catalanes. “Brasil a dois”. Trabajaron con 800 productos pillados por todo el país -historias africanas, recetas remotas, gentes distintas-, que fatigaron hasta la extenuación. Éxito editorial.
Eñe contiene, pues, España y el Amazonas descubierto que poco a poco ha ido inundando las recetas originales.

“¿Gemios d’ouro?” ¡Joder! Todavía recuerdo cuando por primera vez alguien me habló de Sergio y Javier como “los gemelos de oro”. Tenía coña el nombre: se lo inventó la deliciosa Joana antes de abrir el Eñe de Sao Paulo para meter mogollón en los medios con el argumento de “son cocineros top, son jóvenes, son guapos…” Los primeros días tras la apertura se produjeron enormes colas y se acababa todo, comida y bebida.

“Nosotros, ni en momentos de crisis, hemos cambiado nuestra filosofía culinaria”. Sergio: fondos, caldos, naturaleza, frescura, descaro “aftercanon”, apertura (Asia, Brasil), técnicas… Javier: pan, pastelería, caza, técnicas de cocción.

El cielo compartido, por fin
Un año después de abrir Eñe, Sergio y Javier cumplieron el plan dibujado cuando eran infantes. Dos cielos, los dos, creatividad y creatividad. Tantos años trabajando en solitario bien merecían un “brainstorming” para decidir en que consistiría la resultante de las dos funciones. Espacio “ilusión”. Botella de whisky. Un día y una noche por delante… Imagínate: juntar los apuntes de dos ya largas vidas y extenderlos en la mesa. Hablar y hablar. Conceptos, la carta al final. Temas compartidos e ideas diversas. Allí esbozaron los planos del restaurante a imitación del propio espacio “ilusión”; y así fue a la postre a pesar del arquitecto.

¿Y la carta? La botella está en las últimas, hermano. Pues “lo mejor de nosotros mismos”, las sinuosidades del camino, que todo es un camino y Dos Cielos es parte del mismo y no un final. No todavía. Borrachos. “And it takes a lot of whiskey…” Sergio expone. Javier mejora. Sergio más. Y Javier… Mezcla de pasiones y habilidades y evolución de todo ello “on the rocks”. Queremos naturalidad sin perder la esencia sápida; no queremos abarrocamientos. Queremos pureza, limpieza, sabor (obsesión). “Nosotros, ni en momentos de crisis, hemos cambiado nuestra filosofía culinaria”. OK. Sergio: fondos, caldos, naturaleza, frescura, descaro “aftercanon”, apertura (Asia, Brasil), técnicas… Javier: pan, pastelería, caza, técnicas de cocción.
Todo formaba parte de aquel seminal plan perfecto: Javier inclinado al academicismo y Sergio a la creatividad. Verdad de la buena.

La carta, pues. Suma y mistura de dos líneas de vida y profesión con la personalidad del momento. Arroces también (eso viene de Jávea). Nada que ver con modas ni vientos efímeros. Carrera hacia la síntesis y conexión internacional.
La abuela se ha encontrado con el futuro.

De 2012 al infinito¿El fin del plan perfecto? No… Hay un camino trazado que los debe llevar a “la libertad absoluta, a un espacio para hacer lo imposible sin tiempos ni fronteras, a la promiscuidad total con la gente… El sueño”.
De momento, 2012 será un paso más con vertiginosas novedades estéticas, conceptuales. Vajillas, perfeccionismo, sensorialidad global, atmósferas oníricas (peces voladores, hojarascas…).
La metáfora que se puede ver, tocar, degustar.

El Parc Güell de los Torres.
El Parc Güell de los Torres.

Los escondidos senderos del Parc Güell
Ayer. Recogiendo hierbas aromáticas, espárragos salvajes, eucaliptus, laurel con la abuela en las densas malezas del Parc Güell. Hoy. Recogiendo hierbas aromáticas, espárragos salvajes, eucaliptus, laurel con las “mountain bike” y las mochilas en las densas malezas del Parc Güell. Todo cambia pero nada cambia.

Los mejores años de su vida fueron ahí, en las sendas escondidas y feraces del parque de Gaudí con los colegas… Cabañas cuidadosamente escondidas y cuevas ignoradas por los paseantes eran los espacios que Sergio y Javier convertían en aventuras exóticas. Gamberrear, patear… El mapa del parque está en sus cabezas y ahora lo caminamos de nuevo, entre árboles y arbustos, llegando a la cima donde se abre Barcelona al mar distante, cercano.

El mundo en Parc Güell. Bajamos con el frío congelando el sudor y Sergio y Javier van saludando aquí, comentando allá, riendo acullá con los vecinos, sus vecinos de toda la vida en una liturgia de barrio que no cesa.
Y dejamos el último sendero para volver a pisar el asfalto de Vallcarca.
Y nos reímos. ¿Sabes? Los gemelos de oro son también los chicos del barrio.

“¿Y en qué parte del mundo, entre qué gente
No alcanza estimación, manda y domina
Un joven de alma enérgica y valiente,
Clara razón y fuerza diamantina?”
José Espronceda (cita que abre “Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé)